—¿Lo que más te preocupa de la vida de tus hijas?
—Me preocupa que Alejandra, que está casada con un chico estupendo, sea feliz y esté ocupada en algo que le guste mucho.
—Eugenia…
—Como te decía, Eugenia, que es espectacular como persona, anda un poco sin saber bien lo que quiere… Pero, vamos, como es muy artista, a lo mejor se matricula en Bellas Artes.
—Claudia…
—Claudia, la pequeña, es más lista que el hambre y una estudiante brillante. Fíjate, me (SIGU preocupa menos en el aspecto profesional que en el aspecto personal, pues es una niña que ha perdido a su madre siendo muy jovencita y muy pequeña. Pero, gracias a Dios, la relación conmigo es espectacular, lo mismo que con sus hermanas.
—¿La gran experiencia de estas tus bodas de oro con la vida?
—Que cuanto más cariño, amabilidad, educación y simpatía repartas, más recibes. Lo comprendí hace diez años más o menos, y desde entonces es norma de conducta para mí. Se lo he tratado de inculcar a mis hijas…
—Desde hace un tiempo también pareces más relajado en el tema sentimental.
—También. Pero es ley de vida, ¿no? Yo no me veo ahora de discoteca en discoteca a las tres de la mañana, a ver qué me levanto. Sólo pensarlo me da pereza.
—La muerte de Sandra quizá haya sido también un revulsivo para ti en cuanto a tus actitudes ante la vida.
—No, no. Yo tenía muy claro mi papel con mis hijas mucho antes de que todo pasara. De lo que sí me he dado cuenta es de la cantidad de cosas que hace una madre, cuando ella no está, porque cuando está todo va perfectamente.
—Rodado.
—Como si todo estuviera engrasado. Esta es otra de las lecciones que la vida me ha enseñado. Antes no pensaba en cosas que había que hacer y que, sin embargo, las hacía Sandra, hasta que un día me dicen, mis hijas: «Oye, papá, que hay que hacer esto». Y yo digo: «Bueno, ¿qué me estás contando? Eso yo no lo he hecho en mi vida». Y me dicen: dicen: «Claro, porque tú no lo hacías».
—De momento, tus hijas viven separadas.
—Ana Cristina, la hermana menor de mis hijas, vive con Alejandra, a la espera de que se acabe de restaurar la casa que tenemos en Sevilla, justo en la esquina de donde vive mi hermana Chata.
—¿Es tuya esa casa, Bertín?
—No, es de un primo mío, como te he dicho, pero se la vamos a alquilar entera. Son tres pisos con tres apartamentos unidos, donde van a vivir todas juntas. Las obras acabarán en febrero o marzo.
—Con tu novia, bien, ¿o no?
—Sí, estupendamente.
—Lo llevas todo con discreción total.
—Absoluta.
—No te hacen una foto por ningún sitio.
—Nada, nada. Mira, en esta profesión se lo digo a mucha gente: no sale quien no quiere salir. Tampoco es que vayamos por ahí escondiéndonos, porque no lo hemos hecho nunca.

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