Los gestos más románticos del Duque de Edimburgo hacia la reina Isabel

Hay detalles que revolucionan el ser. Hay pruebas de amor que se ganan el sí, quiero. Hay gestos que fundamentan el primer con un nuevo sí, volvería a hacerlo tras otro hasta la eternidad. De esos detalles, de esas pruebas y de esos gestos está lleno el titánico matrimonio de la reina Isabel y el Duque de Edimburgo. Aunque muchas de esas demostraciones románticas del príncipe Felipe hacia su querida Lilybet solo les pertenezcan a ellos, a lo largo de estos setenta años de unión algunas pocas han llegado a nuestros oídos… y a nuestros corazones.

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Álbum de un amor real como no hay otro igual

La historia detrás del anillo de compromiso

La Reina de Inglaterra tiene las joyas más impresionantes a su disposición, pero hay una sola pieza de la que nunca o muy rara vez se separa: su anillo de compromiso de diamantes de tres quilates. Isabel II luce con el mismo brillo de la pedida de mano sus destellos… después de siete décadas de amor. Pero lo que enamora a su dueña no es la calidad de las piedras preciosas, que sí, ni el clásico diseño del aderezo, que también, sino la bella historia detrás de él. Como todo novio enamorado el príncipe Felipe emprendió la misión nunca fácil de encontrar el anillo perfecto para su amada, con el hándicap añadido que tiene el que la suya fuera la Heredera al Trono de Inglaterra.

Este Príncipe sin reino y sin fortuna buscó una pieza acorde a la posición de su dama. Buscó una pieza de valor. Estético, económico, pero sobre todo sentimental. Los diamantes que siguen resplandeciendo hoy en mano de la reina Isabel, una piedra central flanqueada por 10 diamantes pavé más pequeños, procedían del joyero de la madre del príncipe Felipe, la princesa Alicia de Battenberg, que era la bisnieta de la reina Victoria. Y, más concretamente, de su tiara de boda. Ni que decir tiene del sacrificio de la Princesa para ayudar a su hijo, no ya a descubrir, a crear el anillo de sus sueños. El Príncipe trabajó codo con codo con el joyero londinense Philip Antrobus Ltd. en su composición y, aún más, seleccionó algunas piedras más de la misma diadema para reconvertirlas en un brazalete que regaló a la reina Isabel por su boda. Nunca fue más cierto como en su caso que un diamante puede ser para siempre.

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La promesa previa a la promesa de amor eterno

Para el príncipe Felipe su primera promesa a la reina Isabel de cara al matrimonio no fue: Te amaré hasta que la muerte nos separe. Esa fue al día siguiente, y segunda por tanto. La primera era tan importante o más para la novia, era tan exigente o más para el novio: dejar de fumar antes de darse el sí, quiero. El encarecido ruego era del todo comprensible dadas las circunstancias. El padre de la Princesa luego soberana, el rey George VI, sufría un cáncer de pulmón, enfermedad de la que fallecería cinco años después. El Príncipe tiró el cigarro y lo hizo además en tiempo récord, de un día para otro, la víspera de su boda. Porque para el amor no hay nada imposible.

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Malta, su refugio para una vida anónima

No hay regalo más preciado para alguien que se sabe en continuo punto de mira y analizado con lupa cada uno de sus movimientos que el de un feliz tiempo en el anonimato. El príncipe Felipe fue nombrado Segundo Comandante de la Armada en Malta en 1949 y allí hizo realidad la ilusión de la reina Isabel: una vida de recién casados como la de cualquier otra pareja, ajenos al resto del mundo. Ella era simplemente la Duquesa de Edimburgo y hacía lo mismo que las demás esposas de los oficiales: iba al salón de belleza, tomaba baños de sol y salía con Felipe al anochecer. Despertó de aquel sueño tres años después. Aunque, como las golondrinas de Bécquer, siempre vuelven.

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Mismo lugar, misma mirada

Un amor para siempre comienza con una mirada arrebolada como la de Isabel II y el Duque de Edimburgo, que se repite con relativa frecuencia (toda la que el protocolo permite) a lo largo de sus setenta años de matrimonio. Así se miraban, que es lo mismo que decir así se decían te quiero, en noviembre de 1947 durante su luna de miel en Broadlands, la finca en Inglaterra de Lord Mountbatten. Para el aniversario de sus Bodas de Diamantes, volvieron al mismo lugar y recrearon el retrato de su viaje de novios, vistiendo trajes similares a los de aquella ocasión sin olvidarse de los detalles más nimios como el broche o la corbata; prodigándose la misma mirada enamorada.

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