Madre imperfecta

Psicología

¿Por qué es mucho mejor para tus hijos que seas una madre imperfecta?

Posiblemente lleves toda tu maternidad intentando no fallar en nada, llegar a todo, responder de forma óptima a las demandas de tus hijos... En definitiva, ser la madre perfecta. Pero es un objetivo que debes desterrar ya.

La maternidad es una pirueta en el aire con redoble de tambor. Da la sensación de que no se puede fallar en nada, de que todo es de máxima trascendencia, de que hay que estar siempre al máximo y ofreciendo lo mejor. Es una idea muy interiorizada en la mayoría de las mujeres que lleva a una exigencia extrema por ser una madre perfecta. Pero ¿es lo mejor para los hijos? ¿Qué preferirían ellos si se les preguntara? Y, sobre todo, ¿qué ventajas tiene crecer con una madre imperfecta?

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Riesgos en una doble dirección

La exigencia de perfección afecta negativamente en una doble dirección. Por un lado, a la mujer, que vive con angustia y temor por no poder cumplir esa expectativa tan alta que la sociedad y ella misma se han marcado. Y por otro lado en los hijos, que se educan con unas vivencias y unos parámetros nada beneficiosos para su desarrollo y maduración como personas.

En la madre

Cuando la mujer intenta ser la madre perfecta aparecen la ansiedad y el miedo por no poder cumplir con esas expectativas. "Eso nos conduce a sentir estrés, ir aceleradas, ponernos nerviosas o gritar más de la cuenta, que es cuando el cuento de la madre perfecta cae cual castillo de naipes, apareciendo nuestra decepción y frustración", advierte Cristina Gutiérrez Lestón, educadora emocional, escritora y directora del proyecto La Granja Ability Training Center.

Uno de los riesgos de procurar ser una madre sin fallos es que la mujer se convierte en un alguien irreal: "Somos imperfectos por definición. Hacemos las cosas bien o muy bien, pero también mal y regular, y no pasa nada porque es eso precisamente lo que nos hace únicas y auténticas. La perfección es una expectativa, no una realidad", destaca la experta.

En los hijos

Pero si en la mujer la exigencia de perfección conlleva esos temores y esa insatisfacción, en los hijos, los perjuicios pueden ser iguales o incluso mayores. Educarse con una madre que no se equivoca nunca y que todo lo hace bien genera una impronta que no les deja crecer como deberían. Así lo explica Cristina Gutiérrez Lestón:

  • Se sienten en la obligación de repetir el mismo patrón. Así, los niños sienten la obligación de "convertirse en alguien que no son para que mami o papi o los abuelos o los amigos de la familia les acepten, se enorgullezcan de ellos, los admiren y los aprueben. Ahí es donde crean su personaje del niño que nunca tiene celos de su hermano, que nunca reta o que nunca dice lo que piensa".
  • Creen que solo es válido lo perfecto. "A corto plazo, los niños se llevan el mensaje incosciente de que en casa solo se ama lo perfecto, lo correcto, el disimular, el ser lo que supuestamente toca. Aquí no se permite ser quien eres, sino solo esa parte que esperamos de ti". Esto acaba provocando una baja autoestima y una gran inseguridad en sus relaciones sociales, pues el pequeño interioriza que "no es merecedor de ser querido".
  • Se sienten perdidos. Cuando el niño va creciendo, puede sentirse perdido y no encontrar su verdadero camino, pues ha pasado su infancia tratando de aparentar ser alguien que no es, con el objetivo de ser aceptado en casa.

Ser perfecta, ¿para qué?

Los hijos no necesitan ni quieren tener una madre perfecta. El objetivo debería focalizarse en ser una madre lo suficientemente buena para tus hijos, no en atesorar matrículas de honor en la carrera de la maternidad. Es cierto que en muchas familias es el modelo que se ha transmitido, apoyado por una sociedad que valora la excelencia, pero no es recomendable para nadie. "Es bueno que los niños comprueben que sus madres son imperfectas para que sientan el permiso para serlo elos", afirma la especialista.

El cambio comienza en el adulto y es una forma de liberar al niño de presiones innecesarias. "Un recurso fácil es decirles: 'No quiero un hijo perfecto, te prefiero a ti'; y tal vez ellos se atrevan a decir algún día: 'No quiero una mamá 10, te prefiero a ti".

¿Qué desean los niños?

Si preguntásemos a los hijos qué es lo que más valoran de sus madres y qué es lo que más desean en relación a ellas, muy probablemente las respuestas serían bastante sorprendentes. Los niños no necesitan una madre con tres estrellas Michelin ni una madre modelo ni una experta en pedagogías alternativas ni una madre que nunca se cansa. Necesitan una madre real.

En el año 2018, Cristina Gutiérrez Lestón hizo esa consulta a 809 niños. Se les preguntó qué necesitaban de sus padres. La respuesta más repetida fue "que respiren". Los niños sufren ese estrés diario de las prisas por llegar a todo, son víctimas colaterales de un estilo de vida y de unas exigencias muy altas. En segundo lugar, los menores encuestados contestaron "que sonrían"; necesitan más ataques de cosquillas y menos preocupaciones de adultos. Y en tercer lugar, "que nos miren", en el sentido de aceptar a cada hijo según es.

"Querer hacerlo bien o lo mejor posible no es sinónimo de hacerlo perfecto", explica Cristina Gutiérrez Lestón. "Lo primero es natural, lo segundo tiene más que ver con aparentar, con ese síndrome de la familia perfecta (casa perfecta, cuerpo perfecto, dientes blancos perfectos y, para complementar el cuadro, hijo perfecto)". 

Respira, sonríe y mira a tu hijo y seguirás sin ser una madre perfecta (afortunadamente), pero te habrás acercado mucho a él y te habrás reencontrado contigo misma.

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