—En el mundo del vino.
—Así es. Va espectacularmente bien, y me ha ocupado muchísimo más tiempo que la televisión y la música juntas.
- Si echaras la mirada atrás, Bertín, ¿podrías convertirte en estatua de sal?
—Pues, mira, cuando echo la vista atrás pienso: «¡La barbaridad de cosas que he hecho en la vida!».
—¿La última?
—Bueno, no es una barbaridad como tal, sino que he adelgazado ocho kilos, que no veas lo bien que me han ido para las rodillas. Estoy como un chico.
—Tú has sido mejor padre que marido.
—Mira, hay una cosa que me dijo mi cuñado Marco, un hermano de Sandra, que lamentablemente también murió, en un accidente de coche: «Eres el mejor amigo y el peor cuñado».
—A buen entendedor, pocas palabras.
—Me lo dijo en broma, pero eso contesta un poco a tu pregunta. Por supuesto, creo que he sido y soy veinte mil veces mejor padre que marido. Quizá porque no creo que estuviese preparado para casarme.
—Quién sabe si ahora a los cincuenta ya lo estás.
—Uno tiene momentos en la vida, y sí, creo que sí, que ahora puedo estar ya preparado para vol- ver a casarme o para tener un hijo más.
—Sentar la cabeza, en una palabra.
—Hombre, a mi edad ya se tiene otro ritmo de vida. Ahora me preocupan mucho más las cosas caseras, pensar en mi futuro y en el de mis hijas. Yo he sido siempre un «loco peligroso» a quien lo único que le importaba era viajar y divertirse.
—Como la película: «Deprisa, deprisa».
—Exacto. Vivir al día a una velocidad de vértigo, pero, bueno, todo en la vida cambia. Ahora ves a tus hijas crecer y te preguntas: «¿Qué van a hacer ellas? Ahora, por ejemplo, Eugenia, que cumple dieciocho años, tiene dudas sobre lo que quiere hacer, que es lo mismo que me pasó a mí cuando tenía su edad. Con el agravante de que a mis hijas les falta su madre y eso me hace ser mucho más responsable y estar mucho más pendiente de mis hijas. En resumen, mucho más centrado.

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