Victoria, Sofia y Magdalena de Suecia brillan en los Nobel del 'glamour'

Se convirtieron en damas de diamantes y resplandecieron con las mejores galas en homenaje a los galardonados

Los Premios Nobel de Química, de Física, de Medicina, de Economía, de Literatura en Suecia y de la Paz en Oslo son un pedazo de cielo para los galardonados… y para los admiradores de la realeza. Anoche Silvia, Victoria, Magdalena y Sofia de Suecia se convirtieron en una aurora boreal de vestidos de ensueño, estrellada de diamantes y piedras preciosas con las joyas históricas del tesoro real, como es tradición edición tras edición.

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Ayer 10 de diciembre, fecha en la que se conmemora el fallecimiento del creador de los premios, el científico Alfred Nobel, el rey Carlos Gustavo volvió a hacer entrega en la Sala de Conciertos de Estocolmo de la medalla, del diploma y del certificado monetario (por un monto total de ocho millones de coronas suecas, unos 800.00 euros por categoría, que se reparte si hay más de un galardonado en cada una de ellas) a los nuevos premiados: Rainer Weiss, Barry C. Barish y Kip S. Thorne, en Física, por sus contribuciones decisivas al detector LIGO y la observación de ondas gravitacionales; Jacques Dubochet, Joachim Frank y Richard Henderson, en Química, por desarrollar microscopía crioelectrónica para la determinación de la estructura de alta resolución de biomoléculas en solución; Jeffrey C. Hall, Michael Rosbash y Michael W. Young, en Fisiología o Medicina, por sus descubrimientos de los mecanismos moleculares que controlan el ritmo circadiano; Kazuo Ishiguro, en Literatura, por la gran fuerza emocional de sus novelas en las que descubre el abismo debajo de nuestro sentido ilusorio de conexión con el mundo, y Richard H. Thaler, en Economía, por sus contribuciones a la economía del comportamiento.

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El monarca presidió la solemne ceremonia, considerada el acontecimiento social del año en Suecia, acompañado por toda la Familia Real sueca, que volvía a reunirse apenas diez días después del bautizo del príncipe Gabriel, dejando constancia de nuevo con su presencia de la relevancia de la cita. En el mismo escenario, estuvo arropado por su esposa, la reina Silvia, radiante en grado sumo, acorde a la ocasión; por su heredera, la princesa Victoria, espléndida en su papel de sucesora, y por el esposo de ésta, el príncipe Daniel. Y, desde la primera fila, por el príncipe Carlos Felipe y por su esposa, la princesa Sofia, en su primera cita de gala tras el nacimiento de su segundo hijo, así como también por la princesa Magdalena, que desvió todas las miradas hacia el punto más sobresaliente de su figura –su tripita de embarazada de seis meses- por segunda vez en esta misma sala –el embarazo de la princesa Leonore le impidió asistir a la ceremonia de 2013-,y por su esposo, Christopher O'Neill.

Con el permiso de los galardonados, volvieron a deslumbrar las damas reales, impresionantes de pies a tiara. La reina Silvia llevó un antiguo vestido púrpura de German Georg et Arend que acompañó con la diadema de las Nueve puntas, conocida también como tiara de la reina Sofía, que fue encargada en Berlín por orden del rey Oscar II de Suecia para su esposa, Sofía de Nassau. La pieza, realizada en diamantes talla brillante, consta de nueve puntas, rematadas por nueve soles de diamantes y una base de filigranas clásicas de la era victoriana. Pero tanto la Reina como las Princesas se lo pusieron todo y no dejaron joya en el joyero. La reina Silvia acompañó su tiara con un collar, con unos pendientes, con varios broches (por delante y por detrás de la banda) de diamantes... en una sucinta enumeración de los ricos adornos de brillantes y otras piedras preciosas.

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La princesa Victoria siguió los pasos de elegancia de la Reina. Vistió de azul cielo los premios con un vaporoso vestido de cuerpo y falda plisados de Jennifer Blom, una diseñadora relativamente desconocida, que conjuntó con la misma tiara de aguamarinas que lució su hermana en la gala de 2015, convirtiéndola en la más admirada de todas. La preciosa pieza, conocida como Kokoshnik (en alusión a los típicos tocados rusos), llegó a la Familia Real sueca a través de la reina Margarita de Connaught y la princesa Sibila se la dejó en herencia a la princesa Margaretha, hermana del rey Carlos Gustavo. Pasaba sus mejores días coronando a su legítima propietaria y el resto guardando reposo en el joyero personal de la dama en Reino Unido, adonde la Princesa se trasladó con su diadema en el equipaje después de casarse en 1964 con un hombre de negocios británico, llamado John Amble. Esa fue la tónica de su existencia hasta que Magdalena de Suecia la recuperara hace dos años.

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Una vez más la princesa Magdalena vistió de color de rosa la dulce espera. Seraphine, la marca británica premamá, que han llevado tanto la princesa Victoria como la princesa Sofía en sus embarazos, incluso ahora también la Duquesa de Cambridge, firmaba su vestido de anoche. Un diseño de corte Imperio y con cuerpo de encaje e incrustaciones brillantes. Coronó el atuendo con la tiara, los pendientes y el broche del conocido conjunto de amatistas. La Princesa se ausentó de la posterior cena debido a su estado.

No tiene más de tres ediciones a sus espaldas, pero Sofia de Suecia ha encontrado a la perfección su estilo Nobel con este vestido de la diseñadora Ida Lanto, establecida en Suecia, y con su tiara nupcial, coronada esta vez con perlas en lugar de las esmeraldas originales de aquel gran día. Las cuatro resplandecían en lo alto de la imponente escalinata de piedra del Salón Azul del Ayuntamiento de Estocolmo junto a los invitados de honor, antes de que el rey Carlos Gustavo marcara el inicio del banquete con el brindis en honor de Alfred Nobel, científico, inventor y filántropo que destinó la mayor parte de su herencia a la creación de los premios.

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El Salón Azul transportaba a sus invitados al helado paisaje del Ártico, que este año fue el hilo conductor de los arreglos florales, los divertimentos y el menú. Monolitos de hielo jalonaban la gran escalera que da acceso a la estancia y en la mesa de honor, otros de menos tamaño despedían reflejos azules, mientras se derretían sobre una capa de flores, en especial claveles, en delicados tonos blancos, rosas, verdes y amarillos, procedentes de la ciudad italiana de Sanremo, donde Alfred Nobel falleció el 10 de diciembre de 1896. El Ártico y los extraños colores y formas de sus auroras boreales inspiraron tres bellos divertimentos en los que los sonidos polares fueron recreados con algunos instrumentos en hielo. Posiblemente también inspiraran a las damas reales. Un cielo de glamour.

Horas antes en Noruega

En Oslo se daba el pistoletazo de salida con la entrega del premio Nobel de la Paz, el único que se concede fuera de Estocolmo, en una solemne ceremonia presidida por los Reyes de Noruega y los príncipes Haakon y Mette-Marit. Como viene siendo habitual el programa se había abierto unas horas antes en el Ayuntamiento de Oslo con un acto con doscientos niños en el Centro del Nobel de la Paz, un acto repleto de rosas rojas al que acudieron la Princesa y sus hijos, los príncipes Ingrid Alejandra y Sverre Magnus. Un preludio de la ceremonia posterior en la que el Cómite Nobel de Noruega otorgó el galardón la Campaña internacional para abolir las armas nucleares, por su advertencia sobre las catastróficas consecuencias humanitarias de cualquier uso de armas nucleares y sus esfuerzos innovadores para lograr una prohibición basada en tratados de tales armas.

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La entrega del Nobel de la Paz es más sobria, pero igual de emocionante. La princesa Mette-Marit, que no pudo evitar emocionarse durante el acto, lució un vestido de rayas de Prada y un abrigo con estampado de flores, mientras la reina Sonia, mucho más clásica, se decantó por un vestido negro y una chaqueta de terciopelo de color burdeos. Por la noche, en la cena de gala, la Princesa noruega invirtió los colores del firmamento con un vestido blanco con topos negros. La velada contó con la presencia de la modelo Chrissy Teigen, esposa de John Legend… Y la fiesta de los Nobel continúa hoy.

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