María Luisa de Borbón y Parma (1751-1819) fue Reina de España a través del matrimonio con su primo Carlos IV (1748-1819). Pese a su origen extranjero y su posición de consorte dentro de Palacio, la reina María Luisa supo convertirse en una pieza fundamental de la corte española, ejerciendo una influencia decisiva en no pocas decisiones políticas de su marido. Mujer de carácter decidido, María Luisa de Borbón y Parma también fue conocida por su querencia por atesorar amantes y por su naturaleza conspirativa. Esta es su historia.

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Nace la futura reina María Luisa el 9 de diciembre de 1751 en Parma, siendo la hija menor del infante Felipe I de Parma (1720-1765), uno de los hijos de Felipe V de España y de Isabel de Farnesio, además de fundador de la dinastía Borbón y Parma. Su madre, Luisa Isabel de Francia (1727-1759), hija de Luis XV, nunca se acostumbró a vivir en la capital parmesana, habida cuenta de su gran ambición por convertirse en reina en su país natal, lo que la llevó a abandonar Italia rumbo a Versalles al poco tiempo de dar a luz a María Luisa. Así, ésta fue educada principalmente por Marie-Catherine de Bassecourt-Grigny, Marquesa de Gonzales. María Luisa tuvo dos hermanos: Isabel (1741-1763), quien más tarde casaría con José II del Sacro Imperio Romano Germánico, y Fernando (1751-1802), heredero del Ducado de Parma. Precisamente será su hermano, quien sería formado para ser sucesor de la estirpe, el que marque la infancia y la juventud de la joven María Luisa. En 1758 a Fernando le fue asignado como instructor el filósofo galo Étienne Bonnot de Condillac (1714-1780) quien no solo aleccionó al futuro Duque en los asuntos de gobernación sino que también se dedicó de lleno a la educación, especialmente la sentimental, de María Luisa. Condillac era conocido por sus ideas extremadamente progresivas –fue acusado no pocas veces de ser un apologeta del libertinaje- en el terreno de las relaciones sociales.

Los futuros críticos de la reina María Luisa apuntarían de hecho a Condillac como la pieza clave en el comportamiento disoluto de la Soberana.Pronto el destino de la joven María Luisa quedó marcado para siempre. En la corte española se buscaba a una candidata que esposara con el príncipe de Asturias Carlos (1748-1819) y María Luisa resultó ser la aspirante perfecta. Tanto es así que en 1765, la novia con apenas 14 años de edad, se celebró la boda del futuro rey español con la hija del Duque de Parma. Pese a su extrema juventud, la fuerte personalidad de la nueva Princesa hizo acto de presencia de forma inmediata en el matrimonio. El príncipe Carlos, poco interesado en la política y más ocupado en cazar –su gran pasión, hasta el punto de ser conocido popularmente como “El cazador”- dejó progresivamente el cuidado de los asuntos de estado a su esposa, quien comenzó a desarrollar una nada desdeñable ambición.

Uno de los problemas a los que tuvo que hacer frente la Princesa en los primeros años de su matrimonio fue la falta de descendencia y especialmente la de engendrar a un varón que garantizara la continuidad de la Casa Real española. Si bien en 1771 la princesa había dado luz al príncipe Carlos Clemente (1771-1774), éste moriría a los tres años, dejando a la corte con la incertidumbre sobre la sucesión. No sería hasta 1784 con el nacimiento de Fernando, el futuro rey Fernando VII, que este atolladero no se resolvería –antes de Fernando, María Luisa había tenido otros tres niños, Carlos Domingo, Carlos Francisco y Felipe Francisco, si bien muertos todos ellos en la más tierna infancia. En total, el matrimonio de Carlos IV y María Luisa de Parma engendró a 14 vástagos.

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Ya desde los primeros años de matrimonio comenzaron a correr en Madrid los rumores de supuestos romances de la futura reina con miembros de la nobleza capitalina. Tanto es así que el propio rey Carlos III empezó a desconfiar de su nuera a la que, por otro lado, consideraba una intrigante nata. Esta animadversión del Rey cristalizó en 1781, cuando el secretario de estado el Conde de Floridablanca (1728-1808) desbarató un supuesto complot palaciego de la Princesa, ávida al parecer de ocupar el trono. No sería hasta 1788 con la muerte de Carlos III que la princesa María Luisa se convirtiera en Reina de España consorte, tarea que asumió con auténtico entusiasmo. Al mismo tiempo, la Reina comenzaba en aquel entonces un duradero romance, de hecho se le considera como su único amor pleno, con Manuel Godoy (1767-1851), guardia de corps y poco después consejero privado de la Soberana.

La relación de Godoy con la Reina ha sido objeto de debate por los historiadores durante décadas. Actualmente se cree que la reina María Luisa y Godoy, quien fue nombrado Primer Ministro de España en 1792, formaron una suerte de matrimonio en la sombra que dirigía los designios de España, mientras que Carlos IV se limitaba a aceptar el criterio de su esposa en las más diversas cuestiones de calado político y económico. En los mentideros de la corte se escuchaba sin cesar que la infanta Isabel (1789-1848), undécima hija de la Reina, era hija de Godoy y no del Rey. No fue el idilio de la Reina y el Primer Ministro en cualquiera de los casos un camino de rosas. La Soberana, muy celosa, comenzó a sospechar de los movimientos de Godoy dentro de Palacio, convencida de que mantenía affaires con diferentes damas. Especialmente dolorosa para la Reina fue la relación que Manuel Godoy comenzó con Pepita Tudó, Princesa de Bassano (1779-1869). La Reina, desesperada por alejar a su amante de Tudó, propuso a Godoy contraer matrimonio con su prima María Teresa de Borbón y Vallabriga, Condesa de Chinchón (1780-1828). Godoy, enardecido por la idea de emparentar con la Familia Real, aceptó, si bien el matrimonio, de pura conveniencia, hizo aguas desde los primeros momentos. Finalmente la Reina, enfurecida con Godoy por persistir éste en su relación con Tudó, se desprendió de él, si bien siempre le protegió de sus enemigos.Una muestra del amparo de la Reina a Godoy fue el golpe de estado de Fernando VII contra su padre, Carlos IV, en 1808. La Reina, conociendo que su hijo odiaba a su antiguo amante, hizo uso de sus influencias en el exilio francés para que Godoy fuera liberado de la cárcel. Tras el Levantamiento del 2 de mayo, Fernando VII tiene que devolver la corona a su progenitor. Éste no obstante acuerda cederle el poder a Napoleón, a cambio de un exilio dorado para él y su familia.

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La Familia Real española comienza así un difícil exilio. Carlos IV, además de tener una cada vez más frágil salud, suponía un fastidio para Napoleón por lo que éste finalmente decidió que el Rey español y los suyos se instalaran en el Palacio Borghese de Roma. Con el regreso de Fernando VII al trono español, la situación de los Reyes en la capital italiana empeoró. Su hijo se negó a ayudarles económicamente por lo que su estilo de vida, normalmente elevado, tuvo que moderarse de forma considerable. La salud de la Reina además se debilita. En 1818 sufre la fractura de las dos piernas tras un accidente, mientras que Carlos IV decidió marcharse a Nápoles.

Sola, María Luisa de Borbón y Parma enferma de pulmonía y finalmente fallece el 2 de enero de 1819, con 67 años, acompañada de su, pese a todos los avatares, inseparable Manuel Godoy. Apenas dos semanas más tarde, Carlos IV moría a causa de un grave ataque de gota.

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