¿Sientes que tu hijo te desafía y eso mina tu autoestima?

Criar y educar a los hijos es una de las inmersiones más profundas que realizaremos en nuestra vida, no solo por la tremenda responsabilidad a la que nos aboca, sino porque, además, nos enfrenta a nosotros mismos con nuestras propias decisiones de una forma inequívoca.

Todo el comportamiento de los hijos se genera y matiza a raíz del entorno familiar y de cómo se les va pautando los límites entre lo que está bien y está mal. No hay un solo referente de los niños que no esté condicionado por una afirmación familiar: todo pasa por la medida en que los padres interpretan de sus acciones.

Por esta razón, cuando ya de niños se identifica que un hijo puede tener una actitud desafiante, es urgente trabajar sobre ese comportamiento para trabajar sus límites y evitar que un niño con una conducta rebelde pueda convertirse en un adolescente incontrolable.

Porque, ciertamente, cada cual tiene unos rasgos innatos que marcan su predisposición a ser reflexivo, obediente, rebelde o desafiante. Sin embargo, la educación que los niños reciben por parte de sus padres es la piedra angular que moderará y adaptará su conducta inherente a un término medio que facilite la convivencia, tanto doméstica como fuera de casa, y que, en definitiva, saque lo mejor del niño.

Cuando un hijo comienza con actitudes desafiantes y no se logra encauzar para que las evite, esta situación puede desembocar en un conflicto doméstico grave cuando eso menoscaba la autoestima de los padres. Sentir que un niño nos supera es doloroso, pero comprobar cómo crece y se convierte en un adolescente desafiante es una situación de riesgo muy preocupante, pues puede afectar a nuestra propia estabilidad emocional y generar una grave crisis familiar.

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La crianza de los hijos es el espejo de nuestra infancia

Cuando nos enfrentamos a criar a nuestros hijos estamos cerrando el círculo de los niños que fuimos. Probablemente muchas de las cuestiones que no sabremos cómo acometer serán carencias propias que tuvimos en nuestra infancia, porque nuestros padres tampoco supieron darnos respuesta. Sin embargo, el carácter de cada persona no es el mismo, y lo que para ti podría haber sido una laguna en tu educación o en tu desarrollo emocional, para tu hijo puede convertirse en una seria crisis de comportamiento.

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En este sentido, actuar frente un carácter rebelde de un hijo es una situación que puede tensar enormemente el clima familiar, porque el niño busca límites en tu permisividad para romperlos y superarlos, y tú puedes verte empujada a una continua lucha entre tus criterios de educación (heredados de tu infancia) y tu nivel de autoestima, que puede verse resentido por el desafío constante de tu propio hijo.

La educación lo es todo

La personalidad de cada persona siempre mantendrá una predisposición a ciertos impulsos. Sin embargo, lo realmente importante es educar a los niños para que estas conductas estén gobernadas por la armonía, que la convivencia sea saludable y que su comportamiento con el resto del mundo se desarrolle en equilibrio.

Cuando un niño falta al respeto a sus familiares o a personas desconocidas está cruzando una línea roja que no debería admitir excepciones. La hostilidad del niño es una actitud que debe ser acortada desde el primer incidente, y cualquier permisividad al respecto puede acabar desembocando en una conducta de difícil solución.

Los niños aprenden por el ejemplo, y primero es indispensable que en casa observen un ambiente de diálogo donde se rechace la violencia, la confrontación y la hostilidad. Por otro lado, es importante que si el niño pretende beneficiarse del uso de la fuerza, bien sea verbal o física, se le plantee desde el comienzo que sobre ese límite no vamos a transigir, y que en ningún caso es aceptable.

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Errores que apoyan un comportamiento hostil

Podemos cometer errores a la hora de educar cuando precisamente lo que pretendemos es hacerle ver al niño que su conducta no surte efecto. Por ejemplo, cuando nos reímos de su hostilidad para demostrar que no nos afecta, o simplemente porque cuando son muy pequeños puede parecer cómico verlos enfrentarse a nosotros en un tono que imita los argumentos adultos. Cuando nos reímos no estamos dando una respuesta a su hostilidad, nuestra postura queda en blanco y, sin embargo, puede incluso generar la sensación en el niño de que debe apretar aún más para conseguir su objetivo.

Procura que las medidas de castigo que puedas tomar para corregir la conducta del niño sean equilibradas. Retirarle sus juegos, prohibirle ver amigos o pretender un castigo físico pueden ser medidas que se vuelvan en nuestra contra. Lo más importante es que cualquier castigo debe percibirse por el niño como una respuesta coherente a su comportamiento, no como una venganza. Procurar pagar “con la misma moneda” al niño por un comportamiento hostil no hace más que reforzar ese comportamiento porque le estamos diciendo “así funcionan las cosas”, y tentamos al niño a superarse, siendo más hostil todavía.

Para conseguir ese equilibrio de pedagogía, límites y castigos, es vital que tengamos en cuenta que una educación familiar basada en el afecto es precisamente la medicina que necesitamos inyectar en el comportamiento de nuestro hijo. El ejemplo de que de nada sirve la confrontación, cuando las cosas pueden hablarse de forma abierta, es el mejor argumento contra la rebeldía.

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