La reina Ulrika de Suecia, una vida dedicada a la caridad

Fue una mujer bondadosa y con gran personalidad que no dudó en abandonar su país natal para favorecer a los intereses de su familia y casarse con el Carlos XI

Si por algo destacan las Casas Reales Escandinavas es por la presencia a lo largo de su historia de reinas y princesas de gran personalidad y con un peso político mucho mayor que el de sus homólogas del resto de Europa. Dentro de este grupo de mujeres carismáticas es inevitable incluir a la reina Ulrika Eleonora de Dinamarca (1656-1693), quien llegaría a convertirse en Reina consorte de Suecia a través de su matrimonio con el rey Carlos XI (1655-1697). Mujer con un gran sentido de la responsabilidad dinástica, no dudó en aceptar abandonar su país natal para favorecer a los intereses de su familia, su fama le llegó sobre todo a causa de su incasable labor humanitaria, no dudando en compartir con innumerables personas desfavorecidas – se habla de que llegó a mantener a más 15.000 personas - su patrimonio personal. Hoy pues repasamos la vida de la reina Ulrika Eleonora.

Nace Ulrika el 11 de septiembre de 1656 en Copenhague, siendo hija del rey Federico III de Dinamarca (1609-1670) y de la esposa de éste, Sofía Amalia de Brunswick—Lüneburg (1628-1685), quienes ya tenían cinco hijos, entre ellos, el primogénito Cristián (1646-1699), futuro Soberano de Dinamarca y de Noruega. Como en el caso de sus hermanos, la princesa Ulrika fue criada de forma estricta, especialmente en el terreno de los idiomas, una vez que su madre creía que el dominio de varias lenguas facilitaría en el futuro el casamiento de sus hijos. Es conocido que la pequeña Ulrika destacó desde la niñez por su viveza y su inteligencia, así como por su talento innato para el dibujo.

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Pese a que Ulrika fue considerada como candidata para algún que otro aristócrata local e incluso para Leopoldo I de Habsburgo (1640-1705) – quien terminaría casando con María Teresa de España (1651-1673) -, su madre consideró que su hija estaba llamada a un enlace de mayor peso, por lo que no dudó en rechazar las ofertas de matrimonio. No sería hasta que la Princesa había cumplido la mayoría de edad cuando el destino brindaría una oportunidad de oro para su futuro. Esa ocasión vendría, de hecho, del país vecino, Suecia.

En la corte sueca todo apuntaba a que el rey Carlos XI iba a casar con su prima Juliana de Hesse-Eschwege (1652-1693), con la que llevaba años comprometido. Sin embargo, un gran escándalo llevaría al traste todos los planes de boda y de futuro en común entre ambos novios. Tras sufrir un desmayo en público, los médicos de la Corte habían descubierto que Juliana, una mujer afamada por su gran belleza, estaba embarazada. Cuando esta noticia le fue comunicada al Rey, éste, iracundo, la mandó al exilio después de que la joven reconociera que el padre de la criatura era un aristócrata con el que mantenía una relación al margen del Rey. Juliana terminaría sus días en los Países Bajos, donde contraería matrimonio con un funcionario. Pasada la conmoción, los asesores del Rey iniciaron la tarea de encontrar con celeridad una sustituta de Juliana. Fue en ese momento cuando la princesa Ulrika llamó su atención.

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La candidatura de la Princesa danesa era, a ojos de los políticos suecos, una oportunidad de granjearse la amistad de los daneses, rivales tradicionales de Suecia en el escenario estratégico escandinavo. Por su parte, para la Familia Real danesa, que una de sus hijas ocupara el trono sueco era, desde todo punto de vista, un triunfo. El compromiso se haría público el 13 de julio de 1675, pese a que los novios ni siquiera se conocían en persona.

Los años de noviazgo, en los que la Princesa no abandonó Dinamarca, no fueron fáciles. Pese a todos los intentos diplomáticos, Suecia y Dinamarca entrarían en conflicto en la llamada Guerra Escanesa. La posición de Ulrika fue muy compleja, hasta el punto de que hubo muchos políticos daneses que reclamaron la ruptura del compromiso. Sin embargo, la Princesa no hizo caso de las críticas e intentó por todos los medios que los prisioneros suecos fueran tratados con humanidad, algo que fue recibido con admiración en el país de su futuro marido. Cuando Dinamarca salió victoriosa de esta guerra, la Princesa se negó a participar en las celebraciones que se llevaron a cabo en Copenhague.

Finalmente, la boda entre el Rey sueco y la Princesa danesa se llevó a cabo por poderes el 6 de febrero de 1680. Para Ulrika llegó el momento de abandonar su país natal y poner rumbo a Suecia, donde la ceremonia de matrimonio se celebraría el 6 de mayo de 1680. El encuentro de los dos jóvenes no fue especialmente prometedor. El Rey se mostró desilusionado por el aspecto físico de su esposa, aunque sus asesores le convencieron de sus virtudes y de la importancia política que suponía el matrimonio con la hija del Rey de Dinamarca. Por su parte, Ulrika se mostró modesta y decidida a integrarse de inmediato en su nueva nación – nada más llegar a tierras suecas decidió desprenderse de su séquito de ayudantes daneses y sustituirlo por suecos -.

Pese a este inicio poco positivo, todas las fuentes destacan que el matrimonio de los reyes Carlos y Ulrika fue feliz. La pareja tuvo siete hijos, de los que solo tres llegarían a la edad adulta: la princesa Eduviges (1681-1708), el futuro rey Carlos XII de Suecia (1682-1718) y la princesa Ulrika (1688-1741), quien también llegaría a alcanzar el trono sueco.

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Consciente de que su origen danés creaba recelos en la Corte de Estocolmo, la reina Ulrika decidió no inmiscuirse en temas de estado – para los que el Rey ya contaba con su madre, la omnipresente y poderosa Eduviges Leonor (1636-1715) - y centrarse en las obras de caridad. Su huella en este sentido solo puede calificarse de notable. La Soberana sería responsable de la creación de no pocas organizaciones cuyo objetivo no era otro que el de favorecer el progreso de los más pobres en Suecia. Así, la Reina inauguró varias casas de acogida tanto en Estocolmo como en las provincias del país escandinavo y se encargó personalmente de que los niños con menos recursos – especialmente las muchachas – recibieran una educación digna que les sirviera para el futuro. El buen corazón de la reina Ulrika no se limitaba a estas iniciativas, sino que también pagaba de su bolsillo los cuidados médicos de miles de personas. No es de extrañar pues que la reina Ulrika fuera enormemente popular entre sus súbditos y que cada aparición pública suya fuera recibida con algarabía y cariño.

La salud de la Reina era quebradiza, algo que comenzó a acentuarse a partir de 1690, cuando la Soberana tuvo que guardar reposo durante meses. En realidad, pese a un breve periodo en el que pareció recuperar las energías, la Reina nunca se repondría. El 26 de julio de 1693, la Soberana moría en el Palacio de Karlberg – actual Academia Militar – en Estocolmo. La conmoción fue absoluta. El Rey nunca se recuperaría del varapalo – al enterarse del deceso de su esposa exclamó: “¡Acabo de perder a la mitad de mi corazón!” -, enfermando de hecho al año siguiente de gravedad – moriría en 1697 de un tumor en el estómago -. Por su parte, el pueblo sueco recibió la noticia de la muerte de la reina Ulrika con auténtico estupor. Las ciudades enteras se vistieron de luto, hasta el punto de que, según cuentan las crónicas, en aquellos momentos era difícil encontrar telas negras en toda Suecia. Los restos mortales de la reina Ulrika descansan en la cripta de la Iglesia de Riddarholm, en las inmediaciones del Palacio Real de Estocolmo.

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