—Vicky: tú eres de familia bien. No has tenido que trabajar para poder comer. Eres una privilegiada, en una palabra.
Por supuesto. Siempre he dicho que cuando nací me tocó la lotería. Tuve una familia que siempre me ha dado —en la justa medida, eso sí— todo lo que he querido. Me ha proporcionado una educación maravillosa: pude estudiar en Suiza.
—Y te habrán mimado o consentido bastante, ¿no?
Pues no. Bueno, mi padre sí me mimaba porque viajaba mucho y cuando me veía me daba todo lo que le pidiera. Pero mi madre me tenía a raya y siempre me ha enseñado que la vida no es fácil, que hay que trabajar y que nadie te regala nada. Llevo dos años que no paro, pero, afortunadamente, siempre haciendo lo que me gusta. Y esto lo tengo como norma: por dinero yo no hago nada que no me apetezca. Sólo hago lo que me atrae y me llena. Me da igual lo que me ofrezcan.
—Hace un momento decías ‘cuando estuve casada con Manuel...’, como si dividieras en dos partes tu vida: antes de Manuel Díaz y después de él, como si tu boda fuera un acontecimiento crucial en tu vida.
El acontecimiento más importante ha sido el nacimiento de mi hija... junto a la boda con mi marido. Me casé ilusionada y enamorada.
—¿Y seguís siendo amigos?
Muy amigos. Nos llamamos mucho. Yo le hablo a mi marido de todo. Él me escucha, me da su opinión, me aconseja. Hablamos casi todos los días. Y también con su mujer. Virginia es —lo digo y lo repetiré siempre— una mujer excelente. De quitarse el sombrero. Siempre lo digo y no miento porque la mentira no va nada conmigo ni se me da bien. Es más: hasta veo normal que Manuel se haya enamorado de ella.
—Pero la separación tuvo que ser dolorosa, Vicky.
Por supuesto. Fue muy doloroso tomar la decisión. Pero después de separarte, ya fue distinto.
—Te separaste hace casi cinco años.
Justo. Y llevo tres años sola. Tras la separación tuve la relación con Denilson y después con Álvaro. Y ahora estoy sola.
—¿Quiere eso decir que no encontraste a un hombre como Manuel?
Probablemente. Claro que también influye la edad. Tú sabes que vas madurando (cuando conocí a Manuel yo tenía dieciocho años), te vas haciendo acaso más exigente.
—Dos cosas que consideres esenciales en un hombre para que te puedas enamorar de él.
Que sea sincero (la mentira no la soporto) y que sea valiente: que luche por ti y que te lo dé todo, porque yo, cuando me enamoro, lo doy todo también: no sé lo que es el término medio en ese terreno. Hay que darse por completo y hay que luchar por esa historia.

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