Eran las primeras horas del 2 de febrero de 1852. Isabel II se dirigía a la basílica de Nuestra Señora de Atocha para presentar a su hija recién nacida, la infanta Isabel —luego conocida como «La Chata»—, a la Patrona de la Casa Real española. En la galería de palacio, entre el gentío, estaba el cura Martín Merino, quien, al pasar la Reina, se acercó a ella en ademán de entregarle un memorial y le asestó una puñalada que, afortunadamente, resultó superficial gracias a que las ballenas del corsé desviaron el estilete. [...]

Dos semanas más tarde, el 18 de febrero, como agradecimiento por la feliz resolución del trance, la soberana ofrendó a la Virgen un conjunto de joyas realizadas con las piedras que llevaba el día del atentado: una corona de brillantes y topacios de Brasil, con su sobrecorona de plata sobredorada con ráfagas de brillantes y rosas de esfera; un rostrillo de brillantes y topacios y una corona pequeña para el Niño de dicha imagen, también de brillantes y topacios. Las alhajas de la Virgen y el Niño fueron realizadas por el primer diamantista de Su Majestad, Narciso Soria. [...]

Las piedras utilizadas seguramente procedían de un aderezo montado en 1843 por el citado Soria, compuesto de collar, pendientes y alfiler, que sumaba 479 brillantes y 18 topacios. Como las joyas donadas superan estas cantidades, es lógico pensar que se añadieron otras piezas del guardajoyas de Isabel II. [...] Las coronas de la Virgen y el Niño tienen el mismo diseño sobre un aro formado por tres molduras. En la central, más ancha, alternan topacios con brillantes de gran tamaño y, sobre ella, una crestería trebolada de la que salen los seis imperiales, que se recogen en el centro, sirviendo de soporte a la bola y cruz del remate. La obra, realizada en plata sobredorada, cubre toda su superficie de brillantes, alternando con topacios. [...]

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