BIOGRAFÍA

​Eleonora de Bulgaria, la zarina entregada

Repasamos la vida de una princesa que no solo tuvo que hacer frente a un matrimonio arreglado sino también a aceptar la doble vida de su marido, el zar Fernando I

Probablemente sea el caso de la zarina Eleonora de Bulgaria (1860-1917), segunda esposa del zar Fernando I (1861-1948), uno de los más dramáticos de la historia de las consortes del siglo XX. La Zarina no solo tuvo que hacer frente a un matrimonio arreglado, como era habitual en la época, sino que se vio obligada a aceptar la doble vida de su marido, que nunca ocultaría sus múltiples escarceos, y el hecho de que éste la despreciara en todo momento. Mujer de una elegancia y saber estar indudables, la zarina Eleonora supo sobrellevar su infortunio entregándose en cuerpo y alma a los más desfavorecidos de la población búlgara, convirtiéndose así en uno de los símbolos más respetados de la Monarquía búlgara, incluso en el momento presente. Hoy pues repasamos la vida de la zarina Eleonora.

La futura Zarina nace el 22 de agosto de 1860 en el seno de la dinastía Reuss, una de las familias más antiguas de Alemania y que en el siglo XIX había llegado a formar un principado, previo a la fundación del Imperio germano. Eleonora Carolina Gasparina Luisa nace en la localidad de Trebschen (hoy territorio polaco) con el título de Princesa, al ser hija del príncipe Enrique IV de Kostritz y de la esposa de éste, Luisa de Reuss-Greitz (1822-1875). La Princesa crecerá en compañía de sus hermanos, el Heredero Enrique, y la benjamina Isabel, que en el futuro será una de las grandes impulsoras de la Cruz Roja. La familia Reuss no se caracteriza solo por su antigüedad, sino también por su amor por el arte y la cultura, especialmente la música. No es pues de extrañar que la Princesa se convirtiera en una mujer muy cultivada y en una melómana de primera clase.

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EL GOLPE MÁS DURO DE SU VIDA

La muerte de su madre, cuando ella cuenta con quince años, le suma en una profunda tristeza, que, según su propio testimonio, le acompañaría el resto de su vida. Ni siquiera el matrimonio de su querido hermano le sacaría de su permanente estado de taciturnidad. Probablemente presa de una depresión severa, la Princesa apenas pone atención a su vida social, por lo que progresivamente deja de interesar a los Príncipes casamenteros de la época, que ven en ella a una mujer adusta, reservada y melancólica.

Los años pasan y la Princesa alemana se ha convertido ya en una mujer madura cuya única pasión es la música y la literatura. Su vida, no obstante, daría un giro de ciento ochenta grados cuando la Princesa heredera de Bulgaria, María Luisa de Borbón y Parma (1870-1899), muere al dar a luz a su hija Nadezhda (1899-1958). La hija de Roberto I (1848-1907) había sido obligada a casar con el príncipe Fernando de Bulgaria, quien era famoso por sus múltiples romances con miembros masculinos del ejército búlgaro, hasta el punto de disfrutar de vacaciones en solitario en la isla de Capri, donde daba rienda suelta a sus deseos, para escándalo de la sociedad europea de la época. Al morir su esposa, el Heredero se negó a contraer matrimonio de nuevo, barajando, incluso, hacer pública su bisexualidad. Solo su madre, Clementina de Orleans (1817-1907) le obligaría a mantener las apariencias.

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La soltería del futuro Zar era, no obstante, un gran problema en la corte búlgara, que hacía todo lo posible por ocultar o, al menos, disimular las escapadas amatorias del Jefe de Estado en ciernes, hombre de afable personalidad y de imponente atractivo físico. Los consejeros más cercanos de Fernando comenzarían pues la búsqueda de una nueva esposa para el Príncipe que acallara los rumores y que trajera la tranquilidad al trono búlgaro.

La idea de casar a la princesa Eleonora con el Heredero viudo de Bulgaria vendría de la mano de la gran duquesa de Rusia María (1854-1920), esposa del gran duque Vladimir (1847-1909) y miembro a su vez de la Casa Reuss. La Gran Duquesa propone a su parienta Eleonora, una vez que considera que, a ésta, convertida en una suerte de solterona al uso, poco le importará la doble vida de su marido y simplemente se limitará a cumplir sus obligaciones como esposa del Jefe de Estado.

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Las negociaciones matrimoniales terminan en buen puerto – sin que la opinión de la princesa Eleonora hubiera sido tenida en cuenta en ningún momento -. La Princesa, con 47 años de edad, contrae pues matrimonio con Fernando de Bulgaria el 28 de febrero de 1908 en Coburgo. Ya en la luna de miel resulta evidente que Fernando solo quiere a su nueva esposa para hacerse cargo de la educación de sus hijos, con edades comprendidas entre los catorce y los nueve años, a los que él solo atiende para satisfacer sus caprichos más extravagantes, y para aparentar normalidad en su, por otro lado, turbulenta vida de romances prohibidos y pasiones desenfrenadas.

Exquisitamente educada, la Princesa acepta de buen grado su papel y así seguirá haciéndolo cuando el 5 de octubre de 1908 su marido se convierta finalmente en Zar de Bulgaria. Quizás debido a la fuerte presión de la Jefatura de Estado, el Zar prácticamente deja de lado la vida familiar y en las pocas ocasiones en las que se le ve con la Zarina, la tensión entre ambos es más que evidente. No pocos testimonios apuntan a que el Zar se habría mostrado displicente, cuando no desabrido con su esposa, quien habría reaccionado siempre con estoicismo extremo.

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LA ZARINA MÁS SOLIDARIA

Quizás a causa del desprecio evidente de su marido, la Zarina comienza a dedicar todo su tiempo a las causas sociales, no dudando en pasar días enteros en los barrios más desfavorecidos de Sofia, cuidando niños enfermos y alimentando a familias hambrientas. El respeto por ella no hace más que crecer, mientras que el de su marido se resiente por sus veleidades autoritarias y su frivolidad casi perenne.

El carácter solidario de la Zarina se muestra en todo su esplendor durante la Primera Guerra Mundial, cuando se convierte en una enfermera más, al servicio de los heridos de guerra. Sus continuas visitas a los hospitales y su profunda humanidad en todo momento, le convierten en una suerte de leyenda, que aún hoy en día merece el respeto y la admiración de los búlgaros.

El enorme esfuerzo durante esos años le pasa factura y, muy débil, acaba falleciendo el 12 de septiembre de 1917. Sus restos mortales descansan en el cementerio anexo a la Iglesia de Boyana, en las afueras de Sofia. Su marido le sobreviviría treinta años, muriendo en 1948 en el exilio alemán, completamente arruinado. 

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