La Duquesa de Lugo derrochó encanto durante su visita a la muestra de los tesoros del Monasterio de Guadalupe
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La infanta Elena optó por soltarse la melena para su última aparición

LA INFANTA ELENA RECUPERA LA SONRISA

La Duquesa de Lugo volvió a hacer gala de su elegancia durante la inauguración de la muestra de los tesoros del Monasterio de Guadalupe en el Palacio Real

8 FEBRERO 2008
Las cambios internos a menudo se traducen en cambios externos, y viceversa. Parece el caso de la infanta Elena, que vuelve a sonreír, a sentirse bien, y se le nota. Se ha descubierto al mundo, en su última aparición pública, como una mujer nueva por dentro y por fuera: feliz y guapa. La catarsis personal de la Infanta se ha dejado sentir en su imagen con efectos visibles, que pasan por un maquillaje más sofisticado y peinados más juveniles que los habituales -la acostumbrada trenza o el encorsetado recogido-. La infanta Elena optó, de hecho, por soltarse la melena para el acto inaugural de la exposición Caminos de Guadalupe-Guadalupe en Madrid, que presidió ayer en la Capilla del Palacio Real. Una muestra que reúne, por primera vez, en la capital española los tesoros artísticos del Monasterio de Guadalupe, entre ellos cuatro de sus zurbaranes.

La Duquesa de Lugo, que derrochó encanto a raudales durante su visita, volvió a hacer gala también de su exquisito gusto en el vestir y su personal estilo. La infanta Elena deslumbró con un traje pantalón de terciopelo azul marino, que combinó con una blusa estampada de seda sin cuello. Completó su atuendo con un chal, rematado con pequeños flecos; con un bolso azul de chanel y zapatos a tono y, como joyas, con un conjunto de collar de perlas bicolor (blancas y grises) a juego con los pendientes y un broche en tonos dorados. En dos palabras: radiante absolutamente.

Los tesoros de Guadalupe
El comisario de la exposición, Francisco Tejada, explicó a doña Elena el significado de la exposición, que se abrirá al público a partir de hoy en la Capilla del Palacio Real de Madrid y en sus otras dos sedes del Claustro del Convento de la Encarnación y el Monasterio de las Descalzas Reales de Madrid, con un total de 42 piezas entre pinturas, esculturas, orfebrería y bordados. La Infanta pudo apreciar durante su recorrido las obras de Francisco de Zurbarán tituladas la Apoteosis de San Jerónimo, Las Tentaciones de San Jerónimo, Imposición de la Casulla a San Ildefonso y Fray Gonzalo de Illescas. Además, contempló la Arqueta de los Esmaltes, montada en el siglo XV con piezas del XIV; el Lignum Crucis, de Enrique IV; el Calvario de Egas Cueman; el Terno Rico o La Casulla de Tanto Monta, realizada con un vestido de Isabel la Católica.


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