El pasado día 8 de junio, en la basílica de Saint-Denis, en París, se celebró el solemne funeral por el corazón de Luis XVII, hijo de Luis XVI y María Antonieta, quienes, como se sabe, fueron guillotinados. Tras más de doscientos años desde que muriera en la cárcel del Temple, de París —como consecuencia de la tuberculosis, el 8 de junio de 1795,a los diez años de edad —, el corazón de Luis XVII, que fue conservado en alcohol por el médico que le practicó la autopsia, fue reconocido finalmente como perteneciente a su persona.
Gracias a unas pruebas genéticas de ADN realizadas en abril de 2000,cayó el velo que ocultaba uno de los mayores enigmas de la historia de Francia, y sobre el que se habían escrito más de 800 libros. El corazón sometido a tal estudio era, efectivamente, el de Luis XVII, el legítimo heredero del Trono de Francia. Al quedar demostrado, como decíamos, que el delfín de Francia ni logró huir, como se llegó a decir, ni tuvo descendencia, los legitimistas franceses reafirmaron aún más los derechos de Luis Alfonso de Borbón como jefe de la Casa Real.

Análisis de ADN
Fueron los profesores Jean-Jacques Cassiman, de la Universidad de Lovaina (Bélgica),y Ernst Branckmann, de la Universidad de Munster (Alemania), quienes dieron a conocer los resultados de los análisis realizados sobre el corazón del desaparecido príncipe, que se conservaba en una urna de cristal en la basílica de Saint-Denis. De él se tomaron unas muestras que fueron comparadas con el ADN de la familia materna del niño: cabellos de María Antonieta (antes de morir había enviado un mechón a su madre, María Teresa de Austria)y de sus hermanas Juana y Gabriela Josefa, así como muestras de sangre o cabello de descendientes de otros miembros de la familia (la Reina Ana de Rumania y su hermano el príncipe Andrés de Borbón-Parma).
Aclarado el misterio, cayeron por tierra los argumentos de otros aspirantes (más de cuarenta y tres) que a lo largo de los últimos siglos se erigieron en herederos legítimos del Trono, alegando siempre que el niño que había muerto en el Temple no era Luis XVII, puesto que éste había conseguido huir y había tenido descendencia.

El corazón llegó al templo en una urna de cristal y fue colocado junto al altar en un lugar de honor, al lado de un túmulo cubierto con terciopelo morado y con flores de lis (símbolo de la Monarquía francesa) bordadas en oro. Concluida la ceremonia religiosa, que fue oficiada por el cardenal Jean Honoré, se procedió a colocar la urna en la cripta de la catedral. Luis Alfonso de Borbón, considerado por los legitimistas franceses heredero de los derechos dinásticos como Luis XX, encabezó el grupo que asistió al entierro, acompañado por su abuela paterna, doña Emmanuela Dampierre.

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