Cuando el príncipe Alberto, Duque de York, y su mujer, Elizabeth, tuvieron a su primer hijo, un angelical bebé de brillante cabello dorado, él escribió a su madre la reina Mary: “No sabes la tremenda alegría que es para Elizabeth y para mí tener a nuestra pequeña niña". Su nacimiento el 21 de abril de 1926 fue una fuente de gran orgullo personal, el Duque, más tarde Jorge VI, nunca pudo haber imaginado que la princesa Elizabeth Alexandra sería con el tiempo coronada como reina Isabel II de Inglaterra, siendo respetada y admirada en todo el mundo como La reina de las reinas.

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Elizabeth era la tercera en la línea sucesoria al trono después de su tío Eduardo y su padre. Eduardo, entonces Príncipe de Gales, era un joven saludable del que se esperara que se casara y tuviera su propio heredero; nadie imaginaba que la pequeña Princesa ocuparía algún día el trono.

Una familia cariñosa
El Duque y la Duquesa de York se adoraban y su hija creció en una atmósfera cálida y familiar. Cuatro años después de la llegada de Elizabeth, los York fueron bendecidos con otra niña, Margaret Rose. La suya fue una infancia idílica, llena de diversión y juegos al aire libre. Su institutriz, Marion Crawford –Crawfie- recordaba que las hermanas estaban ansiosas por hacer lo que fuera que hicieran los otros niños.

Lilibet, como era conocida en la familia, era muy buena con las adivinanzas y una nadadora entusiasta, habiendo ganado incluso el Children’s Challenge Shield en el club de baño de Londres. Cuando tenía cuatro años le regalaron su primer caballo, Peggy, y ha mantenido su afición a la hípica desde entonces. En este tiempo la familia también adquirió un Corgi llamado Dookie que conquistó a las princesas, despertando el interés que la Reina tiene en la raza.

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Sus abuelos Jorge V y la reina Mary, aunque eran estrictos con sus propios hijos, mimaban a Elizabeth y Margaret. La muerte del Rey en enero de 1936 fue el primer ataque a la infancia inocente de las dos niñas ya que precipitó una crisis constitucional. El tío de Elizabeth se convirtió en Eduardo VIII pero abdicó antes de que cumpliera un año de reinado para casarse con su amante divorciada Wallis Simpson, dejando a su hermano la Corona. Albert eligió el nombre real de Jorge VI para enfatizar en la continuidad después del año llamado Año de los tres reyes.

Heredera al trono
Con diez años, Isabel pasó a ser Heredera del trono de Reino Unido y otros cuantos reinos alrededor del mundo. “¿Significa esto que tendrás que ser la próxima Reina?”, le preguntó su hermana. Al oír que sí, que ese sería el caso, la reacción de la princesa Margarita fue clara: “Pobre, tú”, susurró. A pesar de las nuevas circunstancias de la familia, o quizás precisamente debido a ellas, se unieron aún más: el rey Jorge VI se refería con cariño a su familia como “nosotros cuatro”.

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Consciente de lo poco preparado que él mismo se había sentido al ser repentinamente impuesto como Rey, puso mucho esmero y reflexión al tutelaje de su hija mayor. Acudió a numerosos compromisos públicos con sus padres y fue instruida en Historia Constitucional por Henry Marten, rector del Eton College, además de recibir clases de francés de su institutriz.

Aprendió a marchas forzadas en los difíciles acontecimientos que le tocó vivir, como la llegada de la Segunda Guerra Mundial, durante la cual ella y su hermana se encontraban fundamentalmente en el Castillo de Windsor. Acompañada por la princesa Margarita, en octubre de 1940, cuando tenía catorce años, la princesa Isabel hizo una transmisión de radio a los niños de la Commonwealth, muchos de los cuales estaban lejos de su casa debido a la guerra.

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La Princesa terminó diciendo: “Lo sabemos, todos nosotros, que al final todo saldrá bien; porque Dios cuidará de nosotros y nos dará la victoria y la paz. Y cuando la paz venga, recordad que será para nosotros, los niños de hoy en día, momento de hacer del mundo de mañana un sitio mejor y más feliz”. Entonces urgió a su hermana pequeña a unirse a ella y felicitar a los que estaban escuchando: “Vamos, Margaret”, unas palabras que rápidamente se convirtieron en lema.

Isabel heredó las mejores cualidades de su padre como líder. Era seria y atenta, además de ser absolutamente fiel a sus amigos, familia y país. Durante la guerra, con dieciocho años, la joven Heredera se unió al Servicio Auxiliar Territorial para mujeres, entrenando como conductora y mecánica, haciendo que su madre se quejara: “¡Ayer tuvimos bujías durante toda la cena!”.

Amor y matrimonio
Bujías no era lo único que había en su mente. La joven Princesa se había enamorado del príncipe Felipe de Grecia y Dinamarca, un primo segundo lejano cuya madre había sido la bisnieta de la reina Victoria. Isabel conoció al hombre al que se refiere como su “fuerza y soporte” a la tierna edad de trece años cuando visitó el Darmouth Naval College. Felipe, un joven cadete prometedor, había sido asignado para enseñarle el lugar.

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A pesar del hecho de que ambos compartían condición real, la educación y la madurez de Felipe no podrían haber sido más diferentes. Sus padres se habían divorciado y su familia había sido exiliada de Grecia. Su padre vivía en el sur de Francia y su madre pasaba tiempo como paciente en una clínica psiquiátrica. En los libros de visitas se describía a sí mismo como “sin vivienda fija” y una vez al ser preguntado por un periodista qué lengua hablaba en casa él contestó con brusquedad: “¿A qué te refieres con ‘en casa’?”.

Durante la guerra Felipe sirvió honorablemente a las flotas del Mediterráneo y el Pacífico e intercambió cartas con su prima. En un intercambio romántico de correspondecia, el enamorado héroe de guerra escribió: “Haber sido perdonado en la guerra y haber visto la victoria; haber recibido la oportunidad de descansar y reajustarme, y haberme enamorado completamente y sin reservas hace que todos los problemas personales e incluso mundiales parezcan pequeños”.

En 1946 la pareja se comprometió en secreto después de que Felipe le pidiera matrimonio en Balmoral –un momento que su entonces prometida describió como “mágico”. Era una decisión controvertida porque su familia se opuso a que se casara tan joven. Pero el rey finalmente se ablandó y consintió el anuncio de su compromiso en abril de 1947 después del vigésimo primer cumpleaños de su hija.

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Ese importante día también le dio a la princesa la ocasión para hacer su famosa promesa de servicio a su pueblo por larga que fuera su vida. Hablando durante una emisión radiofónica en un tour por Sudáfrica con sus padres y su hermana dijo: “Declaro ante todos vosotros que toda mi vida, sea corta o larga, deba ser dedicada a vuestro servicio y el servicio de nuestra gran familia imperial, a la que todos permanecemos”.

De vuelta en casa, su compromiso aceleró la renuncia de Felipe a la ciudadanía griega y a utilizar el apellido Mountbatten de sus abuelos maternos británicos. La pareja se casó en la abadía de Westminster el 20 de noviembre de 1947 y su boda fue emitida a una audiencia radiofónica de 200 millones de personas, todos ansiosos de olvidar las privaciones de la guerra y concentrarse en la radiante novia y su brillante joven oficial naval.

Un año después, el primogénito Príncipe Carlos llegó, 14 de noviembre de 1948. La princesa Ana llegó dos años después. La felicidad de la joven pareja parecía completa.

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De Princesa a Reina
La salud del Rey, un fumador empedernido, fallaba. Cuando la princesa Isabel y el príncipe Felipe se marcharon a una gira por Australia y Nueva Zelanda rumbo a Kenia, padre e hija fueron ambos conscientes de que esa podría ser la última vez que se vieran. Jorge VI insistió, a pesar del frío, en acompañar a Isabel al aeropuerto para desearle un buen viaje.

Lamentablemente, el mal presentimiento del Rey terminó cumpliéndose y murió el 6 de febrero de 1952 de un cáncer de pulmón, con 56 años. Fue el príncipe Felipe, quien le dio la noticia a su querida esposa, ahora Reina, y la pareja inmediatamente hizo los arreglos necesarios para volver a casa.

La secretaria privada de Isabel, Martin Charteris, describió a la Reina en ese momento “compuesta, controlando su destino”. Sobrevive aún una copia del telegrama escrito a la nueva Reina por su madre para que lo leyera en el avión de vuelta a casa:

A Su Majestad la Reina,

Todos mis pensamientos y rezos están contigo.

Mami
Buckingham Palace


Al aterrizar en Inglaterra fueron recibidos por el primer ministro Winston Churchill. En la ceremonia de acceso al trono en St James Palace, la nueva reina proclamó: “Por la repentina muerte de mi querido padre estoy llamada a asumir las responsabilidades y deberes de la soberanía. Mi corazón está hoy demasiado lleno para deciros más que siempre trabajaré, como hizo mi padre a lo largo de su reinado, en pos de la felicidad y la prosperidad de mis pueblos, extendidos como están en todo el mundo”.

Gloria coronada
Su coronación, el 2 de junio de 1953, fue uno de los más memorables acontecimientos del siglo XX con un fastuoso, pomposo y solemne ritual. La Reina, de 27 años, representaba la determinación de una generación dispuesta a construir un mundo mejor después de la Segunda Guerra Mundial. Más de 8.000 invitados estuvieron en la abadía de Westminster para presenciar el nacimiento de lo que ya había sido proclamado como “una nueva edad isabelina”, mientras millones más se agolpaban fuera en las calles o se reunían alrededor de sets de televisión comprados recientemente para la ocasión.

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La joven Reina escogió al diseñador Norman Hartnell para vestirla para los momentos más relevantes de su vida. Con un magnífico vestido de satín blanco bordado con hilo de oro y plata y con perlas incrustadas, coronando su inmaculado pelo oscuro con una brillante tiara, era definitivamente una soberana de cuento. Fuera de la Abadía y cubriendo la procesión en ruta a The Mall, dos millones de espectadores patrióticos retaron a los cielos grises y la lluvia chispeante por un cegador vistazo a la recién proclamada Reina.

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Una soberana modernizadora
A los treinta, ya bien establecida en su papel como cabeza del Estado, la Reina estaba lista para revivir las alegrías de la maternidad de nuevo. El príncipe Andrés nació en 1960, seguido por el príncipe Eduardo dos años después. Hubo celebraciones también para la hermana de la soberana, la princesa Margarita, que se casó con el fotógrafo Antony Armstrong-Jons en 1960, que fue recibido con ceños fruncidos por algunos sectores.

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Los tiempos estaban cambiando en todos los sentidos en la vida británica de los Swinging Sixties, algo reconocido por la Reina, que premió a John Lennon, Paul McCartney, Ringo Starr y George Harrison –colectivamente conocidos, por supuesto, como Los Beatles- con sus MBEs (Miembro del Orden del Imperio Británico) en el palacio de Buckingham en 1965. Otro momento inolvidable fue la entrega en 1966 de la copa del mundo al capitán del equipo de fútbol británico, Bobby Moore, después de la victoria del equipo de 4-2 frente a Alemania Occidental.

Fue un tiempo importante para la política también: recibió en 1964 a Harold Wilson, Primer Ministro laborista; visitó ese mismo año por primera vez como Reina el subcontinente indio, y abrió las puertas del palacio de Buckingham al recién inaugurado presidente John F. Kennedy y su mujer, Jackie.Royal Family se emitió en 1969, el mismo año que nombró Príncipe de Gales a Carlos. Isabel II acababa de cumplir 43 y su hijo 21.

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Tiempos de cambio
Los setenta fueron años tantos de celebración como de luto para la Reina. Cinco años después de cumplir sus bodas de plata en 1972, conmemoraba 25 años en el trono y su aniversario era una ocasión de alegría general, con coloridas fiestas en las calles de toda Inglaterra. Tenía entonces 51 años y se embarcó en seis tours de aniversario de Reino Unido que la llevaron a 36 países. El clímax de la celebración tuvo lugar en junio para hacerla coincidir con su cumpleaños oficial, y reafirmó su compromiso para sus gobernados: “Cuando tenía 21 prometí mi vida al servicio de nuestra gente. A pesar de que ese voto se hizo en mis años de juventud, cuando estaba verde en juicio, no me arrepiento ni me retracto de una sola palabra”.

La década también vio celebraciones familiares con el matrimonio de la princesa Ana y el Capitán Mark Phillips en en la abadía de Westminster en 1973. Su hijo Peter nació en el año del aniversario de plata y una foto de la reina Isabel con su primer nieto en brazos fue utilizada para marcar su 52º cumpleaños. Pero hubo momentos de profunda pena también. El matrimonio de su hermana, la princesa Margarita, con el conde de Snodon terminó en divorcio en 1978, mientras que al año siguiente su querido primo el Conde Mountbatten de Burna fue asesinado por una bomba del IRA. El país cambiaba rápidamente desde un punto de vista político y social y así lo demostraba uno de los últimos acontecimientos de la década: Margaret Thatcher hacía historia al ser elegida la primera mujer de Reino Unido en convertirse en Primer Ministro.

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La alegría de los nietos
A nivel personal, los años 80 trajeron esperanza a la Reina. La boda de cuento de hadas de su Heredero, el Príncipe de Gales, y Lady Diana Spencer conquistó el corazón de la nación, fervor que se hizo incluso más grandes después de los nacimientos de los príncipes Guillermo y Harry. En 1986, su hijo el príncipe Andrés se casaba con Sarah Ferguson, cuyas maneras cercanas fueron todo un éxito con su suegra.

La Reina celebraba su 60º cumpleaños ese mismo año, una ocasión que festejó compartiendo una foto suya tomada por el príncipe Andrés. El nacimiento de sus nietas Zara Philips y la princesa Beatriz en esta misma década le trajo también gran alegría. Tanta felicidad tuvo su contrapunto, aunque la Reina se mostró imperturbable ante los seis tiros al aire que fueron disparados en el Desfile del Estandarte de 1981 y también cuando un intruso irrumpió en el Palacio de Buckingham e intentó entrar en su habitación antes de que ella diera la alarma.

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Años de desafío
Aunque pueda parecer la década más desafiante de su reinado, los 90 también tuvieron algunos motivos de celebración: el Príncipe de Gales cumplió 50, nació la princesa Eugenia y hubo dos bodas reales -la princesa Ana se casaba con el Comandante Timothy Laurence en 1992, unos meses después de finalizar oficialmente su matrimonio con el Capital Mark Philips, y el príncipe Eduardo se casó con Sophie Rhys-Jones en la capilla de Saint George en el castillo de Windsor.

Pero la Familia Real británica también tuvo que afrontar una serie de catástrofes. En noviembre de 1992, el fuego se hizo con el castillo de Windsor, destruyendo 100 habitaciones. Una protesta pública sobre quién pagaría los desperfectos, llevó a la Reina a asumir el 70 por ciento de los costes, abriendo el Palacio de Buckinham en verano para obtener fondos. Mientras tanto, noticias de la ruptura del matrimonio del Duque y la Duquesa de York e informaciones sobre las dificultades matrimoniales entre el Príncipe y la Princesa de Gales contribuyeron a lo que la Reina llamó como “annus horribilis”.

Lo peor estaba por llegar. En 1997, un año después de su divorcio, Diana de Gales perdía la vida en un fatal accidente de tráfico en París. La Reina de Inglaterra, que en aquel momento tenía 71 años, recibió críticas por quedarse en Balmoral junto a sus nietos los príncipes Guillermo y Harry en lugar de aparecer públicamente junto a la nación que lloraba. Cinco días después, Isabel II regresaba al Palacio de Buckingham y comparecía en televisión: “Todos hemos tratado de hacer frente de diferente manera”. Su Majestad rindió tributo a su nuera diciendo: “Era un excepcional ser humano. En los buenos y malos momentos, nunca perdió su capacidad de sonreír y reír para inspirar a otros con su calidez y amabilidad. La admiro y la respeto por su energía y por compromiso con los demás, y especialmente por su devoción por sus dos hijos”.

Tiempos mejores
La nueva década comenzaba en un punto alto con el emblemático 100º cumpleaños de la Reina Madre el 4 de agosto del año 2000. Pero sólo dos años después, con una diferencia de apenas semanas, la Reina perdía a su madre y a su hermana, la princesa Margarita.

Tiempos más felices llegaban con la celebración en junio de 2002 del Jubileo de Oro. Para celebrar el acontecimiento, la nación tomó las calles, el guitarrista Brian May tomó el tejado del Palacio de Buckingham desde donde tocó el himno nacional y las fotografías de Isabel II celebrando su 80º cumpleaños, abriendo cartas y mensajes procedentes de todos los lugares del mundo, tomaron la prensa.

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Por otro lado, era un tiempo solemne. Tras la destrucción de las Torres Gemelas en septiembre de 2001, la sombra del terrorismo internacional se cernía sobre el mundo entero y tenía mención en el discurso de la Reina al Parlamento en 2002. Supo del duelo nacional con las bombas de Londres en julio de 2005, un día después de que la capital ganara el derecho a albergar los Juegos Olímpicos de 2012.

Michelle Obama aportó un poco de alivio rompiendo el protocolo con un sentido abrazo a Su Majestad durante la visita de los Obama a Londres en 2009. Un momento descrito por un portavoz del Palacio como una “espontánea y mutua demostración de afecto y aprecio”.

Hubo dos bodas y un aniversario – el Príncipe de Gales se casó con Camilla Parker Bowles en una ceremonia civil en la Casa del Ayuntamiento de Windsor en abril de 2005; y en agosto de 2008 el nieto mayor de la Reina, Petter Philips, se casaba con Autumn Kelly en el Castillo de Windsor. En diciembre de 2007, la Reina y el Duque de Edimburgo celebraron sus bodas de diamante con un servicio de agradecimiento en la Abadía de Westminster.

La década terminaba con el 60º aniversario de la Commonwealth celebrado por la Reina con un encuentro de las cabezas de gobierno de la Commonwealth en Trinidad y Tobago.

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La edad dorada de Isabel
La década actual podría ser descrita como una década de alegría para la Reina, con el matrimonio de su nieto, que algún día será Rey, y el nacimiento de su bisnieto, quien continuará con la línea de sucesión a la Corona. La orgullosa abuela ofreció su consejo aliviando las preocupaciones del novio sobre la lista de invitados a su boda: “Empieza con tus amigos primero y parte de ahí”, le dijo al príncipe Guillermo.

Su nieta Zara Phillips también se casó con la estrella del rugby inglés Mike Tindall en Edimburgo en 2011, pero el enlace del príncipe Guillermo y Catherine Middleton en la Abadía de Westminster fue el gran acontecimiento del año para la Familia Real y para la nación.

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El año siguiente, la Reina celebró 60 años como monarca con un fin de semana de celebraciones por su Jubileo de Diamante alrededor del país. Una flotilla de 1.000 barcos avanzaron por el Támesis, hubo un concierto en el Palacio de Buckingham y un servicio de Acción de Gracias en la Catedral de St. Paul. En un mensaje oficial al país, Su Majestad prometió: "Me pongo de nuevo a vuestra entera disposición". En julio de ese mismo año, ella deleitó a todos con su aparición estelar en la ceremonia de apertura de los Juegos Olímpicos de Londres robándole el protagonismo al mismísimo James Bond (Daniel Craig) en una parodia especial.

Dos años después de la boda de los Duques de Cambridge, los motivos de alegría continuaron con el nacimiento del príncipe George. Una fotografía histórica de la Reina con sus tres herederos – el Príncipe de Gales, el Duque de Cambridge y el bebé real– conmemoró el bautizo de su bisnieto. Cuando nació la hija de los Duques de Cambridge, la princesa Charlotte Elizabeth Diana, dijo a los visitantes del Palacio de Buckingham: “Nos encanta tener otra niña”.

Con la llegada de los 90, la Reina disfruta más de sus años felices. El príncipe Felipe permanece a su lado, a salvo de grandes amenazas para su salud. Y ella muestra algunos signos de aminorar la marcha en favor del Heredero y del heredero del Heredero.

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