Última revisión: 2010-06-06

El deporte, un bien sanitario y social

La práctica de ejercicio físico regular es, sin duda, una actividad recomendable para todos, siempre que se halle adecuada a la edad, capacidad física y demás condiciones limitantes del individuo.

La idea del beneficio que aporta el ejercicio ha calado notablemente en nuestra sociedad hasta el punto de que prácticamente todos participamos de ella y parecemos estar de acuerdo en el hecho de que si no practicamos el ejercicio suficiente deberíamos procurar adaptar nuestro estilo de vida a dicha exigencia para conseguir una forma física aceptable.

La promoción del deporte es un ánimo político y social bien establecido que persigue, entre otros objetivos, el fin de incrementar el nivel de satisfacción, bienestar y salud, en definitiva, de la población.

Una de las consecuencias más visibles de ese vivo interés es, por un lado, la proliferación necesaria de instalaciones de uso deportivo (polideportivos, piscinas, gimnasios,...) que se consideran ya un servicio social básico y, por otro, la comercialización y venta de todo tipo de productos, accesorios y complementos varios para el desarrollo adecuado de dicha actividad. Dentro de tales productos se encuentran los lógicamente convenientes (ropa y calzado deportivos, aparatos de gimnasia, etc.), pero también se han ido comercializando otros, cuya necesidad real no se halla aún probablemente bien establecida, como son los productos farmacéuticos para deportistas, dirigidos a optimizar el rendimiento físico, y cuya demanda se ha ido incrementando en los últimos años.

¿Medicinas para un hombre sano?

El empleo de medicinas para prevenir la enfermedad o recuperar la salud es algo bien asumido por todos. Lo consideramos lógico y elemental en el planteamiento de los fines de la práctica médica, y sin embargo hoy día también se defiende el uso de las sustancias terapéuticas con otros objetivos no relacionados con las enfermedades, sino con el fortalecimiento o desarrollo de determinadas funciones (fines ergogénicos) o la mejora estética de la imagen de nuestro propio cuerpo (fines cosméticos). Esto sucede en mayor medida con determinados deportistas, como los gimnastas.

Si se le hubiera preguntado a un hombre de hace tres décadas en un gimnasio, por qué practicaba deporte, la respuesta más probable habría sido: por sentirme más fuerte, más ágil y más dinámico. Esa misma pregunta hoy día tendría, aparte de ese tipo de respuesta, otra bien distinta como: así gano músculo y pierdo grasa, por lo que me siento mejor y, cómo no, más atractivo.

Los objetivos que le mueven hoy día a un deportista a tomar la decisión de medicarse son diferentes dependiendo de su nivel de entrenamiento y del medio deportivo en que se encuentre. Así pues, en el caso de deportistas de competición, el uso de sustancias dopantes busca principalmente conseguir una mejor tolerancia al esfuerzo y un mayor desarrollo de las capacidades físicas que conduzcan a obtener mejores marcas.

Sin embargo, en el caso de los deportistas aficionados, sobre todo los que realizan su actividad física en gimnasios, las razones residen más en la búsqueda de mayor desarrollo muscular, pérdida de grasa y modelado de la silueta corporal a la imagen de un modelo ideal.

El “doping” (dopaje)

El consumo de fármacos para incrementar la tolerancia y el rendimiento físicos está prohibido por los organismos internacionales que velan por la limpieza y la práctica honesta del deporte de competición. La lista de sustancias dopantes que el COI (Comité Olímpico Internacional) publica periódicamente contiene un número muy grande de fármacos convencionales, drogas ilegales y sustancias terapéuticas de todo tipo, y establece excepciones particulares en el empleo de determinadas medicinas de uso frecuente cuando son claramente necesarias para una posible dolencia o enfermedad concreta del deportista. Muchas sustancias como la EPO (eritropoyetina recombinante humana), que incrementa el número y proporción (hematocrito) de glóbulos rojos de la sangre, la HCG (hormona gonadotrofina coriónica humana), que puede aumentar el rendimiento muscular en las mujeres, la efedrina, que actúa estimulando el sistema nervioso autónomo simpático (“de alerta”), etc., son sustancias que han tenido especial protagonismo en competiciones deportivas (Tour de Francia, Olimpiadas, Mundiales de fútbol, etc.).

El espíritu de la prohibición de estas sustancias por parte de las autoridades se centra en la idea de que incrementan el rendimiento físico del deportista y le sitúan por ello en una posición de ilegítima ventaja con respecto a sus competidores, pero también en el hecho demostrado de que muchas de ellas perjudican o comprometen la salud. La voz unánime de las entidades del deporte es clara: el consumo por el deportista de cualquier tipo de principio farmacológico sólo es justificable en el contexto médico tradicional para el tratamiento de causa de las enfermedades y sus síntomas.

Riesgos para la salud

Por un lado, porque no son sustancias del todo selectivas y pueden producir efectos colaterales sobre otros órganos; y por otro lado, porque suelen tener un efecto de inhibición sobre las glándulas que ya producen en nuestro organismo de modo natural los andrógenos, lo que puede conducir paradójicamente a una situación posterior de déficit hormonal.

Cuando se dejan de consumir anabolizantes, el organismo, engañado por el falso aporte externo de la hormona que se ha venido haciendo semanas antes, se ha hecho “perezoso” y ha dejado parcial o totalmente de fabricar las hormonas sexuales. Se produce entonces un síndrome de deprivación hormonal del que tardará mucho tiempo en recuperarse y que puede provocar trastornos de todo tipo, como la aparición de determinados signos de feminización (ginecomastia-crecimiento anómalo y excesivo de las mamas-, etc.).

Existe además otro peligro adicional relacionado con el consumo de este tipo de sustancias, que es su uso a dosis muy altas, debido en parte a la elaboración de las mismas por laboratorios que no dosifican adecuadamente los principios activos de estos productos o por empleo de los preparados que las contienen, pero destinados en principio a uso veterinario.

Efectos

Los efectos deletéreos del uso de anabolizantes pueden ser particularmente graves para las mujeres o los adolescentes que aún no se han desarrollado completamente y comprenden: hepatotoxicidad, tumores en el hígado, esterilidad, impotencia, retención de líquidos, cálculos de vesícula o riñón, ginecomastia, masculinización en la mujer, trastornos de crecimiento en el niño e hipogonadismo (desarrollo genital incompleto), trastornos cardiovasculares, acné, trastornos psicológicos, etc.

Medicinas de gimnasio: los anabolizantes

Existe un gran negocio en torno a la comercialización de fármacos destinados a los gimnastas y desgraciadamente no se dispone de un adecuado control sanitario sobre esta cuestión. Determinados estudios estadísticos han revelado que hasta un 6% de las personas que acuden a un gimnasio utilizan habitualmente sustancias de efecto ergogénico o dopantes. El peligro de esta práctica no reside sólo en el hecho de que muchas de estas sustancias sean potencialmente perjudiciales, sino también en la evidencia constatada en estudios del COI de que una gran parte de estos preparados se hallan contaminados por sustancias que no aparecen en el etiquetado, y que a su vez podrían dar positivo en un control antidopaje. Por ello el COI y la OMS recomiendan claramente no consumir este tipo de falsas ayudas y extender los controles también a los suplementos nutricionales.

Una de las sustancias más frecuentemente empleadas entre los gimnastas que consumen sustancias dopantes son los anabolizantes (orales o inyectables.) Conforman un grupo numeroso de derivados hormonales sintéticos y semisintéticos (Oximetolona, Nandrolona, Metandrostenolona, Cipionato de Testosterona, Estanozol, etc.), de naturaleza esteroidea muy similares en estructura química a las hormonas sexuales masculinas (andrógenos).

Las hormonas sexuales masculinas cuentan, entre sus múltiples y variados efectos relacionados con la definición de los caracteres sexuales, con el de estimular el desarrollo muscular del organismo. Estas hormonas son las protagonistas naturales en el proceso de transformación progresiva del cuerpo del niño al del adulto por el cual se incrementa notablemente el porcentaje de masa muscular corporal; éste es el efecto deseado por los deportistas que consumen anabolizantes; sin embargo, al hacerlo fuera del consejo y control médico adecuados se exponen a numerosos riesgos para su salud.

El empleo de anabolizantes para fines ergogénicos no se halla autorizado en nuestro país. Las vías de obtención de los fármacos pasan por la prescripción fraudulenta de medicinas que contienen algunos de estos principios activos, y que están comercializados para su uso en enfermedades endocrino-metabólicas, la compra directa de compuestos de uso veterinario o la adquisición vía Internet.

Otras sustancias utilizadas

Dentro de los productos que se ofrecen a los deportistas existen también otras sustancias que sin ser netamente perjudiciales no han podido demostrar de modo científico rotundo las cualidades que se les atribuyen, si bien es cierto que cuentan con grandes defensores. He aquí las principales:

Creatina

Molécula empleada por el músculo para el almacenamiento de energía. Su aporte suplementario incrementa las reservas en el músculo, lo que parece permitir una mayor tolerancia al esfuerzo físico y un retraso de la aparición del agotamiento muscular. El empleo en el deportista tiene únicamente la finalidad de permitir un entrenamiento más intensivo.

L-Carnitina

Molécula transportadora de ácidos grasos a las células para obtener energía para los músculos. Hay estudios científicos que informan de su efecto beneficioso en el incremento de la capacidad de esfuerzo físico, pero son mayoría los que no encuentran evidencia de esta pretendida ventaja.

Sin embargo, sí parece suficientemente demostrado su efecto beneficioso de mejoría de la capacidad funcional en personas enfermas por estados carenciales, personas sometidas a quimioterapia, insuficiencia renal crónica, enfermedades cardiovasculares u otros procesos crónicos.

Bicarbonato

La práctica de ejercicio extenuante favorece la aparición de acidosis (por desequilibrio entre la producción aumentada de los ácidos derivada del ejercicio y su insuficiente eliminación). El empleo de bicarbonato previo a la práctica deportiva puede retardar o neutralizar la aparición de este problema.

Antioxidantes (glutatión, vitaminas C y E)

Principalmente vitaminas (C y E)que han demostrado su efecto beneficioso a la hora de prevenir el daño provocado por el exceso de radicales libres (moléculas residuales del oxígeno). Durante la práctica de ejercicio se aumenta la producción de radicales libres, por lo que la inclusión de alimentos con este tipo de sustancias (frutas y verduras principalmente) e incluso el uso de suplementos de las mismas son recomendables para la dieta del deportista.

Suplementos nutricionales (vitaminas, minerales, aminoácidos, etc.)

Estos suplementos no son estrictamente necesarios para el deportista salvo que su dieta no sea rica y variada. Mención especial requiere el hierro. Su suplementación puede ser necesaria en deportistas con tendencia a padecer anemia ferropénica (por déficit de hierro).

Estimulantes naturales (cafeína, Gingseng, Ginkgo Biloba,...)

Parece demostrado que la cafeína incrementa la tolerancia al esfuerzo, además de favorecer la apertura de los bronquios (broncodilatación) y el aumento de frecuencia y contractilidad cardiacas. Respecto a otras sustancias, obtenidas de extractos de determinadas plantas, como el Ginseng, el Ginkgo, u otras, existe mucha controversia científica. Probablemente sea cierto que el Ginseng es capaz de incrementar la tolerancia al esfuerzo y estimular el sistema nervioso, pero existen multitud de estudios que contradicen esta afirmación, por lo que no es posible establecer una conclusión definitiva respecto al mismo.

El modelo corporal ideal

Gran parte de las personas que realizan ejercicio en los gimnasios lo haden con la intención de modificar su imagen corporal para acercarla en lo posible a la que consideran óptima. La razón de mejorar la salud también está presente, pero en la mayor parte de la gente no es probablemente el principal motor de su decisión a la hora de plantearse un programa de entrenamiento.

Ciertos estudios sobre la percepción del ideal físico de hombre o mujer han puesto en evidencia que en las últimas décadas ha habido un cambio progresivo en el referente de lo que consideramos como cuerpo ideal. Se ha visto con ello que la imagen considerada como ideal del cuerpo femenino ha ido adelgazándose y estilizándose cada vez más, y que la del hombre se ha ido robusteciendo y tornando más musculosa. En ello han tenido una gran influencia los medios de comunicación, y de hecho este tremendo poder que poseen para modular los gustos de la sociedad ha sido bien explorado en multitud de trabajos científicos.

Por ello no es de extrañar que determinadas enfermedades como la anorexia (trastorno de la percepción de la imagen del propio cuerpo, más frecuente en mujeres, que conduce a la inanición absoluta y la delgadez extrema) y la vigorexia (trastorno, casi privativo de hombres que realizan ejercicio de levantamiento de pesas en gimnasio, que conduce a una idea obsesiva, que llega a centrar la vida del individuo, de obtener un cuerpo del máximo volumen muscular posible) sean mucho más frecuentes en los países desarrollados y en el medio urbano.

La inundación continua de mensajes con un mismo referente de cuerpo ideal, delgado y delicado para las mujeres, y musculoso y agresivo para los hombres, lleva a muchas personas a no sentirse satisfechas con la imagen que perciben de su propio cuerpo y a no reparar en medios y riesgos, recurriendo incluso al dopaje, para lograr consigo mismos ese ideal físico que les haga sentirse más cómodos en la sociedad.

Dr. Alfonso Santiago Marí, especialista en Hematología

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