Una casa abierta y con curvas en sintonía con el edificio que la alberga

La curva de la felicidad toma las habitaciones de esta casa. Situada en Torres Blancas (Madrid), el arquitecto Héctor Ruiz Velázquez recupera la esencia original, creando espacios equilibrados, armónicos… ¡Y felices!

Un edificio emblemático, obra maestra de un artista, y una reforma original y equilibrada, realizada por el arquitecto Ruiz Velázquez, el mago de las formas naturales, se unen atemporalmente gracias a la curva. El resultado es un apartamento único, equilibrado y sensorial.

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Torres Blancas, aunque ni es blanca sino gris ni hay dos torres, aunque en principio se concibieron dos, es un edificio emblemático de Madrid. Obra del arquitecto Sáenz de Oiza y construido a finales de los años 60, sus 71 metros de altura se configuraron con plataformas circulares, a modo de árbol. Un icono de la arquitectura contemporánea, que destaca en el paisaje urbano.

Situado en las últimas plantas, este piso de 91 m2 (que procedía de una subdivisión de la vivienda original de 400 m2 en cuatro de 90 m2), necesitaba recuperar la esencia del edificio y su filosofía. Héctor Ruiz Velázquez encontró en la curva el vínculo que unía edificio y apartamento. La búsqueda de formas inspiradas en la naturaleza, presentes en muchos de los detalles que conforman el espacio, son una expresión de las mismas.

Tras derribar los elementos inútiles y superfluos, se creo una distribución que tomó como base los muros, algunos redondeados, y los pilares estructurales. Sin barreras visuales, ni fragmentaciones, se logra una simbiosis entre las estructuras del edificio con el espacio disponible. El resultado es una conexión visual total desde el interior de la vivienda hacia el exterior y al revés, desde el exterior al interior.

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Se trata de un espacio abierto y lúdico, donde la movilidad y la conexión definen el espacio. Con sus curvas, que actúan de elementos estructurales y divisorios, Ruiz Velázquez abre la vivienda. De manera que modelan los ambientes sin necesidad de ‘cortarlos’. Este hecho mantiene la movilidad, como razón de ser de este piso donde se ‘vive’, que parece encontrar un lugar para cada cosa, y sin obstáculos que entorpezcan la visión ni la comodidad.

Y todo ello sin perder la razón de ser del piso: dar respuesta a las necesidades de sus inquilinos. Estos querían sacar partido al espacio con espacios compartidos y partes privadas, un salón-comedor amplio, dos baños y tres dormitorios. Y este era el reto al que se tenía que enfrentar el arquitecto. Como en el resto de sus proyectos, Héctor Ruiz-Velázquez ha construido una segunda piel para sus clientes, logrando, siempre, un resultado armónico, equilibrado y en sintonía con las personas que viven en ella.

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Y si las formas son determinantes, los materiales constituyen, sin duda, un reflejo de la filosofía del arquitecto. Tienen que comunicar las estancias, ser capaces de construir una atmósfera de emociones a través de las superficies y la luz.

La naturaleza también forma parte de ellos. Conectada a través de su formas, pero también de sus materiales, está presente en la madera de roble de sus paredes curvas, como si fuera el interior de un fruto, o en el suelo de gres cerámico que como un manto otoñal, que nos conecta directamente con el campo y la belleza de sus colores.

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El resultado es una vivienda armónica, equilibrada, sensible, orgánica y alegre. Un espacio para disfrutar y vivir.

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