Rocio Durcal: 'Yo soy una luchadora que sabe que al enemigo hay que matarlo para poder seguir peleando'

Está hermosa Rocío Dúrcal. Le brillan las palabras como piedras preciosas, suenan como las rancheras, como los huapangos, en la plaza Garibaldi, de México.

Sí, sí, pólipos, nódulos, a luchar contra ellos. Suero, el platino, las recetas maestras y cortisona, para que no te duela el estómago con el tratamiento… Y que se sepa que el cáncer se cura, que lo puedes cortar. Que lo que pasa es que esto no es ‘la purga de Benito’, como dice la voz popular…, que hay que luchar contra él.

Cucurrucucu paloma herida
El sol se va cayendo al fondo, el mismo de todos los días, pero todos los días diferente, sobre el paisaje de El Escorial, donde se casaron Rocío y Junior, hace ya tantos años, y los árboles han crecido, los que ellos mismos plantaron a nuestro derredor, y la Dúrcal ofrece la palabra ardiendo.

—Lo que pasa es que eso se cura con un hacha, y, a veces, esa hacha se lleva lo malo, sí, pero también lo bueno…
Me cuenta de cuando fue a Houston, a la clínica Anderson, hace tiempo, y de que entró por sus puertas con una carpeta enorme, que ‘parecía un pintor que venía a traer sus cuadros’…
—Y aquí estoy. Les dije que si el tratamiento es el mismo aquí que allá, a España me voy, con mi gente, mis nietos, que vienen los domingos; mis hijos, mi paisaje amado… A cocinar, que me gusta mucho, a no darle al cuerpo las palizas que le daba, que me pasaba el día haciendo y deshaciendo las maletas, y ahora, aunque tengo la voz muy bien, pues esperaré el tiempo necesario, alrededor de seis meses, para volver a cantar y a cumplir los compromisos contraídos…

El disco Alma ranchera es una ‘joya de la corona del reino del sentimiento’como la canción Cucurrucucu paloma y el director, Antonio Morales, su marido, aquel que tanto nos llenó de ilusión en nuestra ya lejana, ¡ay!, juventud, con su voz de champán y amor al mismo tiempo.
—¿Sabes a lo único que temo con el nuevo tratamiento de la quimio? Pues, que ahora sé que voy a perder a mi primo de Valladolid…

—¿A tu primo de Valladolid, Marieta?
Ja, ja, ja. Este, mi pelo, pero ya estoy dispuesta a que se me vaya, aunque te diré una cosa, no me importa, porque pañuelo no voy a usar, que no canto jotas, pero sí lo que haya que ponerse, y además, el pelo crece, hijo mío.
Y suelta una carcajada que atrae a los pájaros de la tarde. Y luego nos decía:
—Mira, yo soy una luchadora que sabe que al enemigo hay que matarlo para seguir peleando…
Llega Carmen, su hija, tan bonita, tan popular ya en la ‘tele’; la raza, la casta que continúa. Hablamos de Sheila, la otra, que está en México y que canta como los ángeles. Del hijo, de los nietos, que llenan su vida de alegría, de los sesenta y un años recientes de Antonio, que se celebró a lo grande, con piñata a la mexicana y cocido madrileño.
—Mira, en España ya se cura el cáncer, cuando se llega a tiempo, pero no hay que entretenerse, hay que estar ojo avizor, atento, las revisiones, y eso es lo que hay que hacer. Además, no es la primera vez que digo que yo no me quiero morir en el escenario…

—Lo que hay que hacer, Rocío, es no querer morirse ni en el escenario ni en ningún otro sitio.
Eso es. Así que si este tratamiento no sirve, pues otro, y otro, y otro, hasta acabar con el bichito.

Recordaba, en el abrazo final, la cabeza recostada brevemente en el hombro de un viejo contador de historias, que yo quería terminar con aquello de San Juan de la Cruz: ‘Y a la caída de la tarde seremos examinados de dolor’, y no seremos examinados de amor, pero no es necesario. Ha sido una lección de amor a la vida. Venía a darle ánimos a Marieta y ella me los ha dado a mí, porque son peores los cánceres de la depresión del alma.
Así que, justo cuando en el almanaque, a esta hora en punto, llega el otoño, las seis en punto de la tarde del 22 de septiembre, Rocío Dúrcal va y nos da una definición vital de primavera.

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