Sorrento, más allá de la costa Amalfitana

En la región de la Campania, al oeste de Italia, la península sorrentina ejerce como puerta de entrada occidental a la costa Amalfitana. Aquí, la ciudad de Sorrento cuelga de un acantilado obsequiando con maravillosas vistas del golfo de Nápoles aderezadas por el embriagador olor a limón y azahar. Hoteles palaciegos, coquetas tiendecitas y restaurantes perfectos para saborear la gastronomía italiana son solo parte del encanto de este idílico destino. 

Dejamos atrás Nápoles y el imponente Vesubio para adentrarnos en Sorrento. Tras un largo túnel, que cruza parte del Parque Regional del Monte Lattari, vemos la luz y ese mar infinito que, entre curvas, nos va desvelando los recovecos más bellos del inicio de la costa Amalfitana.

Nada más salir del coche, el aroma a cítricos nos encandila. Los naranjos y limoneros cobijan las vibrantes calles de la ciudad convirtiéndola en uno de los puntos más importantes para la fabricación del limoncello. Calles que atesoran numerosos palacios medievales y cientos de rincones ante los que caer rendidos.

El poeta Byron ya lo hizo, atrayendo a otros genios literarios como Tolstói, Dickens o Goethe. En la década de los 50, serían Sophia Loren y Vittorio de Sica quienes pondrían de moda el lugar con la película Escándalo en Sorrento.

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La primera panorámica que enamora de Sorrento es la de un desfiladero, flanqueado por edificios y vegetación, bajo el que pasan los coches por una carretera que parece perderse en una curva al mar. Y es que el corazón histórico de la ciudad se encuentra en lo alto de un acantilado, ofreciendo unas espectaculares vistas del mar, de Nápoles y del desafiante Vesubio.

En la animada plaza principal, piazza Tasso, la vida local se entremezcla con la de los visitantes. Tras el cercano palazzo Correale, obtendremos otra de las panorámicas imprescindibles de Sorrento, la del valle de los Molinos, donde la exuberante vegetación cubre molinos que fueron abandonados en 1940. 

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Desde la plaza dedicada al poeta Torquato Tasso, original de Sorrento, parten varias calles que zigzaguean por el centro histórico. En ellas, los comercios dedicados al limoncello son los protagonistas, siempre intercalados con maravillosos restaurantes en los que degustar los gnochi alla sorrentina, la sabrosa especialidad del lugar, a base de tomate, albahaca y mozzarella. De postre, como no podía ser de otra manera, un helado de limoncello.

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Una de esas arterias que parten desde la piazza Tasso, es la larga via Corso Italia, que además de acoger la catedral de Sorrento, es la sede de tiendas de firmas italianas. En paralelo, la via San Cesareo se caracteriza por sus establecimientos de marroquinería y de vestidos boho chic, y por las fruterías a pie de calle que exhiben enormes limones como producto estrella. Entre limones y bolsos se oculta Sedile Dominova, un edificio de grandes bóvedas y frescos que data del siglo XIV, famoso por ser el lugar donde se reunía la aristocracia local.

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Muy cerca está Agruminato o los Jardines di Cataldo, un parque en el que los olores a cítricos se hacen más notables gracias a sus naranjos y limoneros.

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Villa Comunale es el rinconcito con más encanto de Sorrento. Además de acoger el antiguo convento de San Francisco, con su bonito claustro medieval, este parque es el mejor balcón para otear, frente al mar, la sombra del Vesubio con la ciudad de Nápoles a sus pies. Un ascensor comunica el parque con la zona de abajo, donde pequeñas playas y espigones sobre los que se aposentan tumbones, sombrillas y coloridas casetas, son bañados por los turquesas del mar Tirreno. 

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A continuación, el puerto ofrece excelentes opciones gastronómicas. Este será el lugar al que debemos dirigirnos si queremos visitar la lujosa isla de Capri, conectada mediante un ferri rápido. Al otro lado, el puerto tradicional reúne gran parte de la actividad vespertina impregnada por un halo nostálgico. En Marina Grande, los bajos de las casitas en tonos pastel serán el escenario ideal para terminar la velada cenando fritto misto en uno de sus restaurantes. 

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