Los Grimaldi han conseguido, pese a haber sufrido innumerables contratiempos históricos y familiares, perpetuarse sobre la extensión de una roca mediterránea garantizando, lejos del poder de Francia, su continuidad dinástica. Raniero, que cuando subió al trono de Mónaco, en el año 1949, no sucedió a su madre, sino a su abuelo, y se conocía bien la historia de la familia, promulgó, entonces, una nueva Constitución para evitar problemas de legitimación que amenazaran su reinado.

El Texto, que fue firmado por el Príncipe el 17 de diciembre de 1962, convirtió a Mónaco en una monarquía hereditaria y constitucional y le salvó, para siempre, de las garras del 'enemigo'... A lo largo de sus más de cincuenta años de reinado, jamás se desvió el Príncipe Soberano del objetivo fijado: hacer de Mónaco una plaza fuerte del lujo, los negocios y las finanzas, en el centro de esta encrucijada mediterránea estratégica; conseguir que fuera admitido en la ONU, en el año 1993, y convencer a la Santa Sede de que sus nietos, Andrea, Carlota y Pierre Casiraghi, hijos de Carolina, habían de ser reconocidos como "dinastas" para reservarse la posibilidad de que, un día, pudieran subir al trono. Siempre, claro, en el caso de que el príncipe Alberto, el heredero, siga empeñándose en mantener su soltería.