El día que Alfonso XIII, abuelo del rey Juan Carlos, perdió toda su fortuna

Dinero, acciones, palacios, coches de lujo… Tras la proclamación de la Segunda República, el monarca tuvo que hacer frente a penurias económicas

El 14 de abril de 1931, Alfonso XIII no solo perdió su trono, sino también gran parte de su fortuna: dinero, acciones e inversiones en empresas españolas, palacios, coches de lujo, purasangres y caballos de polo… En los días posteriores a la proclamación de la Segunda República Española, empezó a correr el rumor de que el rey exiliado ocultaba dos millones de libras en un banco de Londres. Ante la insistencia de esos rumores, el duque de Alba tuvo que salir a aclarar las informaciones, calificándolas de “calumnias escandalosas”.

“El rey no solo consideró un deber colocar la mayor parte de su fortuna en empresas nacionales, sino que a la hora actual está expuesto a encontrarse cualquier día más bien necesitado de dinero que en disposición de vivir con lujo”, reveló Jimmy Fitz-James Stuart al New York Herald Tribune de Nueva York y al Daily Mail de Londres en aquellos días de abril de 1931. “Don Alfonso no solamente no es un millonario, sino que dista incluso de ser un hombre rico. Todos los fondos de que pudo disponer de tiempo en tiempo fueron situados exclusivamente en compañías españolas”, reiteró el duque de Alba.

Efectivamente, Alfonso XIII invirtió una parte importante de su dinero personal en empresas españolas durante su reinado. El 23 de abril de 1931, el diario ABC reveló que el rey había aportado dos millones de pesetas a “una compañía moderna y popularísima de Madrid” y una cifra similar a “una industria del litoral cantábrico, relacionada con la pesca”. En cuanto se declaró la República, ese capital se esfumó.

El duque de Alba no mentía cuando afirmó que Alfonso XIII estaba “expuesto a encontrarse necesitado de dinero”. Antes de abandonar España, pagó de su propio bolsillo los sueldos de sus empleados, desparramados por todo el país. Habría desembolsado la suma de un millón de pesetas de la época. Sin embargo, durante los primeros días de su exilio en París siguió viendo como un rey. Se hospedó en una lujosa suite del Hotel Le Meurice, con vistas al Jardín de las Tullerías, y con él, una veintena de antiguos empleados de confianza del Palacio Real y una corte de duques y marqueses.

La familia real y su séquito llegó a ocupar toda una planta del exclusivo hotel parisino. “Eran muchas las personas que estaban a cargo del rey”, explica el historiador Melchor de Almagro San Martín en su famoso libro Ocaso y fin de un reinado, publicado en 1947. “Algunas de ellas ordenaban y pedían como si aun estuvieran en el Palacio Real, servidas por escuadrones de criados y cocineros, sin considerar que aquellos whiskys, aquellos cócteles, pastelillos y sandwiches, fuera de hora y de la pensión convenida, se traducirían en costosos extras para la cuenta del monarca”.

 

Las primeras infantas que trabajaron

Rápidamente, el rey tuvo que despedir a gran parte del servicio, reducir su corte y trasladarse a un hotel más barato, en Fontainebleau. Alfonso XIII se fue de Madrid con doce empleados, y murió en Roma con dos: Francisco Concheso Cuevas, su fiel ayuda de cámara; y Sambeat, su mecánico y chófer. Durante el exilio también pidió a su familia “prudencia en los gastos”. Sus hijas, las infantas Beatriz y Cristina, utilizaban la tercera clase del tren y el autobús público para ir a París, y la reina empleaba un coche marca Ford, propiedad de los duques de Lécera. Las hijas del rey incluso se convirtieron en las primeras infantas de España en trabajar. “Como montábamos a caballo muy bien, hablamos con los dueños del picadero de Fontainebleau y les dijimos que nosotras les paseábamos los caballos de los clientes a cambio de luego poder usarlos nosotras”, recordó Doña Cristina de Borbón y Battenberg en una entrevista a ¡HOLA!, en 1992

Alfonso XIII tuvo que litigar con dos bancos, uno inglés y otro español, para poder recuperar parte del dinero que le había dejado su madre, la reina María Cristina, y Victoria Eugenia pudo aliviar las cuentas gracias a una donación del marqués de Valdecilla, un hombre que había hecho fortuna en Cuba y que, antes de morir, dispuso que la reina recibiera parte de su dinero.

Los rumores sobre una fortuna secreta del rey continuaron circulando durante años, en parte alimentados por su alegre vida cosmopolita. Pero lo cierto es que muchos de sus viajes, divertimentos y caprichos eran costeados por amigos y monárquicos nostálgicos. Los príncipes de Hohenlohe lo invitaban a pasar temporadas en el castillo de Rhoterhau; los príncipes de Metternich lo convidaban a cazar en su finca junto al río Rin; la millonaria argentina Rosita Bemberg lo agasajaba en su yate…

Cuando Alfonso XIII murió, su viuda, Victoria Eugenia, tuvo que vender unas esmeraldas al joyero estadounidense Harry Winston para poder comprar su casa, Vieille Fontaine, en Lausana, y costear los gastos de su vida. En ese palacete, a orillas del lago Lemán, la reina conservó los últimos tesoros de la familia: algunos retratos de Sorolla, Lazlo y Dorda; vajillas de porcelana y servicios de té de plata… Los vestigios de un naufragio.

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