Álbum personal de los días de sol y olas de la familia Iglesias

Lo cierto es que lo del reposo del guerrero —tópico— no existe. No es cierto. Porque el guerrero, de la música, está ahí, pero su reposo es discutible. No hay quietud para quien sabe que "camarón que se duerme, la corriente se lo lleva", y además, Julio es consciente —su cabeza manda siempre sobre su corazón— de que en este momento, en este preciso —y precioso— momento, lo importante está en no dejar ni una sola luz de sombra. Nada que aparente, que demuestre que hay una brizna de cansancio en su oficio, en su vocación, en lo que es su vida.
Por eso, Julio Iglesias, por encima ya de los sesenta años, ¡quién lo diría!, continúa volando por el mundo en su avión, cantando, contando, poniendo en pie, manteniendo su leyenda, la de uno de los más grandes en el mundo de la música de todos los tiempos.
Mientras tanto —para eso ha peleado duramente toda su vida—, su familia disfruta de la mar en Santo Domingo, donde un día desde el cielo encontró el sitio donde levantar su casa soñada, ese lugar en el mundo donde abrir las puertas de su paraíso personal, esa casa sin cristales, todo ventanas, a la vera de la mar, en la linde de la playa, donde darle a los suyos "lo mejor de su vida". Ya había otras casas antes en su historia, formidables, fascinantes. La de Indian Creek, por ejemplo, donde crecieron sus ilusiones, aquel día navegando por los canales de Miami, donde sentenció:
—Deseo tener altos los cocoteros, pero no tengo tiempo de verlos crecer, así que lo mejor es comprarlos ya altos.
Y como lo que sueña se lo gana cantando, sudando, aguantando —que no hay tregua en su sitio especial, casi espacial—, buscó por todo el mundo, y continúa buscando, el sitio que siempre soñó. Eso sí, en el que el idioma fundamental fuera su lengua nativa, el español, con el que vino al mundo. Y lo hizo.
—Encontré un lugar en el paraíso…

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