Niña abraza a su madre

Crianza

Todo lo que tienes que saber para educar a tus hijos en la disciplina positiva

Hablamos con una de sus embajadoras en España, María Soto, para conocer todas las claves de esta metodología que te puede ayudar a conectar más con tus hijos

Educar a un hijo no es tarea sencilla. Basta con preguntar a cualquier padre para comprender que su crianza es todo un reto, que, a menudo, no están muy seguros de cómo se debe abordar. Aunque no existe una fórmula infalible ni una varita mágica, sí encontramos diversas metodologías y formas de entender la educación. Entre ellas destaca la popular disciplina positiva, que según nos explica María Soto, embajadora de esta disciplina que acaba de publicar el libro Educa bonito (Editorial Vergara) donde se adentra en esta metodología, que promueve "la educación sin condicionamientos". A diferencia de la tradicional, basada en el castigo y el premio, detalla que "la disciplina positiva enseña a los padres las herramientas para entender qué necesidades y motivaciones hay detrás de los comportamientos de los niños" para así manejarlo mucho mejor.

Hablamos con ella sobre qué es, en qué se fundamenta y si realmente funciona en las familias.

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¿Cuáles son los pilares de la disciplina positiva?

La disciplina positiva se fundamenta en las teorías de Alfred Adler, psiquiatra que que vivió en la segunda mitad del siglo XIX, primera mitad del XX, y que entendía que las dos primeras necesidades que tiene el ser humano son:

  • La pertenencia. Todos los seres humanos nacemos con la necesidad de pertenecer a un grupo. Así que aprende a pertenecer.
  • La significancia. Necesitamos también poder aportar y tener un significado en nuestra vida.

Por tanto, la base de esta metodología es que los niños aprendan a convivir con los demás (pertenencia) y que su vida tenga un sentido (significancia).

No es cuestión de obediencia, sino de respeto

Según la autora de Educa bonito, en general, "nos centramos en la educación basada en la obediencia, en relaciones verticales entre el padre y el niño (el adulto manda y el niño tiene que obedecer). Sin embargo, con la neurosicoeducación, se descubrió que el cerebro humano no entiende la obediencia. Ahora mismo aprendemos a obedecer por miedo o por compensación, pero el cerebro humano, en cambio, respeta a quien admira". El precursor de la disciplina positiva afirmaba que "todos los seres humanos merecemos el mismo respeto, sin importar la edad que tengamos". 

Por lo tanto, si nosotros mostramos al niño que puede confiar en nosotros, y le tenemos en cuenta mientras le estamos enseñando, conseguiremos que "confíe, nos respete y nos siga". De lo contrario, el niño "obedecerá sólo cuando estemos delante, no nos respetará y nos tendrá miedo".

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El fundamental papel de los padres: una guía y un espejo en el que mirarse

En esta relación que se inspira en el respeto mutuo, "el padre nunca pierde la perspectiva de guía, de acompañante, y obviamente, tiene mucha más experiencia vital que el pequeño". Tal es el papel del padre que en esta metodología se trabaja mucho la gestión emocional del adulto.

Como la parte racional del cerebro tarda muchos años en formarse (a raíz de las experiencias emocionales que va teniendo), los niños entienden el mundo a través de neuronas espejo. Es decir, que "hacen suyas las emociones de su adulto de referencia. Si el adulto está calmado, da igual la situación en la que se encuentre, el niño va a contagiarse de esa emoción". Para que la gestión del niño vaya por buen camino, primero hay que gestionar la del adulto. Conectar con uno mismo y aceptarse.

¿Por qué mi hijo se porta mal?

"Uno de los factores más reveladores es que la disciplina nos explica qué son literalmente los malos comportamientos: malas decisiones en torno a la búsqueda de pertenencia", asegura María Soto. "Un niño quiere que se le tenga en cuenta, no sabe cómo hacerlo y toma una mala decisión", que es una mala actitud.

Con esta metodología, los padres aprenden a leer las necesidades de sus hijos. Algo muy importante en una situación como la actual. "A largo plazo, los niños van a tener actitudes que revelarán su incomodidad. Por ejemplo, por llevar mascarilla. En vez de castigarle porque se la quite, tenemos que explicarle por qué tiene que llevarla. Debemos recordar que en este época se les está exigiendo muchísimo, así que tenemos que esforzarnos más por conectar con sus necesidades".

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Las rabietas, una etapa fisiológica

Entre los temas que más preocupan a los padres se encuentran las rabietas, que se suelen dar en la etapa de los dos a los cuatro años. "Hay un desconocimiento general con respecto a esto. Los papás y las mamás lo que no saben es que se trata de una etapa fisiológica que pasa. El cerebro infantil está madurando, y el niño tiene una mayor capacidad de reacción al estrés".

"Lo que yo explico a las familias es que se lo tomen como un pico de fiebre, ¿qué hacemos en esos casos? Nos ocuparíamos de él y lo atenderíamos. Tenemos que hacer lo mismo", apunta María Soto, que tiene un centro de disciplina positiva (educabonito.com) en A Coruña. Si lo vemos como un mal comportamiento, no vamos a ser capaces de llevarlo, nos vamos a poner nerviosos y la presión social va a pesar más que atender a nuestro hijo. La rabieta es algo fisiológico, pero como conlleva que el niño se revuelva, que llore... nos sentimos mal porque parece que estamos haciendo algo mal nosotros, cuando realmente no es así. Su torrente sanguíneo está lleno de hormonas de estrés, y como el niño no es capaz de gestionarlo, explota emocionalmente".

La única manera de lidiar con ellas es dejar que pasen desde la calma. En un primer momento no es fácil, pero después funcionará.

Los efectos positivos

María Soto señala dos primordiales:

  • Se crea una conexión brutal entre padres e hijos. Ya no están obcecados en que los niños les obedezcan, sino que aprendan. Los padres no van a ir al resultado inmediato, por ejemplo, a que se obedezca al minuto, sino que se vea a lo largo del día si se ha aprendido algo. 
  • Enseña a los niños a pensar por sí mismos, a tomar buenas decisiones y a reflexionar. "Está muy bien que se equivoquen cuando son pequeños, que les dejemos tomar pequeñas decisiones para que los errores sean menores. De esta manera, cuando salgan a la vida, cuando sean adultos, sabrán tomar buenas decisiones, porque habrán practicado durante la infancia, pero acompañados por nosotros, claro está".

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