Luis Antonio de Borbón y Farnesio, arzobispo, cardenal y conde de Chinchón

Una de las biografías más notorias y peculiares de la larga saga borbónica le corresponde sin duda al infante don Luis Antonio de Borbón y Farnesio (1727-1785), sexto hijo de la pareja formada por el rey Felipe V de España (1683-1746) y la segunda esposa de éste, Isabel de Farnesio (1692-1766). A causa de los tejemanejes estratégicos de su siempre ambiciosa madre, don Luis Antonio fue obligado, siendo apenas un niño, a tomar los hábitos. Años después, frustrado e infeliz, renunciará a su carrera eclesiástica, acto que provocará un notable revuelo en la España del siglo XVIII y asimismo un conflicto de carácter dinástico de considerable entidad. Finalmente, el Infante alcanzará la felicidad al lado de la aristócrata María Teresa de Vallabriga y Rozas (1758-1820), con la que tendrá descendencia. La vida del Infante se caracterizó, en definitiva, por un lado, por las obligaciones que imponía el apellido Borbón y, por otro, por la búsqueda de la satisfacción individual. Hoy, pues, repasamos la vida del infante don Luis Antonio de Borbón.

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Nace don Luis Antonio Jaime de Borbón y Farnesio el 25 de julio de 1727 en el Palacio del Buen Retiro de Madrid. Su nombre era un homenaje a Luis I de España (1707-1724), hermanastro del Infante fallecido tres años antes y el monarca español de reinado más breve. Al ser el sexto retoño de los reyes Felipe V e Isabel – entre los que se encontraban dos varones, el futuro Carlos III (1716-1788) y el duque de Parma don Felipe (1720-1765) -, la posición del Infante dentro de la Familia Real era poco ventajosa, una vez que era improbable que en algún momento pudiera aspirar a la Corona. Por ello, don Luis Antonio tuvo un papel discreto durante su infancia y adolescencia, dedicadas prácticamente en su totalidad al estudio – se le podía considerar como un erudito, especialmente en el campo de la historia y la religión, así como políglota y aficionado al arte, especialmente la música – y a la práctica de la caza, su gran pasión.

Cuando el Infante alcanzó la juventud, los consejeros del Rey, y especialmente Isabel de Farnesio, comenzaron a plantearse cuál debía ser el futuro de don Luis Antonio. La Reina, que había conseguido posicionar a sus dos hijos mayores de forma óptima, consideraba que no quedaba en Europa ningún trono que estuviera a la altura de los Borbones y que al mismo tiempo beneficiara a los intereses de la dinastía y los suyos propios. La muerte en 1734 del Arzobispo de Toledo, Diego de Astorga y Céspedes (1669-1734), hace que la Soberana se plantee que, a falta de candidatas dignas para casar con su hijo, el futuro de don Luis Antonio bien podía convertirse en la máxima autoridad eclesiástica española, de enorme poder no solo religioso sino también político y económico. Dicho y hecho, el 10 de noviembre de 1735, el Infante, de apenas ocho años de edad, era nombrado Arzobispo de Toledo – al ser menor de edad tuvo que utilizarse un subterfugio que permitiera que un niño se convirtiera en sacerdote -. Pese a las duras negociaciones – el Papa Clemente XII (1652-1740) no estaba a priori a favor del nombramiento – la carrera religiosa del Infante fue meteórica, siendo investido Cardenal a los pocos meses y a los pocos años, Arzobispo de Sevilla.

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Ni que decir tiene que la gran beneficiada de los nombramientos de su hijo era la reina Isabel, que se mostraba en público ufana de las grandes cantidades de dinero que el Infante recibía en concepto de dotes de la Iglesia – al ser menor de edad el Arzobispo, era ella y sus consejeros los que administraban esta creciente fortuna -. Sin embargo, el joven don Luis Antonio no mostraba el más mínimo interés por los asuntos de la Iglesia, dejando en evidencia que el nombramiento nada había tenido que ver con una vocación religiosa, sino con los planes de su progenitora. Progresivamente el carácter del Infante se fue agriando, hasta convertirse en un ser triste y taciturno.

LA RENUNCIA ECLESIÁSTICA
No será hasta 1754, habiendo muerto ya su padre, cuando el Infante tome la decisión de colgar los hábitos. El nuevo Rey, su hermanastro Fernando VI (1713-1759) acepta la renuncia del Infante, mostrando total comprensión. El Papa tampoco puso mayores obstáculos, siendo solo la madre de don Luis Antonio la que se mostró reticente a que su hijo perdiera poder en la Corte. El Infante llevaría desde ese momento una vida tranquila, disfrutando de sus aficiones y teniendo una excelente relación con el Rey, que siempre le tuvo en la más alta de las estimas.

Cuando en 1759 Fernando VI muere, el primogénito de Felipe V e Isabel de Farnesio, Carlos, en aquellos momentos Soberano de las Dos Sicilias, es nombrado Rey de España. Se produce en ese momento un problema dinástico que salpica al infante don Luis Antonio. En la Ley de Sucesiones, redactada durante el mandato de Felipe V, se especificaba que los herederos no nacidos y educados en España carecían de derechos hereditarios. Una vez que los hijos de Carlos III habían nacido todos ellos en tierras italianas, todo apuntaba a que el Heredero a la Corona española era el infante don Luis Antonio. Sin embargo, las nulas ambiciones de poder de éste, unido al hecho de que el Rey se apresuró en nombrar como Príncipe de Asturias al futuro Carlos IV (1748-1819), terminó rápidamente con esta contrariedad. Don Luis Antonio estaba en aquellos años de hecho más preocupado en adquirir el Condado de Chinchón y en ampliar su más que notable colección de pinturas y otras obras de arte.

EL COMIENZO DE SU NUEVA VIDA
Quizás como agradecimiento a la renuncia de su hermano a aspirar a convertirse en Rey, Carlos III acepta de inmediato que el Infante contraiga matrimonio en 1776 con la aristócrata María Teresa de Vallabriga y Rozas, si bien haría incluir en el contrato de boda que los posibles hijos de la pareja no tendrían en ningún caso derecho a honores y, por supuesto, a entrar en la línea sucesoria del Reino. Pareciera que el Infante hubiera deseado con fervor casar a causa de su juventud robada por las maniobras de su madre. Antes de pedir la mano a doña María Teresa, don Luis Antonio mantuvo varios apasionados romances, en la mayoría de las ocasiones con jóvenes del pueblo llano, que fueron la comidilla de la Corte. Llegado casi a la cincuentena, don Luis Antonio consideraba pues perentorio casar y formar una familia con doña María Teresa, treinta años más joven que él.

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Poco después de convertirse en marido y mujer, el Infante y doña María Teresa se instalan en Arenas de San Pedro, concretamente en el Palacio de la Mosquera, donde viven discretamente su historia de amor, rodeados de arte y amigos. Algunas fuentes apuntan no obstante que la pareja era en realidad muy malavenida y que las discusiones eran una constante – se habló incluso de una supuesta infidelidad de Doña María Teresa -. Sea como fuere, el matrimonio tuvo tres hijos: Don Luis María (1777-1823), doña María Teresa (1780-1828) y doña María Luisa (1783-1846).

En 1785 el Infante enferma de gravedad, falleciendo el 7 de agosto de ese año a los 58 años de edad. En primera instancia sus restos mortales fueron enterrados en el Santuario de San Pedro de Alcántara, pero años después, durante el reinado de Carlos IV, fueron trasladados al Panteón de Infantes del Monasterio de El Escorial. Doña María Teresa moriría muchos años después, en 1820, en su ciudad natal, Zaragoza.

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