Proveniente de una de las dinastías más antiguas de Europa y con una de las historias más gloriosas, la de Saboya, cuyo su origen se remonta al año 1000 y el número de cabezas coronadas que atesora es imponente, la princesa Juana (1907-2000) sería uno de sus miembros más destacados en el siglo XX, al convertirse por matrimonio en Zarina de Bulgaria, uniendo así a su familia con la de la Casa de Sajonia-Coburgo y Gotha-Koháry. La vida de la Zarina estaría no obstante marcada por el exilio, después de que en Bulgaria el poder fuera tomado por los comunistas. Mujer de recta moral y convencida de las bondades de la institución monárquica, nunca cejó en sus intentos de que ésta regresara a Bulgaria, de la mano de su hijo, el rey Simeón (1937). Hoy pues repasamos la vida de la que fue última Zarina de Bulgaría, Juana de Saboya.

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Nace la futura Soberana búlgara el 13 de noviembre de 1907 en Roma – fue bautizada como Su Alteza Real la princesa Juana Isabel Antonia Romana María de Italia -, siendo hija del rey Víctor Manuel III (1869-1947) de Italia y de la princesa Elena de Montenegro (1873-1952), hija a su vez del rey Nicolás I de Montenegro (1841-1921). La pequeña Juana fue el cuarto retoño de los Reyes italianos, después de Yolanda (1901-1986), Mafalda (1902-1944) y Humberto (1904-1983), futuro Rey de Italia. Como era tradición en la dinastía saboyana, los hijos de los Soberanos trasalpinos fueron educados con miras a, en el futuro, casar con miembros de familias reales europeas, de modo que la influencia de la casa se extendiera todavía más en el tiempo. Ya desde niña, la princesa Juana fue pues totalmente consciente de las expectativas que en ella recaían. La joven supo estar a la altura, una vez que en la Corte romana la pequeña Juana siempre fue conocida como la más inteligente de entre sus hermanos, además de como una persona cercana, empática y llena de humanidad.

La mayor parte de la infancia y la juventud de la Princesa discurrió en Villa Saboya, donde la joven recibió una estricta pero excelente educación en las más diversas disciplinas, como la literatura, la Historia o la música, además de recibir clases de varios idiomas, entre ellos el francés y el inglés. La Princesa se convirtió en poco tiempo en el miembro más popular de la Familia Real italiana, hasta el punto de que la cuestión de su matrimonio se convirtió en un tema de discusión en las calles de Italia.

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A la joven Princesa no le faltaban candidatos para perder la solteria, a causa de su exquisita educación, su más que notable pedigrí y de su indiscutible belleza. Entre los pretendientes que más apoyos recibían se encontraba Alberto de Baviera (1905-1996) y el aristócrata napolitano Francesco de Pinedo (1890-1933). Sin embargo, en 1927 la joven conocería al rey Boris III de Bulgaria (1894-1943) en una visita de éste a tierras italianas en compañía de su hermano, el príncipe Kiril (1895-1945). Según varias fuentes, el objetivo último del viaje era encontrar esposas para los dos hermanos búlgaros. Sea como fuere, si bien los jóvenes hicieron buenas migas en este primer contacto, no sería hasta 1930 cuando el romance fructificaría con ocasión de la boda de la princesa María José de Bélgica (1906-2001) con el hermano de Juana Humberto.

Las negociaciones para el matrimonio entre el Zar búlgaro y la Princesa italiana dieron pues comienzo. Uno de los puntos más complejos era el de la religión de los contrayentes, siendo Juana católica y Boris ortodoxo. Finalmente, y después de que los novios amenazaran él con quedar soltero de por vida y ella con entrar en un convento en el caso de que no pudieran casar, se llegó a un acuerdo por el que el Rey, sin abandonar su fe, se comprometía ante el Papa a criar a sus futuros hijos en la religión católica. El matrimonio se selló con dos ceremonias, primero la católica el 25 de octubre de 1930 en la Basílica de San Francisco de Asís de Roma, y la ortodoxa, unos días después, en Sofía, concretamente en la espectacular Catedral de Alejandro Nevski.

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La ya Zarina se adaptó rápidamente a la vida en la capital búlgara, convirtiéndose en poco tiempo en una Soberana muy querida por sus súbditos, gracias a su simpatía natural y a su humildad – la Reina, por ejemplo, nunca gustó de tener un gran número de personas a su servicio, llegando incluso a preparar ella misma la comida de su familia -. Los primeros años del matrimonio formado por los Zares fueron los más felices. En 1933, la Zarina daría a luz a su primera hija, la princesa María Luisa (1933), seguida cuatro años después por el príncipe heredero Simeón. La Zarina se dedicó en estos años no solo a su familia, sino también a múltiples obras de caridad, las cuales le sirvieron para granjearse todavía más la simpatía de los búlgaros.

El estallido de la Segunda Guerra Mundial terminaría con la tranquila vida de los Soberanos de Bulgaria. Después de que Adolfo Hitler (1889-1945) invadiera Polonia, la sombra del nazismo se extendió por toda Europa del Este, llegando a países como Rumanía o Hungría, y también a Bulgaria. Allí el Zar, que creía que su país tenía que mantenerse neutral, se vio obligado, bajo amenazas expresas de Hitler, a aliarse con los alemanes. Este hecho provocó un enorme dolor a los Zares, que contemplaban horrorizados la puesta en práctica de los planes de los fascistas, especialmente en lo que se refiere al exterminio de los judíos. Los Zares, de hecho, se negarían a deportar a los judíos búlgaros a Alemania y la Zarina en persona se encargaría de facilitar visados a innumerables judíos para que huyeran a Argentina.

Hitler, furioso con la actitud reticente de Bulgaría, convocó en 1943 al Zar para departir sobre la participación de Bulgaria en la invasión de Rusia, de la que el Zar era totalmente contrario. Pocos días después de volver de esta reunión, el Zar cae gravemente enfermo, muriendo de forma repentina el 28 de agosto a los 49 años de edad. Actualmente se da por sentado que el Jefe de Estado búlgaro fue envenenado por Hitler con el objeto de eliminar a uno de sus escasos oponentes. La noticia de la muerte de su marido supuso un varapalo de gigantescas proporciones para la Zarina, que a duras penas logró mantenerse en pie durante el funeral en la catedral de Sofía, ciudad que se echó a las calles para despedir a su amado Zar. Con la muerte de Boris III la corona búlgara recayó en el príncipe Simeón, de 6 años de edad, bajo la regencia del tío de éste, el príncipe Kiril.

Con el fin de la Segunda Guerra Mundial Bulgaria sería invadida por los rusos, convirtiéndose en un estado satélite de Moscú. La Monarquía sería abolida a través de un referéndum con nulas garantías democráticas y, acto seguido, el príncipe Kiril, Soberano de facto, ejecutado. Al rey Simeón así como al resto de la Familia Real se le dio un ultimátum de 24 horas para abandonar el país. La Zarina, rota de dolor y humillada, puso así rumbo al exilio, primero en Egipto, donde residía su padre, el rey Víctor Manuel III y más tarde a España, donde el régimen del general Franco (1892-1975) dio cobijo a la Familia Real búlgara. No sería el único lugar en el que la Zarina residiera, desplazándose más tarde a Portugal, para estar cerca de su hermano, el rey Humberto II de Italia, exiliado en Cascaes.

La Zarina solo volvería a Bulgaria una vez que el llamado telón de acero se derrumbó. En 1993 regresó efímeramente para rendir honores a la tumba de su marido, el rey Boris III. El pueblo búlgaro la recibió con entusiasmo. La Zarina moriría el 26 de febrero de 2000 a la edad de 92 años. Sus restos mortales descansan en la cripta de la Iglesia de San Francisco de Asís, en Roma, donde setenta años antes había contraído matrimonio con el Zar de Bulgaria.

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