Cogidos de la mano, con una radiante sonrisa de felicidad en la cara -reflejo del brillante momento personal que atraviesan-, llegaron, el pasado sábado, el príncipe Federico de Dinamarca y su novia, Mary Donaldson, a la Iglesia de Oestre Egede, en el sur de la isla de Zelanda, para asistir al bautizo del primer hijo de sus amigos Caroline y Peter Heerings.

Federico y Mary, acudieron juntos, sin tratar de esconder ninguno de los dos sus sentimientos, en uno de los coches de la Casa Real, al bautismo del primogénito de Peter Heerings, íntimo amigo del futuro Rey de Dinamarca. Un paso más, aunque revelador, en el lento y protocolario [camino hacia el compromiso] oficial de la pareja.

Y es que, pese a que el [príncipe Federico] ha tenido otras relaciones serias -Maria Montell y, más tarde, Bettina Oedum-, ésta es la primera vez en la que el príncipe Federico aparece abiertamente, en público, con una novia y la presenta a sus familiares y amigos. De hecho, sus anteriores parejas nunca fueron formalmente presentadas a su círculo.

La preciosa iglesia de Oestre Egede y sus inmediaciones se convirtieron en sede de bullicio y alborozo. En parte, debido al gran número de invitados que estaban convocados, a las 11 de la mañana, con motivo del feliz acontecimiento, pero, sobre todo, a los innumerables curiosos del lugar, que querían ver a la feliz pareja, al Príncipe heredero de Dinamarca y a su novia, Mary Donaldson.

No les desilusionaron. Federico y Mary, muy sonrientes, encarnaban a la perfección el modelo de pareja enamorada. Tanto, que el Príncipe, que vestía pantalones grises y chaqueta azul para la ocasión, y Mary, muy elegante también con una chaqueta de color crema y falda blanca, no se sentaron en uno de los primeros bancos de la iglesia -cerca de los padres del recién nacido-, como se esperaba, sino bastante atrás, en la antepenúltima fila, para estar juntos.

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