Máxima de Holanda pone broche de diamantes a la última cena de gala del año

El joyero real de Máxima de Holanda parece la chistera del mago: no agota las maravillas que guarda para dar la mejor imagen del reino. Este año la soberana ya había hecho magia en unas cuantas ocasiones. Primero, durante una visita de Estado a Luxemburgo, se sacó de la manga todo un as de diamantes, la tiara Stuart, la más valiosa de los Orange, que se reservaba para otro gran acontecimiento desde que la reina Juliana la llevara por última vez en 1972; luego, en una cena de gala en el Palacio de Buckingham durante su visita al Reino Unido, perfeccionó su número luciendo la misma tiara pero por vez primera con el diamante Stuart, una espectacular gema azulada de casi 40 kilates y más de tres siglos de historia (su origen se remonta a 1690, cuando el rey Guillermo III se lo regaló a su esposa, María Estuardo), y ahora, a punto de terminar el año, cuando el cofre ya sí que parecía vacío de grandes sorpresas, ha vuelto a demostrar que no hay fondo, que el brillo de una reina, como el pañuelo del mago, es eterno.

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Anoche Máxima de Holanda sacó a relucir su nuevo hallazgo en honor al Presidente de Cabo Verde, Jorge Carlos Fonseca, y a su esposa, Lígia Fonseca, de visita oficial en los Países Bajos. El día había comenzado con la tradicional ceremonia de bienvenida y finalizaba con una cena de gala en el Palacio Real de Ámsterdam, la última de 2018, a la que la reina Máxima pondría broche de diamantes. Concretamente, uno que perteneció a la reina Emma, tatarabuela del rey Guillermo Alejandro, y que llevaba tiempo esperando una nueva oportunidad para deslumbrar al mundo. Sí que es cierto que, al tratarse de una pieza desmontable, la soberana había llevado por separado algunos de sus elementos, pero nunca el broche original como ayer: la aureola neogriega, el diamante central y los tres colgantes de forma de lágrima.

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Además de esta joya, que había sido un regalo de boda del pueblo holandés a la reina Emma a su llegada al país en 1879 para casarse con Guillermo III, y de unos impresionantes pendientes de rosetas, la reina Máxima sacó del joyero real la diadema bandeau de diamantes, que pudiera parecer un aderezo sencillo y relativamente pequeño, en comparación con la envergadura de otras piezas del tesoro holandés, hasta que uno se entera de que los brillantes pesan más de 100 quilates en su conjunto. La tiara está hecha con las piedras originales de un collar que perteneció a la reina Emma. La gargantilla se convirtió en diadema por encargo de su hija, la reina Guillermina, en la década de los 30. Hoy corona muchas de las cenas de gala y otros grandes acontecimientos de la realeza a los que asiste Máxima de Holanda y tiene el privilegio histórico de haber sido una de las elegidas para los fastos de la coronación de su marido. La princesa Beatriz, antigua soberana, lució la tiara de flores diamantes y perlas de lágrima escalonadas, las más antiguas de la colección de la Casa de Orange-Nassau.

Las joyas de Máxima de Holanda daban justo esplendor a la primera visita de un Jefe de Estado caboverdiano desde la independencia de la República de Cabo Verde en 1975, como el discurso del soberano daba merecido reconocimiento al país caboverdiano que “que ha logrado desarrollarse en tan solo dos generaciones”: “Debe usted sentirse orgulloso de la libertad alcanzada y de sus instituciones. La democracia ha echado raíces y la mayoría de los caboverdianos han mejorado significativamente sus condiciones de vida”. Así terminan las veladas de gala de 2018, con todo el brillo. Y suponemos que el próximo 2019 no será diferente, porque Máxima de Holanda no agota nunca su tesoro.

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