Probablemente sea la infanta Carlota Joaquina (1775-1830), hermana del rey Fernando VII (1784-1833), uno de los personajes más controvertidos de la realeza española. Mujer de evidente ambición política, fue víctima de no pocas insidias por parte de sus muchos enemigos dentro y fuera de España —que incluso llegaron a arremeter contra su aspecto físico, describiéndola como un ser deforme e incluso monstruosa— que la acabaron convirtiendo en un personaje incómodo, cuando no antipático, de nuestra historia. Sin embargo, su importancia no es poca, en especial en lo que respecta a la política de España en las colonias americanas. En estas líneas repasamos su biografía.

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La infanta Carlota Joaquina nació en el Palacio Real de Aranjuez de Madrid el 25 de abril de 1775, siendo la hija primogénita del que más tarde se convertiría en (1748-1819) y María Luisa de Parma (1751-1819). Los primeros años de su vida la Infanta los pasó sobre todo con su abuelo Carlos III (1716-1788), para quien era la niña de sus ojos. En Palacio el futuro de la Infanta fue desde siempre un problema de estado habida cuenta de los réditos políticos que pudieran conseguirse de un buen matrimonio. Así, en 1778, con motivo de un viaje de la Reina portuguesa, María Victoria de Borbón (1718-1781), a Madrid, se discutieron los posibles beneficios de la boda entre la infanta Carlota Joaquina y el príncipe Juan de Portugal (1767-1826). Las negociaciones del matrimonio duraron varios años hasta que finalmente fueron acordadas por el Conde de Floridablanca (1258-1808), por parte española, y el Marqués de Marialva (1775-1823), por parte lusa. El destino de la Infanta quedaba así sellado.

La boda se celebraría el 8 de mayo de 1785, teniendo la Infanta apenas diez años de edad —era tan joven que fue necesaria una dispensa papal para celebrar el enlace— y el novio dieciocho. La Infanta sería recibida en Portugal con no pocos recelos, si bien la pequeña Princesa se refugió en el cariño de la reina María, quien la tenía un gran cariño. Sin embargo, los acontecimientos se desencadenaron de forma dramática. El Heredero a la Corona lusa y hermano de Don Juan, José de Braganza (1761-1788), muy querido por su pueblo, moría de viruela en septiembre de 1788 a los veintisiete años de edad. Don Juan y Carlota Joaquina se convirtieron de inmediato en los sucesores al trono. La reina María, incapaz de soportar el dolor por la muerte de su hijo, acabó enloqueciendo, por lo que los Herederos se convirtieron en regentes de Portugal en 1793.

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Es en el momento de asumir la regencia cuando las críticas feroces comienzan a arreciar contra la Princesa española —quien siempre creyó y defendió la unión de España y Portugal en una Unión Ibérica y siempre alardeó de su españolidad—. Especialmente crueles eran las referencias a su físico: la Infanta siempre era retratada como contrahecha, de exigua estatura, gran cabeza y de facciones poco elegantes. Además se aludía a su presunta fragilidad física y a su carácter disoluto. En los mentideros de la capital lusa se extendieron los rumores de los escarceos de la Princesa con caballeros de escasa reputación. La Infanta, quien no era ajena a las implacables habladurías acabó recluida en Palacio de Queluz, rodeada de asistentas españolas y organizando veladas de flamenco, añorando su amada España.

Pese a que la relación con su marido —hombre de tendencias místicas y víctima de una profunda melancolía— nunca fue óptima, la infanta Carlota Joaquina tuvo nueve hijos con su esposo. En 1793 nacía la primogénita María Teresa (1793-1874) y en 1806 la benjamina Ana de Jesús María (1806-1857). Especialmente polémico fue el nacimiento de Miguel (1802-1866), quien en el futuro llegaría a reinar como Miguel I —quien casaría con María Leopoldina de Austria (1797-1826)—, a causa de las especulaciones que apuntaban a que el padre no habría sido Don Juan, sino, dependiendo de la fuente, un escudero de la Infanta o un afamado médico lisboeta.

Progresivamente la personalidad de la Princesa hace acto de presencia. La Infanta deja de ser una niña timorata en tierra extraña para comenzar a desarrollar una fuerte personalidad que la permitiera manejarse en las procelosas aguas de la política lusa de comienzos del siglo XIX. Sus ambiciones no son pocas. En 1806 su propio marido descubre que su esposa está urdiendo un plan en su contra —la Infanta habría enviado una misiva a su padre animándole a invadir Portugal, habida cuenta de la debilidad de su esposo— y decide mandarla lejos del centro de poder. Desde ese momento la relación entre los Príncipes será distante y siempre caracterizada por la suspicacia. Más tarde, en 1808, la Infanta se postularía como regente de España frente al rey francés José Bonaparte. Precisamente sería la Francia napoleónica la que decidiría el siguiente capítulo de la biografía de la Infanta.

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En noviembre de 1807 las tropas de Napoleón, encabezadas por el general Junot, se lanzan a invadir Portugal. El Príncipe, atemorizado, decide huir a Brasil, acompañado de toda la corte. La Familia Real abandona Portugal en el navío Reina de Portugal el 30 de noviembre. Las escenas de dolor del pueblo son notorias, y las crónicas describen el profundo pesar de la princesa Carlota Joaquina y de la reina María que, en un momento de lucidez, grita a su pueblo: “¿Cómo huir sin haber combatido?”. El 22 de enero de 1808 la Familia Real arriba, con gran algarabía popular, en el puerto brasileño de Bahía de Todos los Santos para desplazarse a Río de Janeiro donde se establecerá la corte.

En tierras brasileñas las intrigas políticas en las que se ve involucrada la Infanta no terminan. En marzo de 1808, la Princesa pretende en convertirse en la autoridad máxima del Virreinato del Río de la Plata, la actual Argentina, alegando que ella era la única representante legítima de la Casa de Borbón española que no había sucumbido al poder de Napoleón. De este modo la infanta Carlota Joaquina se autoproclamaba en la protectora de los derechos de España en las colonias americanas. Pese a que en aquellos tiempos, las maniobras de la Infanta fueron vistas como simples muestras de su ambición personal de convertirse en Reina de España y de las Indias, en la actualidad, los historiadores tienen una opinión más moderada, apuntando a que la princesa Carlota querría en realidad defender los dominios de España de las muchas confabulaciones internacionales que aspiraban a diezmar el imperio español. En cualquiera de los casos la Infanta nunca consiguió sus objetivos —pese a que en Argentina encontró un gran número de seguidores que se reunieron en el llamado Partido Carlotista—, ni el gobierno español la reconoció jamás como representante de los intereses de España en el exterior.

Dos hechos vuelven a cambiar el rumbo de la vida de la Infanta. El 20 de marzo de 1816 la reina María fallecía en Río de Janeiro. Don Juan se convertía en ese momento en Rey de Portugal, Brasil y el Algarve y la infanta Carlota Joaquina en Reina consorte y emperatriz honoraria de Brasil. Por otro, la situación en Portugal se hace insostenible desde un punto de vista político y social. En enero de 1821 las Cortes lusas piden el retorno de los Reyes para apaciguar la coyuntura. Los Reyes, finalmente, vuelven a Lisboa en julio de ese año.

Sin embargo el regreso de los Soberanos fue amargo. El Rey fue obligado a jurar una Constitución liberal que no le satisfacía en absoluto. La Infanta, de hecho, se negó a aceptar la Carta Magna y le fue retirado el título de Reina. Comenzaría Carlota Joaquina a conspirar contra el gobierno, especialmente a través de su hijo Miguel, que lideró una revuelta absolutista. Finalmente fracasaría en sus intentos de imponerse sobre su padre y acabaría exiliándose. La posición de la reina Carlota Joaquina quedaba muy debilitada.

El 4 de marzo de 1826 el rey Juan VI moría —hoy se sabe que fue víctima de envenenamiento con arsénico, si bien se especula aún sobre el autor de la fechoría, siendo la reina Carlota Joaquina y su hijo Miguel los máximos sospechosos—. Su hijo Pedro fue nombrado rey como Pedro IV de Portugal (1798-1834). La reina Carlota Joaquina moriría el 7 de enero de 1830 de un ataque de hidropesía. Sus restos descansan junto a su marido en el Monasterio de San Vicente de Fora, en Lisboa.

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