Julio Benítez espera impaciente que salga el toro del 2005

Atardecía en ‘El Horco’, una confortable casona en la dehesa extremeña, en las inmediaciones de Navalmoral de la Mata. Julio Benítez acababa de ducharse y se disponía a ver una película a través del vídeo. A su lado, sobre la mesa, un libro, La sombra del viento, de Carlos Ruiz Zafón, y un ‘walkman’ con varios cedés. Julio había consumido una jornada más en el campo. Desde junio, que ya son meses, lleva recluido en la dehesa de la ganadería Alcurrucén, entrenándose a tope.

—Me levanto a las ocho y media de la mañana.Poco después comienzo la gimnasia en la plaza de tientas de la finca ‘Egido Grande’, que está aquí al lado. Estoy corriendo media hora, y luego doy dos vueltas a la plaza corriendo para atrás. Después toreo de salón con el carretón. Y no todos los días, pero sí muchos de cada semana, tiento vacas; es decir, toreo en la plaza de tientas: dos becerras por la tarde y uno o dos novillos a la semana. Así hasta la una de la tarde, hora en la que regreso a casa, me ducho y almuerzo.

Después, 'tele', y vuelvo al campo para seguir con la gimnasia y el toreo de salón. Sólo echo la siesta si estoy cansado. En ocasiones monto a caballo sobre una yegua torda rodada que me gusta mucho. Suelo ayudar a Vidal, el mayoral, y a su gente en las tareas de separar las vacas, de llevarlas de un lado a otro. Me gusta todo lo que se hace en el campo con el ganado bravo. Y entre unas cosas y otras, se me va el día. Como hoy, en que he regresado a la casa a ducharme y cambiarme hace media hora. Son la nueve de la noche.

Entre pitos y flautas, Julio ha estado dedicado a su puesta a punto casi doce horas. ¡Y así desde el pasado mes de junio! Sin vacaciones en verano ni en otoño.
—¡Cómo iba a ir de vacaciones —me dice— si pensaba presentarme como novillero con picadores el veintidós de agosto en Pontevedra!

—¿Qué sentiste aquel día, cuando al término de la novillada, y tras haber cortado dos orejas, tu propio padre te sacó a hombros?
Fue algo inesperado. Una de sus clásicas reacciones. Yo estaba contento con mi toreo de aquella tarde. Perdí la oreja de mi primer novillo porque no maté bien. Me resarcí en el segundo. Los aficionados de Pontevedra me habían subido a hombros y, de pronto, saltó mi padre al ruedo y quiso sacarme a hombros él mismo por la puerta grande. Fue maravilloso.

—¿Cómo se escucha en el ruedo el olé del público?
Es algo muy grande. Miras al tendido y ves que la gente te mira con cariño y con pasión. No hay otra profesión con ese momento en el que te realizas tanto.

Julio Benítez se pasó el verano preparándose para aquellas novilladas veraniegas y ahora sigue encerrado en el campo con la mente puesta en la temporada que comenzará en marzo.
—Renunciando a todo.
Renunciando a muchas cosas, desde luego. He renunciado a estar en mi casa, junto a mis padres y hermanos. He renunciado a salir con mis amigos. He renunciado a los fines de semana con ellos, al cine y a infinidad de cosas.

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