Silvia Jato en su casa de Benalmádena: 'Lo que tengo hoy día me hace feliz'

COINCIDIERON... EN UN HURACAN
—¿Dónde y cómo conociste a tu marido?
—En medio de un huracán, en mil novecientos noventa y seis. Fue cosa del destino. Íbamos en el mismo avión a Los Ángeles y había que hacer escala en Miami. Una escala que fue punto final, porque llegó, como he dicho, un huracán y tuvimos que quedarnos allí un día todos los españoles que viajábamos en el mismo vuelo. Hablé con él como con otras muchas personas, pero, al cabo de cuatro meses, recibo una llamada suya (todavía no sé quién pudo haberle dado el teléfono)en mi casa de Lugo y así comenzó una amistad (por aquel entonces yo salía con un antiguo novio). La amistad inicial se fue transformando en una relación... Y aquí estamos. La verdad es que el que la sigue la consigue. Y Eduardo me siguió —y me consiguió — a mí.
—¿Eres feliz, Silvia?
—Soy razonablemente feliz. Teniendo en cuenta lo que se puede esperar de la vida, puedo decir que soy feliz.
—De la vida se puede esperar todo. ¿O no?
—Todo no. Aparte que creo que el que tienta al diablo, al final acaba mal. Y el diablo muchas veces suele ser la ambición desmedida, el intentar conseguirlo todo. Yo tampoco soy perfecta, porque la perfección no existe. Con lo cual, lo que tengo hoy día me hace feliz. Y es que tengo salud, marido, hijos, familia... Y tengo casa y comida para llevarme a la boca.

LOCA POR LOS COCHES
—¿Cuáles son tus aficiones desconocidas?
—La primera, los coches. Ahí soy un poco masculina. Me encanta conducir, me encanta el último modelo de coche; todo ese mundo me apasiona. Y suelo cambiar de coche cada dos años o así. Otra de mis grandes aficiones es la cocina. Dicen que lo hago bien. De hecho, pienso sacar un libro dentro de poco sobre cocina para andar por casa, cocina gallega.
—¿Y manías?
—Tengo dos: el orden y la puntualidad.
—¿Tu carácter?
—Temperamental. Soy tranquila, pero con un punto.
—¿Te pierde alguna vez el temperamento?
—En ocasiones, como buena española. Me pierde y luego viene el arrepentimiento. Por el contrario —y eso es bueno como contraste —, mi marido es muy pacífico. Es muy difícil sacarle de sus casillas. Ni pinchándole.

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