Jesulín de Ubrique y María José Campanario, luna de miel en las paradisíacas Islas Maldivas

—Aunque estéis de luna de miel, aunque aquí todo inspire romanticismo, paz, convivencia feliz..., hay un asunto, Jesús, por el que te queríamos preguntar y que no va en consonancia con lo idílico, sino más bien con lo problemático: La separación de tus padres. Algo de lo que en realidad has opinado casi nunca, y un asunto respecto al cual pareces mantener una postura diferente a la de tus hermanos, que se han puesto claramente del lado de tu madre.
—Cuando surge un problema así después de tantos años de casados, ya con hijos y con nietos, se crea lógicamente una tensión y una incertidumbre. Una separación nunca es fácil, incluso a una edad como la que tienen mis padres. Pero hay que admitir que, cuando dos personas no se pueden entender, la convivencia se hace muy difícil. Y ¡qué quieres que te diga! Quiero a mi madre igual que quiero a mi padre. Independientemente de lo que ellos hagan o dejen de hacer. Y siempre estaré al lado de los dos, lo cual no es lo mismo que intentar nadar entre dos aguas (con el significado peyorativo que esta expresión tiene). Mis padres siempre van a lo malo. Independientemente de lo que haya pasado o pase entre ellos. En un matrimonio no se puede meter nadie, ni un hijo, salvo en el caso de malos tratos o de agresiones, que gracias a Dios nunca se han dado entre mis padres, porque son dos personas civilizadas y que en ese aspecto se respetan. Dicho todo esto, hay que reconocer que una separación nunca es grata para nadie. Pero hay cosas mucho peores, como puede ser una desgracia, una enfermedad... Y, puestas así las cosas, yo no quiero tomar partido por uno de los dos si eso supone, como supone normalmente, enfrentarme al otro. Para mí, los dos son iguales en el sentido del cariño, y los dos me tienen por igual a mí para lo que sea.
—Ahora, Jesús, además de descansar estarás pensando en la próxima temporada, ¿no?
—No, para nada. Acabo de terminarla, afortunadamente, con un nivel bastante importante, y he desconectado el teléfono. Antes de salir para las Maldivas, llamé a mi apoderado y le dije: «Me voy de viaje, voy a estar intencionadamente ilocalizable y no quiero oír hablar de toros hasta que cumpla los treinta años».
—¿Y cuándo los cumples?
—El próximo nueve de enero. O sea, que de toros me pueden empezar a hablar el día diez. A partir de ahí, ya empezaremos a programar un poco la temporada. Pero, de momento, descansar, que bien ganado me lo tengo. Además, es bueno darse, de vez en cuando, algunos caprichos como éste, ¿no?
—Con veintinueve años eres todavía un chaval, Jesús.
—La veintena se me ha ido volando, el tiempo se me ha hecho muy corto. Pero también debo reconocer que, de los veinte a treinta años, que voy a cumplir muy pronto, he pasado la época más feliz de mi vida, aunque, eso sí, con algún tropiezo y con algunos percances que han sido bastante complicados. Pero, a fin de cuentas, el balance es muy positivo.
—¿Cómo lo estáis pasando estos días en las Maldivas?
—Estupendamente, porque este lugar es una maravilla auténtica. Estamos disfrutando de lo lindo. Eso de poder desayunar en un barco, bañarnos a las dos de la mañana en medio del océano..., es un auténtico lujo.

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