24 horas en Trujillo, el pueblo de los rincones y las panorámicas

A tan solo dos horas y media de Madrid y a treinta minutos de Cáceres, Trujillo es una escapada de lo más completa para pasear por la historia, degustar una contundente gastronomía, catar prestigiosos vinos y recuperar los oficios artesanos. Aunque lo mejor de este pueblo medieval es perderse por sus empinadas callejuelas de camino al castillo para ensimismarse, una y otra vez, con las espectaculares panorámicas que ofrecen sus rincones. Dice una canción popular que «Trujillo es el pueblo más bello de España», y si lo dice será por algo.

Trujillo está rodeado de berrocales, los mismos que lo elevan al cielo con su castillo como bandera. Esos que inspiraron al célebre pianista Isidro Ortega, Hijo Ilustre de la Villa, y que podrían pasar inadvertidos ante su silueta, pero que, en cambio, son los que realzan la belleza de esta localidad. Es precisamente esa la imagen que la carretera ofrece a aquel que se acerca a la Turgalium romana, rodeada de murallas.

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El acceso a la plaza Mayor a través de la calle Tiendas es el punto idóneo para iniciar un idilio trujillano que seguro durará para toda la vida. Los soportales sosteniendo casas y palacios, la Virgen de la Victoria asomando en lo alto del castillo y las terrazas en las que contemplar el plácido trasiego de la gente son algunas de las cautivadoras estampas de la plaza, una de las de mayor tamaño de España. Algunos días de invierno, la bruma se apodera de ella y la enorme estatua ecuestre de Francisco Pizarro parece como si fuera a cobrar vida. Teñida de verde por el tiempo, es el recuerdo al conquistador que llevó con orgullo en sus viajes el nombre de su pueblo. No fue el único que partió de Trujillo hacia las nuevas tierras: Francisco de Orellana, Francisco de Chaves o María de Escobar también lo hicieron. De esta última, el historiador y cronista oficial de la localidad, José Antonio Ramos, cuenta que fue la primera mujer que trasladó trigo y cebada al continente, un dato poco conocido en un mundo que siempre pareció dirigido por hombres.

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Tras la escultura de bronce de Pizarro, la iglesia de San Martín, del siglo XIV, se levanta sobria pero estilosa, con su torre del reloj y el penetrante sonido de su órgano barroco. Enfrente, el palacio de San Carlos transformado en convento, es otro de los tesoros de la plaza. Al otro lado, el palacio del Marqués de la Conquista, mandado construir en 1562 por Hernando Pizarro, hermano de Francisco, y decorado con temas incas y otras representaciones del nuevo continente, destaca por su balcón esquinado bajo el escudo de armas.

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A este sublime escenario histórico se suben las fiestas del Chíviri, la Salve y la Feria del Queso, imprescindibles en el calendario trujillano. Sin embargo, es por las noches cuando la iluminación nocturna de sus palacios hace recobrar el esplendor de su historia pasada.

DEL CAÑÓN DE LA CÁRCEL A LA PUERTA DEL TRIUNFO

Cuando se decida cambiar de decorado, el romance con Trujillo no habrá hecho más que comenzar. El pasadizo abovedado del Cañón de la Cárcel es uno de los caminos que muestran, entre chumberas y almenas, los vergeles de piedra del pueblo con el característico crotoreo de las cigüeñas y el canto de otras aves como melodía de fondo. Cruza hacia el palacio de Juan Pizarro de Orellana, donde estuvo la Casa de Contratación en la que se afiliaban los viajeros para marcharse a América, y pasa por la Alberca, el depósito de agua de origen árabe, para llegar hasta el siempre enigmático cementerio. Al rodearlo y salir por la puerta del Triunfo de la muralla, la vista se apodera de la magnitud de los campos extremeños al caer la tarde. Desde este enclave puedes bordear la muralla o bien hacerlo por la pasarela que, junto al cementerio, transita por ella y regala otra de las perspectivas más irresistibles de Trujillo.

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MÁS IGLESIAS Y PALACIOS

Los paseos entre escenarios históricos continúan por el palacio Chaves Calderón, con su balcón de esquina, la Casa Museo de Pizarro, la iglesia románica de Santiago y el Museo de la Coria, cuya fotogénica nave de hiedra hecha portada puede admirarse y fotografiarse desde la plaza de los Moritos. En este mismo espacio, la iglesia de Santa María la Mayor ofrece un reto a los más pacientes, el de buscar el escudo del Athletic de Bilbao esculpido en lo alto de la torre Julia por un cantero forofo del equipo al rehabilitar la fachada, un hecho tan insólito como polémico.

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Todo paseo por el casco antiguo acaba ascendiendo hasta el castillo, aposentado sobre la parte más alta del cerro Cabeza del Zorro y gozando de estupendas panorámicas. Se levantó sobre los restos de una alcazaba de la que actualmente se conservan dos aljibes. El enorme patio de armas, rodeado de torres y almenas, constituye una visita ineludible en la que sentir el eco de árabes y cristianos.

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DE COMPRAS POR TALLERES ARTESANALES

Son innumerables los recovecos de Trujillo en los que viajar al pasado a través de las puertas de su muralla y calles, como la de San Pedro, en la que las monjas franciscanas venden ricos dulces, que se salen de los itinerarios habituales.

Otros rincones luchan por mantener viva la artesanía. Es el caso de la plaza de San Judas, número 3, donde el mimbrero Eduardo Pablos se aferra a su habilidad entrecruzando varas, o el del modesto taller de orfebrería de Vicente Chanquet, en la calle Parra, 6, en el que el artista disfruta mostrando su trabajo, entre fotografías antiguas que repasan una larga saga de orfebres que llegaron desde Francia y que han sido los artífices de joyas que han lucido personalidades tan importantes como la princesa Grace Kelly. Entre sus diseños de filigrana portuguesa destacan las joyas del traje regional y otras más abstractas a base de gotas de metal fundido.

En la calle Tiendas conviven comercios de toda la vida con otros de productos de la región, que se han multiplicado en los últimos años. Para hacerse con ibéricos, quesos, licores y vinos, la carnicería Ortega Rubio (Avenida de Miajadas, 13) es una buena opción.

Y si lo que se desea es el dulce, la Panadería de Vienas (Emilio Martínez, 7) lleva más de ochenta años elaborando pan tradicional, galletas ralladas, perrunillas y bollas de manteca. Este longevo comercio se ha hecho muy popular gracias a sus roscones de reyes entre los que, en los últimos cuatro años, han escondido una joya con diamante.

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MIMANDO EL PALADAR

Sin duda, resulta imprescindible degustar la exquisita gastronomía trujillana, en la que productos como el ajo, el laurel y el cerdo están muy presentes. Una cocina austera pero potente que se refleja en sus platos: criadillas de la tierra, caldereta de cordero, moraga, migas, carnes de cabrito, presa ibérica… Recetas que se pueden degustar en la Casa de los Chaves-Orellana de la plaza Mayor, también conocida como Casa de la Cadena. Alrededor de la plaza hay otros muchos comedores de cocina tradicional: Bizcocho Plaza, Nuria, La Troya, Corral del Rey y El Medievo. También los hay que combinan tradición con un toque moderno y delicioso, como Meseguera (meseguera.com). En la parte antigua destaca por su situación y excelente cocina La Alberca (Victoria, 8).

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En la zona es popular el vino de pitarra producido en las bodegas Las Granadas, pero el que ha cruzado fronteras internacionales situando Extremadura en el mapa vitivinícola es el de las Bodegas HABLA (bodegashabla.com), cuyas vanguardistas instalaciones se encuentran a 8 kilómetros de Trujillo, y cuya sala Mira ha sido construida en pendiente para tener siempre presente el perfil de Trujillo junto a los viñedos. Frente al moderno edificio de cristal, la Dehesa de la Torrecilla, de mil hectáreas, es un oasis perfecto para disfrutar de la naturaleza.

Regresando a Trujillo, el jardín del animado bar La Abadía (García de Paredes 20), alojado en un antiguo hospital de monjes agustinos, es uno de los mejores enclaves para tomar una copa frente al castillo.

Al dejar Trujillo, hay que hacerlo de noche para llevarse consigo su emoción melancólica. Desde la carretera, su iluminada silueta pétrea se aleja entre recuerdos berroqueños que emanan de cada una de las piedras de sus casas, conventos y palacios.  

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