¿Debemos pagar para meditar?

Bienestar

¿Debemos pagar por hacer meditación?

Cuando en actividades espirituales aparece el dinero enseguida se tiñen de una sombra de sospechas.

by Laura Bech

No deberíamos pagar por ningún método que no seas científico y que ponga en juego nuestro bienestar físico, emocional y mental sin responsables que puedan responder por ello. Meditar es una técnica tan maravillosa que no se le conocen detractores ni efectos perjudiciales. También es una actividad para la que no se requiere de nada. Entonces... ¿Qué estamos pagando cuando meditamos?

Muchas veces abonamos el saber, el conocimiento, es algo tan legal y lícito como pagar clases de inglés. A nadie se le ocurriría aprender idiomas sin que el docente reciba alguna clase de retribución por estas. Sin embargo con las técnicas más espirituales el dinero ensucia, por decirlo de alguna manera, la actividad.

Los guías, quienes enseñan y acompañan una buena meditación son personas que necesitan alimentarse, comer y pagar un alquiler igual que cualquier otra. Sin embargo, su mensaje está muy alejado de lo material. 

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Pagar de manera simbólica

Dejar un donativo o participar económicamente del mantenimiento de las instalaciones es algo que suele compartirse entre los voluntarios, profesores e interesados. No es considerado un pago de servicios sino una manera de contribuir a que esa práctica se mantenga.

Si vas a meditar y por ello piden una cuota mensual desconfía, al menos que sea algo simbólico. Los guías espirituales que acompañan la meditación tienen, de alguna manera, la obligación de transmitir su conocimiento. Así como no esperamos que un profesor se guarde conocimientos de una materia, tampoco lo hacemos con una persona que enseña a meditar. 

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A los conocimientos intangibles es muy difícil ponerles precio. Si acudes a una sesión de meditación por la que solicitan un importe fijo haz este repaso mental. Es una ONG, una entidad no lucrativa o una persona que cede un espacio personal para hacerlo. En casi todas las opciones es probable que exista un gasto por ese sitio. La diferencia radica en que si es una ONG o una entidad, los usuarios no deberían abonar con la cuota todos los gastos extras asociados al inmueble. Si en cada clase hay unas 20 personas meditando, es mejor y más honesto, que se pida la voluntad antes que un abono fijo. 

Es cierto también que, cuando abonamos por anticipado cualquier actividad, solemos  tener un índice menor de abandono y faltar mucho menos. Si el espacio es pequeño, una cuota mensual sirve también para garantizar que los gastos mínimos están cubiertos. 

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¿Cómo calcular cuánto se paga por hacernos sentir bien?

Probablemente estaremos ante una encrucijada poco mensurable. Cuando adquieres una prenda de muy buena calidad pagas un precio superior al que abonarías por la misma prenda pero de distinta confección. ¿Es este ejemplo aplicable con la espiritualidad?

La meditación no es más que  un momento personal en el que detienes tus pensamientos y miras hacia tu interior. Puedes tener la experiencia más maravillosa meditando sola frente al mar. ¿Cuánto pagarías por eso? Mucho, probablemente muchísimo, pero lo que estarías abonando sería la sensación lograda. Pondrías un precio a un momento de plenitud. Cuando se cuestiona cuánto se debe abonar a un guía el debate es amplio. Sus conocimientos, seguramente, hagan que la sesión sea aún mejor. Pero lo que necesitas hacer no tiene coste alguno. Ese es uno de los grandes dilemas. La espiritualidad suele estar reñida con el negocio.  

Si eliges meditar en un centro franquiciado, busca alguna de estas respuestas. Haz un calculo mental de la cantidad de clases que se imparten en el centro y cuánto ganan por ellas.¿Crees que la ganancia es mayor a los pagos que se deben efectuar por alquiler, luz, habilitación y demás costes inevitables?

Si tu respuesta es positiva, probablemente no estés yendo al sitio más adecuado, si lo material acaba superando la transmisión espiritual, el contenido de la enseñanza se contradice. Busca sitios económicos, donde no estés obligado a abonar una cuota fija, sino donde cada uno pueda tener la libertad de decidir con cuánto dinero quiere colaborar. De lo contrario es probable que estos centros también funcionen como espacios clasistas, donde no hay lugar para quien no pueda pagarlo.

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