Apenas recordada hoy en día pese a haber sido la primera Emperatriz de México, gracias a ser esposa de Agustín I (1783-1824), Ana María de Huarte (1786-1861) fue una mujer de indiscutible valía. Muy culta – muy por encima a este respecto que su marido, un militar poco interesado en las sutilezas -, con un más que notable sentido del estado y una devoción inalterable por sus hijos, la emperatriz Ana María supo lidiar con enorme dignidad a los infortunios que se le presentaron, notablemente el ajusticiamiento de su marido y su consecuente destierro. Esta semana estas líneas están pues dedicadas a la biografía de Ana María de México.

Ana María de Huarte y Muñiz nace el 21 de julio de 1786 en la ciudad mexicana de Morelia – conocida en aquel entonces, durante el periodo colonial, concretamente hasta 1831, como Valladolid -, siendo hija de don Isidro Huarte (1744-1824), un importante empresario de origen navarro que había logrado hacer fortuna en México, donde también protagonizaría una relevante carrera política, y de la segunda esposa de éste, doña Ana Manuela Muñiz Sánchez de Tagle (1749-1800), mexicana de Durango y miembro de una de las familias más acaudaladas e influyentes de la zona.

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Como era costumbre en las familias de rancio abolengo en Nueva España, la pequeña Ana María fue educada según los estándares europeos, aprendiendo varios idiomas y siendo instruida en el protocolo más estricto. Su paso por el prestigioso Colegio de Santa María no pasó desapercibido para sus profesores, quienes pronto descubrirían en ella a una niña de gran inteligencia y con un especial talento para la música, pasión que la acompañaría toda su vida. Con la llegada de la juventud, Ana María se convertiría en una muchacha de llamativa belleza y con una personalidad arrolladora. En poco tiempo, de hecho, se convertiría en una de las atracciones de la alta sociedad de la ciudad, dejando prendados a no pocos hombres. Uno de ellos sería de hecho su futuro marido, Agustín de Iturbide y Arámburu.

UN AMOR A PRIMERA VISTA
Si bien sus padres habían nacido en México, toda la familia de don Agustín era oriunda de Guipúzcoa. Pese a que los Iturbide se dedicaban a prósperos negocios, el futuro Emperador descubre muy pronto su vocación militar, alistándose al ejército siendo apenas un adolescente. Todas las crónicas apuntan a que entre ambos jóvenes se produjo un auténtico flechazo y que en poco tiempo ya discutían sobre un posible enlace matrimonial. Éste llegaría, tras la aprobación de las dos familias que no pusieron ningún a una relación que al fin y al cabo unía a dos de las familias más prominentes de Nueva España, el 27 de febrero de 1805 en la Catedral de Valladolid, contando el novio veintidós años y la novia diecinueve. En la sociedad mexicana de la época se destacó sobre todo la gran dote que Ana María incorporó al matrimonio – se habla que superaría los cien mil pesos de la época, una cifra astronómica – que les serviría para adquirir una espectacular finca en Maravatío, donde se instalarían recién casados.

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Los primeros años de matrimonio fueron de gran felicidad. Poco a poco, Ana María y Agustín irían formando una gran familia, formada por un total de diez hijos – el primero, Agustín (1807-1866) y, el último, Agustín Cosme (1824-1873) -. Asimismo, y gracias sobre todo a la familia de Ana María, la economía de la pareja estaba totalmente saneada. Sin embargo, los continuos viajes de Don Agustín, quien, como oficial del ejército, estaba obligado a pasar temporadas en diversas campañas militares, comenzaron a hacer mella en el matrimonio. A ello hay que unir el hecho de que don Agustín, progresivamente, fue politizándose, hasta el punto de convertirse en uno de los líderes de los opositores al régimen colonial español. Cuando la llamada Guerra de Independencia dio comienzo en 1810 no fue extraño pues que Agustín fuera uno de los cabecillas de la rebelión contra la metrópolis.

Pese a que Ana María apoyaba a su marido en su carrera política, su presencia pública era en estos momentos muy discreta, prefiriendo dedicarse a la educación de sus hijos y a sus aficiones, especialmente la literatura y la música. Varias fuentes apuntan a que Agustín comenzó en estos años a llevar una vida disoluta, pero Ana María haría oídos sordos a los rumores y siempre se mantendría leal a su marido, al que admiraba como militar y como político.

AGUSTÍN Y ANA MARÍA, LOS PRIMEROS EMPERADORES DE MÉXICO
Tras el largo conflicto bélico con España y con los llamados realistas, mexicanos que defendían los postulados de la monarquía hispánica, el 24 de febrero de 1821 es declarada la independencia del Imperio Mexicano, siendo Agustín de Iturbide uno de sus principales valedores. Un año después, tras innumerables intrigas y tensiones entre los diferentes grupos políticos, Agustín era proclamado primer Emperador de México por el congreso del país. La ceremonia de investidura, por la que Ana María se convertía asimismo en Emperatriz, se celebró el 21 de julio de 1822 en la Basílica de Santa María de Guadalupe de la capital azteca. Los nuevos Jefes de Estado se instalaron en el Palacio de los Condes de San Mateo de Valparaíso.

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El mandato de Agustín I fue turbulento e inestable. Un sinfín de conspiraciones, sobre todo apoyadas de forma más o menos veladas por los Estados Unidos condujeron a un aislamiento del Emperador, quien apenas disfrutaba de apoyos. La propaganda anti imperial también se cebó con la Emperatriz a la que se acusaba de derrochadora y frívola. Estas críticas, tan alejadas de la verdad, conducirían no obstante a Ana María a una profunda depresión. La presión, tanto interna, sobre todo de la oposición republicana, como exterior, principalmente española, fue tal, que el Emperador se vio obligado a abdicar en marzo de 1823. Para el Emperador y su familia comenzaría así el exilio.

En primera instancia la Familia Imperial mexicana se instala en Italia, donde son recogidos por el rey Fernando III de Toscana (1769-1824), sin embargo, pronto, y a causa de la presión diplomática de España, fueron expulsados del país transalpino. Su destino fue Londres, donde pasaron un par de años, hasta que Agustín decidió regresar a México con la esperanza de comenzar una revolución que le devolviera al trono. La operación fue un desastre. Recién llegados a México, los miembros de la Familia Imperial fueron detenidos y el Emperador, sin juicio, fusilado.

EL EXILIO EN ESTADOS UNIDOS
Desolada y humillada, Ana María, embarazada de su último retoño, abandona México, después de recibir la autorización del congreso mexicano, que le concede además una exigua pensión con la condición de que descarte cualquier estratagema para recuperar el poder para ella o sus hijos en el futuro. La emperatriz viuda y sus hijos se instalarán en los Estados Unidos, primero en Nueva Orleans, luego en Baltimore y Maryland, para asentarse definitivamente en Philadelphia. La vida en los Estados Unidos fue discreta y caracterizada por las estrecheces financieras, teniendo que hacer la Emperatriz auténticos esfuerzos para poder pagar la educación de sus hijos. Cuando estos llegaron a la edad adulta, Ana María intentó promocionarles como posibles mandatarios mexicanos, pero su influencia en tierras aztecas era ya nula.

La Emperatriz, que en los últimos años de su vida se entregó con fervor a la religión, moría el 21 de marzo de 1861 en su casa de Philadelphia, a la edad de setenta y cinco años. Sus restos mortales descansan sin ningún tipo de honores en la Iglesia de San Juan Evangelista de la ciudad norteamericana, lejos de los de su marido, que se encuentran en la Catedral Metropolitana de México. 

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