¿Cómo educar con dulzura sin malcriar?

Queremos ser padres comprensivos y abiertos pero tememos no saber cuál es el límite y cómo aplicarlo.

La personalidad de los niños se construye a medida que van creciendo y mantienen vínculos parentales, familiares y sociales. Un bebé no es malcriado porque quiera estar en brazos o demande el cobijo de sus padres. Estas características, tan propias de los recién nacidos, es una manera de satisfacer necesidades concretas: protección, alimento, abrigo y afecto. Ni el colecho, ni la lactancia hacen a los niños malcriados. Este comportamiento aparece cuando existe un fallo entre la educación parental y la demanda de los pequeños. 

Diferenciar las conductas negativas y positivas y aprender a reforzarlas

Durante los primeros años de vida, los niños no saben distinguir de manera individual, si las consecuencias de sus actos son positivas o negativas. Es tarea de padres y cuidadores indicarles la dimensión y la repercusión de lo que hacen. Para ello es fundamental reforzar sus conductas positivas y también las negativas. 

Los gritos, los enfados y los castigos no ayudan en nada, si antes no has hablado con tu hijo sobre lo que ha hecho. Cuando percibas que el pequeño ha actuado muy bien, que ha resuelto un reto importante para él o que ha tomado la decisión adecuada, felicítalo, hazle saber lo bien que ha estado y lo orgullosa que te sientes. De la misma manera, cuando notes que algo no es lo adecuado, refuerza ese concepto, explícale porqué no debe hacerlo, si es peligroso para él o puede hacerle daño a otras personas. 

Ayúdalo a identificar estos conceptos por su cuenta y a internalizarlos. Es una tarea ardua y mucho menos inmediata que el grito pero es más eficaz a largo plazo, menos agresiva y mucho más fácil de aprender. 

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Poner límites y cumplir normas

Los límites son pautas que ayudan a tu hijo a crecer con seguridad y confianza. Es una manera de establecer normas que en un futuro le servirán para saber desenvolverse en sociedad. 

Cuando determines un límite es conveniente que lo hables con tu hijo, le expliques los motivos y respondas a sus dudas. Aquello de “porque lo digo yo” no es una respuesta que lo ayude a comprender el sentido del límite. Actuar solamente por obligación contribuye a la rebeldía y favorece una serie de conductas negativas entre padres e hijos. 

Educamos con el ejemplo, además de con las palabras, esto es un rasgo que muchas veces pasamos por alto en la educación de los niños. Pensamos que basta con decirles qué hacer y qué no. Le enseñas a esperar que el semáforo se ponga en verde para cruzar, pero cuando tienes prisa te basta con mirar a ambos lados y cruzas sin importar si está en verde o rojo. Le pides que no utilice tanto el móvil, pero en tu tiempo libre no quitas la vista de la pequeña pantalla. Haz lo que yo digo y lo que hago es la mejor manera de demostrar que confiamos en lo que decimos.

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Eres el ejemplo de tu hijo

El menor gesto es absorbido por los pequeños con una capacidad asombrosa. Desde tu lenguaje hasta la manera en la que te involucras en su educación, todo es un ejemplo para ellos. Los pequeños asimilan como norma o conducta correcta todo lo que observan de su entorno más cercano. Si ven que eres amable, paciente y respetuosa con los demás tendrán menos oportunidades para ser impacientes, irrespetuosos o maleducados. 

Uno de los aspectos más difíciles de la educación, durante los primeros años, es saber cómo actuar y responder durante los berrinches o pataletas. Ya se una rabieta de tres minutos o una de quince, nuestros nervios se ponen a prueba y pensar con claridad es lo último que nos sale. Sin embargo, es muy importante tu reacción en estas situaciones. Mantén el límite pero no le exijas que deje de patalear o le demuestres conductas agresivas. Darle espacio para canalizar su frustración es una manera amorosa de comprenderlo y también de educarlo. 

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