María Teresa I de Austria, la mujer más poderosa de Europa

La emperatriz está considerada como una de las mujeres más influyentes y poderosas del siglo XVIII

María Teresa de Austria (1717-1780), Archiduquesa de Austria, Emperatriz del Sacro Imperio Romano Germánico y reina de Hungría y Bohemia, no fue solo la única mujer que detentó el poder de los territorios habsburgueses en los 650 años de la historia de esa dinastía, sino que además fue una inteligente estadista, una entusiasta reformista y una esposa y madre apasionada. Por todo ello, la emperatriz María Teresa está considerada como una de las mujeres más influyentes y poderosas del siglo XVIII. En estas líneas repasamos su biografía.

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María Teresa de Austria nace el 13 de mayo de 1717 en Viena, siendo hija del emperador Carlos VI (1685-1740) y de la princesa Isabel Cristina de Brunswick-Wolfenbüttel (1691-1750). La entonces Princesa recibió una estricta educación, una vez que las posibilidades de que reinara se fueron incrementando con el paso del tiempo – sus padres no lograron engendrar varón tras su nacimiento, solo a dos hermanas, las princesas María Ana (1718-1744) y María Amalia (1724-1730) – y de que el Emperador hubiera promulgado en 1713 la Pragmática Sanción, que autorizaba que el trono pasara a descendientes del sexo femenino. Habida cuenta de que con esta disposición jurídica la sucesión del Emperador en su hija quedaba avalada, María Teresa no tuvo que preocuparse en contraer un matrimonio estratégico, sino que se abría la puerta a una boda por amor. Su elección sería la del duque Francisco Esteban de Lorena (1708-1765), aristócrata francés con el que prácticamente se había criado y de quien estaba profundamente enamorada. La boda se celebraría el 12 de febrero de 1736.

Los primeros años del matrimonio de la futura Emperatriz solo pueden ser calificados de apasionados, como así demuestra la correspondencia de María Teresa con su esposo. La pareja engendraría a lo largo de su matrimonio 16 hijos, doce niñas – entre las que se encontraba la desafortunada reina María Antonieta (1755-1793), guillotinada durante la Revolución Francesa y cuatro varones, entre ellos el futuro emperador José II (1741-1790) – que serían criados entre algodones, especialmente por su padre, hombre muy cariñoso y dadivoso. Si la faceta sentimental de la Princesa era miel sobre hojuelas, pronto, tras la muerte de Carlos VI en 1740, los problemas políticos y estratégicos comenzarían a hacer acto de aparición en su vida.

El 20 de octubre de 1740 el emperador Carlos VI muere en el Palacio Favorita de Viena a causa, probablemente, de la ingestión de setas venenosas. La princesa María Teresa, sin apenas formación de gobierno, se convierte en heredera a título de Emperatriz de un vasto imperio con innumerables problemas territoriales y económicos derivados sobre todo de dos conflictos bélicos acontecidos en los últimos años de reinado de su padre. La Emperatriz y su marido, que fue nombrado coregente, se afanan desde un primer momento en la tarea de gobierno y en el saneamiento de las endebles cuentas del Imperio, pero casi de inmediato sus enemigos intentarán aprovecharse de su debilidad.

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El primero de ellos será el rey Federico II de Prusia (1712-1786), conocido como Federico el Grande, quien poco después de la coronación de la nueva Emperatriz, invade el territorio de Silesia, dándose así inicio a la llamada Guerra de Sucesión Austriaca, que se alargará hasta 1748. A las maniobras del mandatario prusiano, se unirán franceses y bávaros, invadiendo los territorios occidentales de la Emperatriz. Ésta, lejos de amilanarse, tomó la decisión no solo de no rendirse, sino de reconquistar todas las zonas ocupadas. Así, la Soberana reforzó el ejército, el número de efectivos se dobló en comparación con los tiempos del emperador Carlos VI, reformó el sistema tributario del Imperio, poniendo el acento en las partidas de defensa, y centralizó el poder político.

Todas estas medidas sirvieron para modernizar el Imperio y para hacerlo crecer económicamente. Si bien la Guerra de Sucesión se saldó con la pérdida de Silesia, región situada principalmente en la actual Polonia, la autoridad de María Teresa y de su marido salió respaldada. La Emperatriz había dejado de ser a ojos de sus enemigos una joven pacata e inexperta para convertirse en una estadista y en una rival de primer orden en el escenario europeo.

No serían esas las únicas reformas que la Emperatriz pusiera en marcha. Suya fue la iniciativa de promover un nuevo código civil para el Imperio, el llamado Codex Theresianos, que se caracterizó, para la época, por tener una naturaleza marcadamente progresista. Asimismo la Emperatriz fue clave para reformar la sanidad austríaca y para hacer disminuir la mortalidad infantil de esa nación. Las generaciones más jóvenes siempre fueron la obsesión de la Emperatriz quien fue asimismo responsable de una profunda modernización del sistema educativo del país europeo, introduciendo la educación obligatoria para todos los niños de edades comprendidas entre los seis y los doce años, una medida auténticamente revolucionaria para la época.

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En 1756 las hostilidades contra Prusia se reiniciaron. La Emperatriz decidió terminar con su alianza con Gran Bretaña y aliarse con Rusia y Francia. Federico II respondería con la invasión de Sajonia, que daría lugar a la llamada Guerra de los Siete Años (1756-1763). Pese a lo dramático del largo conflicto, la Emperatriz, con su habitual habilidad política, logró mantener el estatus de Austria dentro del conjunto de naciones europeas, como así quedó recogido en el Tratado de Hurbertusburgo de 1763.

La tragedia alcanzaría a la Emperatriz dos años después cuando su esposo, el emperador Francisco, fallece de una apoplejía fulminante mientras se celebra la boda de su hijo el príncipe Leopoldo (1747-1792) con la infanta de España María Luisa de Borbón (1745-1792). La Emperatriz, quien siempre se confesó enamorada como el primer día de su esposo, quedó devastada. Es conocido que inmediatamente tras el deceso pidió que se le cortara su larga melena rubia y que se destruyeran todos sus vestidos de fiesta. A partir de ese momento y hasta su muerte, la Emperatriz, de hecho, siempre vestiría de luto. No solo la muerte del Emperador se dejó notar en el aspecto físico de su esposa, también su rol público cambió radicalmente, una vez que la Soberana se retiró completamente de las apariciones oficiales, recluyéndose en sus aposentos con un dolor indescriptible por su viudedad.

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La profunda depresión de la Emperatriz acabó afectando a la gobernación de su país, por lo que en septiembre de 1765, se decidió que su hijo el príncipe José se convirtiera en coregente. Poco a poco el Príncipe fue asumiendo más poder, en perjuicio de su madre, cada vez menos interesada por los asuntos mundanos. La relación entre madre e hijo, de hecho, comenzó a deteriorarse. La emperatriz, empecinada y consciente de su talento político, se negó a abdicar en su hijo, creyendo que el paso del tiempo sanaría el enorme dolor de la pérdida de su amado marido.

En 1767 la Emperatriz sufre viruela, pero consigue sobrevivir, aunque con graves secuelas, como una persistente tos, problemas respiratorios o un insomnio crónico. El 24 de noviembre de 1780 cae gravemente enferma, muriendo cuatro días después. Su hijo José, finalmente, alcanza el trono y se convierte en Emperador hasta su muerte en 1790. Los restos mortales de la emperatriz María Teresa de Austria descansan en la Cripta Imperial de Viena junto a los de su marido en un espectacular doble sarcófago que la Emperatriz mandó construir en vida.

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