Después de haber vestido por última vez el junihitoe -un traje ceremonial de color púrpura como el que llevaban las damas de la corte de antaño-; después de haber orado por sus antepasados en el templo de palacio; después de haberse despedido de sus padres en la ceremonia tradicional Choken-no-gi y de haber compartido con ellos, por el adiós, su último vaso de sake (licor de arroz) como Princesa, Sayako de Japón, la única hija de los emperadores Akihito y Michiko, iniciará mañana una nueva vida.

Una renuncia total por amor
La princesa Nori, como es popularmente conocida Sayako en el Japón, renunciará por amor a su antigua existencia palaciega, a sus prerrogativas y privilegios reales y a la asignación que le correspondía como miembro de la Familia Imperial, cuando mañana contraiga matrimonio con Yosihiki Kuroda, un urbanista de la municipalidad de Tokio. De acuerdo a la ley imperial, Sayako experimentará un cambio social de lo más espectacular. Su boda con el plebeyo le arrebatará instantáneamente su título y la alejará para siempre de las comodidades de Palacio de las que ha disfrutado a lo largo de estos 36 años como miembro de la monarquía más vieja del mundo.

Dejará, entonces, la venerada Ciudad Prohibida por un apartamento en el barrio de clase media-alta de Mejiro, una zona al norte de Tokio cerca de la Universidad de Gakushuim, y, tres días después del enlace, dejará también de utilizar su honorífico nombre de soltera, Norinomiya, para pasar a llamarse Sayako Kuroda -nombre que aparecerá en el registro oficial de residencias de Japón, junto a su dirección-... Dejará, en definitiva, de ser Princesa para convertirse en una mujer moderna que conduce su propio coche; va de tiendas y cocina para su marido -para evitar posbles problemas caseros, la princesa Sayako ha asistido a un curso básico de cocina-. Asimismo, entre sus funciones como ama de casa, se encontrará también la de administrar con cuidado el modesto sueldo de funcionario de su marido, de 52.000 euros al año.

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