Pese a ser escasamente recordada en la actualidad, la princesa Victoria Ka’iulani Cleghorn (1875-1899), heredera al trono del Reino de Hawái, gozó a finales del siglo XIX de una notable popularidad, no solo por su belleza y su notable capacidad intelectual, sino, además, por convertirse en la gran defensora de la independencia de su país, después de que éste, tras un golpe de estado en 1893, se convirtiera efímeramente en una república y finalmente fuera anexionado por los Estados Unidos de América en 1898. Mujer de vida breve y con un final trágico, destacó sobre todo por una gran dignidad y por el amor incondicional a su pueblo. En estas líneas repasamos su biografía.

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Nace la princesa Ka’iulani –su nombre completo era Victoria Ka‘iulani Kawekio I Lunalilo Kalaninuiahilapalapa Cleghorn- el 6 de octubre de 1875 en la mansión Keōua Hale de Honolulu. Ésta era la residencia oficial de la princesa Keʻelikōlani (1826-1883), la fundadora de la dinastía reinante en Hawái –la Kamehameha, que gobernaría desde 1795 hasta 1874- y la mujer más rica de la isla. El padre de Ka’iulani era Archibald Scott Cleghorn (1835-1910), un escocés que había emigrado a Hawái con apenas dieciséis años y que había llegado a ser uno de los hombres de negocios más prósperos de la isla. Su madre era la princesa Miriam Likelike (1851-1887), hermana de los dos últimos monarcas de Hawái, el rey Kalākua (1836-1891) y la princesa Lili’uokalani (1838-1917). El nacimiento de la princesa Ka’iulani fue celebrado en Hawái con total algarabía popular. El bautizo de la pequeña, llevado a cabo en la Catedral de San Andrés de Honolulu fue uno de los grandes acontecimientos de la época, una vez que los padrinos de la Princesa fueron el Rey y la princesa Ke’elikōlani. Tras el bautismo, los Reyes dieron una fastuosa fiesta en el Palacio Iolani.

La infancia de la pequeña Ka’iulani transcurrió de forma idílica en `Âinahau, una finca de más de 40.000 metros cuadrados, situada en Waikiki. Además de una espectacular mansión de dos pisos y repleta de obras de arte –sería la primera residencia real provista de luz eléctrica en todo el planeta-, `Âinahau destacaba por poseer uno de los jardines más bellos de la isla, compuesto no solo por flores y plantas autóctonas, sino también por rosas llegadas de todo el mundo. La Princesa recordaría más tarde sus paseos a caballo por la finca en dirección a las playas y las largas tardes en las que practicaría el surf con sus amigas o aprendería a tocar el ukelele. Sin embargo, el primer revés del destino le llegaría a Ka’iulani pronto, cuando, con apenas once años, perdería a su querida madre, fallecida a la edad de 36 años por razones hasta hoy en día desconocidas.

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La Princesa quedaría totalmente abatida. Más tarde confesaría no haber superado jamás la muerte de su progenitora –“la he echado de menos todos y cada uno de los días desde aquella maldita noche en la que murió”-, hasta el punto de que su padre consideró oportuno que su hija viajara a Inglaterra con el objeto de que la joven superara finalmente el doloroso trance. Así, la princesa Ka’iulani se traslada a Londres en el verano de 1889, donde queda fascinada con la gran metrópolis. En sus cartas la joven se muestra entusiasmada con el ambiente artístico de la ciudad y con sus muchos atractivos, como los teatros, los conciertos, etc. Tal fue el apasionamiento de la joven por Inglaterra, que terminaría, tras pedir autorización al Rey y a su padre, matriculándose en el colegio Great Harrowden Hall de Northhamptonshire.

Comenzó así probablemente el periodo más feliz de la vida de la Princesa. Ka’iulani se descubrió como una excelente estudiante, ávida de conocimiento –dominaba el alemán, el francés y el inglés, además de ser una apasionada de la literatura y de las matemáticas- y de ideas progresistas. La Princesa viajó por gran parte de Europa, donde visitaría los círculos más selectos, haciendo amistades de todo tipo. Asimismo comenzó a interesarse por los más desfavorecidos, participando en innumerables campañas de recaudación de fondos para personas sin recursos. Serían estos años igualmente los de los primeros escarceos amorosos, terreno en el que la Princesa se mostraría también como una mujer libre y poco dada a las reglas. Así, se mostraría contraría a un matrimonio de conveniencia con el príncipe Higashifushimi Yorihito de Japón (1867-1922) y cuando la Reina le informó de las ventajas de casar con algún príncipe hawaiano, la Princesa le contestó de manera taxativa: “Querida tía, podría contraer matrimonio aquí con un conde alemán riquísimo, pero el caso es que no me gusta. Creo que sería un error casarme con un hombre al que no ame. Eso me convertiría en una mujer infeliz. Espero que comprendas mi negativa a tu propuesta”.

Mientras la Princesa disfrutaba de la vida metropolitana –etapa que se extendería por cuatro años-, en Hawái acontecieron diversos hechos de gran relevancia. En 1891 el rey Kālakua moría durante un viaje a los Estados Unidos. Al no haber tenido hijos, la corona hawaiana pasó a manos de su hermana, la princesa Liliokalani, ya sexagenaria y sin descendencia. De este modo, la princesa Ka’iulani, sobrina de la Reina, fue designada como Heredera al trono de Hawái.

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El destino de la Princesa parecía pues estar en su tierra natal. La joven se dispuso a regresar cuando desde Honolulu llegó la noticia de un golpe de estado llevado a cabo por una serie de ministros nombrados por su tía, que se negaron a firmar una nueva constitución. La Reina había sido depuesta y todo apuntaba a que el objetivo de los golpistas es que Hawái fuera anexionada por los Estados Unidos. La Princesa recibe la noticia con consternación, una vez que sus sueños de regresar a Hawái para convertirse en un futuro en Reina se han evaporado en tan solo un instante. Sin embargo, con gran entereza, la Princesa consigue sacar fuerzas de flaqueza y se dispone a defender la independencia de su nación. En una célebre carta enviada a la prensa inglesa, Ka’iulani se pregunta: “¿Qué es lo que he hecho mal para que a mí y a mi pueblo se nos prive de nuestra patria? Me dispongo a viajar a Washington para recuperar mi trono, mi nación y mi bandera. ¿Acaso no me escuchará el pueblo americano?”.

La Princesa toma un barco rumbo a los Estados Unidos. A su llegada a Nueva York, Ka’iulani anuncia su intención de reunirse con el presidente Grover Cleveland (1837-1908), con objeto de reclamar la devolución de sus derechos. El encuentro se produce y el Presidente queda fascinado con “la belleza, la elegancia y la dulzura” de la Princesa hawaiana y le promete buscar una solución para su reclamación. Ka’iulani se convierte, con apenas 17 años, en una celebridad en los Estados Unidos, en donde se admira su entereza y su incansable lucha en pos de su patria. Sin embargo, el congreso estadounidense se niega en redondo a restaurar una monarquía en Hawái, llegando a proclamar la isla como república en 1894. La salud de la Princesa, que, humillada y cansada, ha regresado a Europa, comienza a deteriorarse. Graves migrañas le obligan a guardar reposo casi continuo, lo que afecta a su vida social, cada vez más escasa.

Finalmente en 1897, la Princesa recibe la autorización para volver a Hawái, despojada eso sí de cualquier esperanza de recuperar sus derechos como futura jefa de estado. En 1898, contradiciendo sus creencias sobre el matrimonio pero obligada por las circunstancias políticas, la Princesa se compromete con el príncipe David Kawānanakoa (1868-1908). Ese mismo año, Hawái es anexionado de forma oficial por los Estados Unidos. La Familia Real acude a la ceremonia de anexión, pero como protesta todos sus miembros visten de luto riguroso. Es el día más triste de la princesa Ka’iulani, que desde ese momento pasa a ser una ciudadana más de la isla, sin títulos ni honores. “El día de la anexión fue peor que la misma muerte”, afirmaría la Princesa.

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Poco después, la Princesa da un paseo a caballo por las montañas de la isla. Una terrible tormenta le sorprende y pese a lograr regresar sana y salva a su residencia, la humedad y el frío le provocan una grave neumonía. La Princesa muere con 23 años de edad el 6 de marzo de 1898, sin haber llegado a esposar con el príncipe Kawānanakoa. Sus restos mortales descansan en el Mausoleo Real de Hawái, en Honolulu. Aún hoy en día la princesa Ka’iulani está considerada como una heroína por los hawaianos, quienes siempre recordarán sus últimas palabras antes de morir: “Hubiera querido ser tan solo una buena Reina. ¡Había soñado con hacer tantas cosas de bien para mi pueblo! Estoy convencida que podría haberles convertido en la gente más feliz del planeta”.

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