Camilla de Cornualles, la compañera eterna de Carlos de Inglaterra

La historia de un amor infinito

Hay amores que parecen escritos en las estrellas. Amores que, por muchas evasivas, por muchos recodos, por muchas revueltas, por muchos propósitos de enmienda de los sentimientos… y, a la zaga, del destino, se imponen irremediablemente como si jamás hubiera habido opción de reescribir lo ya escrito. Si Andrew Parker Bowles no se hubiera citado a escondidas con la princesa Ana, hermana de Carlos de Inglaterra, cuando era novio de la actual Duquesa de Cornualles, tal vez ni se hubieran conocido nuestros protagonistas. Pero cabría pensar que a veces pasen unas cosas para que sucedan otras: despechada por el engaño, Camilla Shand, nombre de soltera de la hoy mujer del Príncipe de Gales, quiso dar un escarmiento a su pareja de entonces por su traición y volverle loco de celos, según narra Penny Junor, autora de la biografía autorizada La duquesa. La historia no contada.

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Cualquiera podría haber servido para tal misión, pero nadie era más indicado que el elegido: el príncipe Carlos. Eran principios de los 70 y el Heredero, que entonces tenía 22 años uno menos que Camilla, mantenía una buena amistad (el grado varía dependiendo de la fuente: de llana a muy estrecha) con la chilena Lucía Santa Cruz, a la que conoció cuando la joven estudiaba en Londres, en la época en la que su padre ejercía de embajador de Chile en Gran Bretaña. Y, casualidades de la vida, Lucía era vecina de Camilla en el londinense barrio de Pimlico y acabaron siendo también amigas, de esas que saben las dichas y desdichas la una de la otra. Al tanto del desliz del oficial con la princesa Ana, se le ocurrió presentarle a Camilla al príncipe Carlos, en un ardid femenino para despertar la pasión dormida, pero convencida de que aquel coqueteo no prosperaría.

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“Bonito animal Señor. Me llamo Camilla Shand. Es un placer conocerle”, le dijo Camilla a Carlos en 1970, en el campo de Polo de G. Park, mientras el Príncipe acariciaba su caballo. “Mi bisabuela, Alice Keppel, fue la amante de su tatarabuelo, Eduardo VII. ¿Lo sabía?”, fueron sus primeras palabras y ese mismo año, 1970, se convirtieron en amantes. A Camilla le gustaba Carlos, pero era de Andrew Parker-Bowles de quien estaba o creía estar enamorada e hizo todo lo que estaba en su mano por salvar aquella relación. El Príncipe de Gales sabía que la amaba, era plenamente consciente, y lloró como un niño cuando en 1971, por razones de Estado, tuvo que separarse de Camilla por primera vez. En 1972, seguro de sus sentimientos y ansioso de empezar cuanto antes una vida juntos, le pidió matrimonio. Ella le dio su primera negativa. 

Carlos de Inglaterra, con el corazón roto, puso mar de por medio: se embarcó en el navío de guerra Minerva. Allí tampoco hallaría la ansiada paz. En una de sus escalas, se hundieron las esperanzas que aún albergaba de hacerle cambiar de opinión al enterarse del anuncio de la boda de Camilla y Andrew Parker en The Times. Camilla se casó en 1973 y el príncipe Carlos, que regresó a Inglaterra, tuvo a partir de entonces constantes aventuras, la más comentada con Sarah Spencer, hermana de lady Diana. Pese al laberinto de emociones, existía buena relación entre el Príncipe y Camilla, tanto que el Heredero fue padrino de su primer hijo y ella fue su mejor consejera. En 1979, el Príncipe de Gales insistió: pidió a Camilla que se divorciara y que se casara con él. Y, echando un nuevo pulso al destino, ella volvió a rechazarle.

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Los intentos de reconducir el amor por la vereda de la amistad eran en vano. En 1980, durante una fiesta, bailaron durante horas. Como los imanes precisos que se encuentran a corta distancia, la fuerza de atracción resultó mayor que la fuerza de voluntad que con denodado esfuerzo aplicaban, y los allí presentes descubrieron que la fuerza del cariño que les unió una vez se mantenía intacta. La pareja se había rendido a los dictados del corazón, en contra de lo maquinado una y mil veces, y reanudó su historia de amor prohibido.

Camilla ayudó al príncipe Carlos a encontrar una residencia (la mansión de Highgrove) cerca de su propia casa y hasta a elegir esposa. Distinguía perfectamente entre Carlos, el hombre que la amaba, y Carlos, futuro Rey de Inglaterra. La monarquía necesitaba una Princesa y, con la perspectiva del tiempo, Diana Spencer, la elegida, cumplió a la perfección con el cometido como Princesa del pueblo. En el verano de 1980, el Príncipe de Gales aceptó a la joven maestra de Infantil como prometida y el mundo, contento de asistir a un nuevo cuento de hadas, devoró su historia.

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Aquel colorín colorado palidecería tan solo meses después a ojos de la futura princesa: Diana descubrió que Carlos la engañaba. Ese día de noviembre de 1980, la prensa publica con todo detalle la cita secreta de Carlos y “Diana” en el tren real estacionado en una vía muerta... Aunque sabía que la mujer rubia a la que se hacía referencia no era ella, siguió adelante con los planes de boda. Carlos y Camilla, por su parte, se despidieron pasando juntos las noches previas a las nupcias.

El sí, quiero del Príncipe de Gales y lady Diana en 1981 fue la última muestra de romanticismo del siglo XX. Camilla asistió al enlace, pero no a la celebración. Su marido, Andrew Parker-Bowles, con su uniforme de gala, era uno de los oficiales que cabalgaba al lado de la carroza nupcial. Durante su luna de miel, Diana de Gales, enferma ya de bulimia, escuchó casualmente una conversación de su marido con Camilla y descubrió fotos de ella en la cartera de su marido. Tras su viaje de novios, el príncipe Carlos se distanció de Camilla para poder olvidar y luchó con determinación por su matrimonio. Fueron tres años de momentos imborrables: la ilusión del primer hijo, el encanto de los viajes compartidos, la delicia de los domingos de polo... Tres años de felicidad.

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Pero el matrimonio no es fácil y Carlos y Diana de Gales comenzaron a tener que hacer esfuerzos inmensos por salvar el suyo a partir de entonces. En 1984, días después del nacimiento del príncipe Harry, el segundo hijo de los Príncipes, Carlos y Camilla retomaron sus relaciones. Dos años después, Carlos y Diana de Gales, invitados por los Reyes de España a Mallorca, ni siquiera se molestaron en disimular que eran felices. Ese mismo año de 1986 Diana recogió sus pertenencias de Highgrove y Camilla recuperó su lugar. Los movimientos de los tres ya no pasaron inadvertidos para la prensa, que entró a fondo en los asuntos del corazón real de Inglaterra.

Habían llegado al punto de no retorno. En 1992, Andrew Morton publicó Diana, su verdadera historia, y el Gobierno anunció la separación de los Príncipes de Gales. La intrincada madeja de “su matrimonio de tres” siguió deshaciéndose hilo a hilo, línea a línea, enredo a enredo, en la prensa. En 1993, un periódico australiano publicó una conversación intimísima entre Camilla y Carlos, que se conoce como el Camillagate. En Inglaterra ya no se pedían tampones sino Charlies. En el verano de 1994, el príncipe Carlos declaró en televisión que había sido infiel a su mujer. Los ingleses le agradecieron la sinceridad, aunque se pusieron de parte de Diana y de sus dos hijos, a quienes consideraron los grandes perjudicados, víctimas de la Casa Windsor y de Camilla Parker-Bowles.

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La Princesa dio su réplica en 1995 en el programa Panorama de la BBC, donde declaró: “No sólo me casé con Carlos, también me casé con su amante, que estaba al corriente del más mínimo detalle”, frase que pasó a la historia. Aquel mismo año Andrew y Camilla Parker-Bowles se divorciaron y en 1996 los Príncipes de Gales anunciaron oficialmente su divorcio. Carlos y Camilla eran los villanos y la muerte de Diana de Gales, el 31 de agosto de 1997, empeoró con creces la situación. La Princesa del pueblo se convirtió en mito y la denostada Camilla desapareció voluntariamente del escenario. Se instauraron, de nuevo, las citas secretas y las vacaciones por separado.

Dos años después de su desaparición, se publicó la primera foto de ambos a la salida de la fiesta de cumpleaños de una hermana de Camilla. La amiga de Carlos lucía el collar que otro Príncipe de Gales había regalado a su antepasada, Alice Kempel. Ese mismo verano de 1999, Camilla y sus hijos fueron invitados por el Príncipe a navegar con la Familia Real británica. El príncipe Guillermo, su hijo, y la Reina de Inglaterra aprobaban la visita. En el año 2000, se presentaron en público como una pareja formal y discreta. Camilla era ya, a ojos de todo el mundo, la consorte oficial del futuro Rey de Inglaterra.

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A partir de entonces se precipitaron las apariciones juntos: una exposición sobre Catalina La Grande; la cena de Navidad que el Príncipe de Gales celebraba en el Ritz con sus empleados; el primer acto oficial del príncipe Guillermo... El paso decisivo fue dado en octubre del 2002, cuando fue invitada al palco real en un concierto con motivo del 50º aniversario de la llegada al trono de Isabel II. Más de tres décadas tuvieron que esperar Carlos de Inglaterra y Camila Parker para poder concretar su amor clandestino en boda en 2005, y otra más para ganarse el corazón del futuro reino, aunque dicen quienes la conocen bien que ella no ha cambiado nada en tantos años, que han sido los demás los que han aprendido a quererla.

Ahora todos ven que la compañera eterna del Príncipe de Gales no fue tan mala influencia, tal y como el propio príncipe Harry ha defendido en la biografía que ha escrito Angela Levin: “Ella no es una madrastra malvada. Ten en cuenta la situación de la que venía. Que nadie sienta pena por Guillermo y por mí, sentid pena por ella. Ella es una mujer maravillosa y ha hecho a nuestro padre muy, muy feliz, eso es lo más importante. Guillermo y yo la queremos mucho”. Ya lo sabían las estrellas.

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