La comarca de La Vera es un lugar que no tiene parangón. Para llegar a ella hay que desviarse de la autovía A5 y, a la altura de Navalmoral de la Mata, tomar la EX 119, una carretera serpenteante que poco a poco se adentra en la naturaleza y para la que no hace falta animarse con de la música alta, ya que la mejor banda sonora la pone el sonido del agua de sus charcas que descienden de la Sierra de Tormantos, el de las vacas pastando o el de los agricultores arando la tierra. La carretera nos conduce hasta Jarandilla de la Vera, desde la que hay que tomar un pequeño desvío hacia la sierra y, tras cuatro kilómetros cogiendo altitud, ir a dar con uno de los pueblos más auténticos y con más encanto de esta zona cacereña: Guijo de Santa Bárbara.

Poco antes de llegar, un cartel nos indica que estamos entrando en el pueblo y es entonces cuando todo atisbo de estrés queda atrás. Sumergirse en este lugar es viajar en el tiempo, es echar la vista atrás para recuperar tradiciones, costumbres y espacios que quedaron olvidados en la memoria de nuestros mayores. Desde el momento en que comienzas a recorrer sus estrechas calles con casas que conservan y respetan la arquitectura tradicional verata (adobe, madera y piedra), custodiadas, muchas de ellas, por numerosas pilistras, te das cuenta de cuál es el alcance de su belleza y autenticidad.

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Y caminando, caminando se puede topar uno con el bonito lavadero del pueblo, en el que también es probable encontrarse a alguna hacendosa mujer frotando, con jabones hechos en casa, las prendas desgastadas por su uso en el campo, fuente principal de subsistencia de la zona junto al turismo. No es de extrañar que, además, escuches de fondo una voz enumerando las cosas importantes del día, porque los bandos siguen sonando con fuerza, día tras día, en este mágico lugar.     

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Hacer una parada en la fuente del pueblo para echar un trago de agua, mientras la vida de sus vecinos discurre a su alrededor con cálidos saludos y conversaciones de aquellos que se conocen de toda la vida, te hace forma parte de ese halo de cercanía y calidez que lo impregna todo, algo totalmente impensable en las grandes ciudades, por las que vagamos cual fantasmas con nuestra música y pensamientos sin percatarnos de la gente que nos rodea.

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Entre sus edificios más destacados resalta la iglesia de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro, situada en el corazón del pueblo y construida en el siglo XVIII, con un interior de estilo mudéjar. En el exterior sobresale el atrio que, según la tradición popular, fue el primer cementerio de la localidad.

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El antiguo ayuntamiento, convertido hoy en centro de interpretación de la Reserva Regional de Caza “La Sierra”, cuyo objetivo es dar a conocer la labor que se ha llevado a cabo para recuperar la cabra montés (de la que apenas quedan 35 ejemplares), así como informar de la riqueza cinegética de este entorno, guarda un reloj que sigue tocando las horas. Así, todos recuerdan el momento de salir al campo, de hacer los recados y de acostar a los más pequeños. La plaza de toros de piedra es una muestra más del afán del lugar por mantener la arquitectura tradicional.  

Para hacer un alto en la visita, nada mejor que subir al chinarral y ahí, desde su mirador, contemplar la sorprendente panorámica del pueblo y la sierra mientras se disfruta de un breve picoteo. Un pedazo de pan hecho con mimo en un horno de leña tradicional (uno de sus productos locales estrella) untado con un poco de mermelada de esas frutas que crecen en sus tierras y regado por una copita de licor de gloria para calentar el cuerpo.

Para los que vayan en busca de naturaleza o turismo activo, la zona esconde grandes tesoros. Realizar diferentes rutas senderistas, entre ellas, la subida a la ermita de Nuestra Señora de las Nieves, situada a unos 1.100 metros de altitud y a donde cada 5 de agosto acuden en romería gran parte de sus vecinos, o, en verano, darse un chapuzón en una de sus frías y cristalinas charcas, como el Puente, el Calajomero o el Trabuquete, son algunas de las mejores opciones.

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Justo antes de marcharse y antes de volver a poner el reloj en funcionamiento puedes parar a la salida del pueblo para echar un vistazo a la ermita de la Virgen de las Angustias, conectada con el pueblo por un bonito paseo con bancos y árboles bajo cuyas sombras se refugian los más mayores a jugar a la petanca.

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