Castilla-León

El Canal de Castilla

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Mapa de situación


Plan de ruta


La torre del homenaje de Belmonte de Campos


Los segadores castellanos, hoces y zoquete en mano, avistaron el fluir de las barcazas, todo lujo y esplendor, transportando pasajeros entre Valladolid y Palencia. Castilla se hizo navegable gracias al dinero, al empeño, al sacrificio y, sobre todo, a la imaginación empleada con astucia por un puñado de ilustrados tenaces.

Es en 1753 cuando, a instancias de Fernando VI y el marqués de la Ensenada, el capitán de navío Antonio de Ulloa redacta el Proyecto general de canales de navegación y riego para los Reinos de Castilla y León. Es el primer golpe de timón de un largo viaje. Los gobernantes de la época trataban de encontrar la mejor manera de conducir las mercancías que se producían en el interior de la meseta hasta el puerto de Santander. El granero de España, las enormes extensiones cerealistas castellanas, carecía de una infraestructura viaria suficiente. Con malos caminos, escasos, inseguros y mal trazados, el transporte en carretas hacia los puertos cantábricos se convertía en lentas y pesadas caravanas imposibles de rentabilizar. Castilla quería dar salida a sus cereales y harinas, al mismo tiempo que entrada a los productos, azúcar sobre todo, que desde las colonias llegaban a la Península.

La navegación se vislumbraba como la solución ideal para transportar grandes tonelajes en un tiempo razonable. En definitiva, el reto consistía en romper el aislamiento y la depresión en la que se encontraba el centro peninsular. Pero el sueño, como acostumbra a suceder con las obsesiones fantásticas, se tornó en inacabable pesadilla. Trazar una auténtica carretera fluvial, tajar las llanuras para permitir el paso de las barcazas de carga fue una obra de titanes que se prolongó a lo largo de casi cien años. Entre 1753, en que dan comienzo las obras, y 1849,en que se concluye el Ramal del Sur, último tramo realizado, se sucedieron innumerables parones. Una y otra vez se agotaron los presupuestos destinados, siempre insuficientes para acometer las dificultades que continuamente se presentaban, y hubo que superar las desastrosas consecuencias y gastos sin fin de dos guerras, la de la Independencia,1808, y los encontronazos carlistas de 1836.

Prohibida su reproducción total o parcial. ©2006 Hola, S.A.

  

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