De la lactancia al plato: aprender a comer

Los pequeños, poco a poco, y de forma progresiva, van pasando de un alimento líquido, como es la leche, a introducir en su dieta nuevos sabores y texturas

  • Lactancia artificial
    Se realizará cuando la lactancia materna no sea posible. Para ello, se utilizan leches adaptadas, "de fórmula", maternizadas o humanizadas, cuyo origen es siempre la leche de vaca. Lo habitual en mayor parte de los casos es que se presenten en polvo y se preparen mezclándolas con agua. La concentración recomendada suele ser de 30 cc de agua por cada "cacito" raso de polvo.

    Las cantidades serán progresivamente crecientes, según las necesidades del niño y, eso sí, siempre bajo el control y el consejo del pediatra del niño. El ritmo de los biberones, cada tres o cuatro horas, debe incluir una pausa nocturna de seis horas. Hay que recordar que en la lactancia artificial se tiene tendencia a sobrealimentar al niño. Por ello, aunque hay que "ofrecerle" el biberón al niño, tenemos que tener en cuenta que el pequeño no tiene la obligación de terminarlo siempre.

    La alimentación láctea exclusiva debe predominar durante los primeros meses de vida. No obstante, a partir de los 4-5 meses comienza una nueva etapa y pueden comenzar a añadirse a la leche cereales sin gluten. A partir de los seis meses, se puede iniciar la introducción de alimentos en forma de papillas y purés como las frutas y las verduras. Un momento clave es la aparición de los primeros dientes del niño. Cuando la dentición aparece, la dieta se va transformando y, pasados los dos años de edad, predomina la alimentación con sólidos.

    No hay que olvidar que la educación alimentaria de los niños es de vital importancia para su salud futura y que lo que aprendan a comer en esta época condicionará sus gustos de por vida. Por todos estos motivos, una alimentación variada y sana, con alimentos frescos y naturales, rica en fibra, con pocas grasas animales y poca sal, es la dieta más recomendable desde la infancia.
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