Sara Baras:'En el flamenco no basta con ser guapa, hay que dejarse el alma en el escenario'

Washington, Boston y Nueva York: llegó, bailó y triunfó. Fue una auténtica ráfaga de arte y de duende lo que inundó los tres citados escenarios. Y ahora ha debutado brillantemente en Madrid. Su nombre: Sara Baras, la nueva —y bella — estrella del flamenco.
Sara, que define como «alucinante» la forma de volcarse el público durante sus actuaciones en Estados Unidos con su espectáculo «Mariana Pineda », que ahora —y durante dos meses — presenta en la capital de España, nos habla en este reportaje de su trayectoria profesional y de su vida.

—A Mariana Pineda, la heroína de García Lorca, la condenaron por bordar una bandera liberal. ¿Cuál es tu bandera en la vida?
—Mi lema en la vida es ser feliz y que los míos estén bien. Y profesionalmente, aprovechar cada momento y seguir aprendiendo.
—Eres hija de un teniente coronel de Infantería y de una profesora de flamenco. ¿Quién de los dos imponía más disciplina?
—Mitad y mitad. Y como la unión hace la fuerza, pues la disciplina fue norma básica en mi vida. En casa quien mandaba era mi madre. Ella manda donde esté, no sólo en casa. Yo estudié en su academia de baile y debo decir que era muy exigente conmigo. Cosa que le agradezco. Y sigue siendo exigente, porque cuando me ve actuar y hay algo que no le gusta, me lo dice, me sigue corrigiendo.
—En realidad, con tu obra has promocionado en Estados Unidos el aceite de oliva español. ¿Crees que es algo tan nuestro como el flamenco?
—Por supuesto. Pero me da pena que en América todo el mundo se crea que el aceite de oliva es...italiano. Una pena total. Yo creo que es que no sabemos —o no hemos sabido hasta ahora — vender lo nuestro fuera. La calidad no la tiene todo el mundo, y nuestro país sí que la tiene. Y repito, que es una pena que no se sepa.
—Tú sí que has sabido vender estos días el flamenco fuera de España, ¿no?
—Por supuesto. Creo que me he dejado el alma sobre el escenario.
—Uno de los primeros grupos con los que actuaste fue Los Gitanos de Jerez, y tú eras la única paya.
—Cierto. Pero me sentía una más. Eran unos compañeros alucinantes. Yo era muy jovencita y me trataban con mucho cariño. Y tenía gracia, porque después las críticas se referían a mí diciendo que la raza se me notaba.

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