—Ese fue tu comienzo en el cine.
—Así es. Esa película cambió mi vida. Aunque continué trabajando como modelo un año más, yo ya sabía lo que quería. Y me fui a Los Angeles para aprender a ser actriz. Empecé, y, bueno, tengo profesores increíbles y me ha ido muy bien. Creo que fue un buen momento para chicas hispanas como yo: Penélope, Salma, Jennifer … De todas formas, hago algunos trabajos como modelo de vez en cuando.

—¿Cómo fueron tus inicios en el mundo artístico?
—Yo he sido bailarina desde que tenía cinco años, y cuando me llamaron para la moda estaba estudiando para ser ingeniera.

—¿Dónde estudiabas?
—En Maracaibo. Un hombre de una agencia de modelos me quiso llevar a Italia. Para mí fue una cosa estupenda, pues en casa no teníamos ni agua.

—O sea, que viste la forma de ayudar a tu familia yéndote a trabajar a Italia.
—Sí. Les enviaba treinta dólares y con eso se pagaba la factura del agua de todo el edificio en el que vivían mis padres. En Italia aprendí a hablar, además de italiano, inglés y francés, y como yo tenía un pasado de danza y de teatro, pues pude hacer cosas mucho más interesantes que el típico trabajo de moda.

—¿Con qué edad te fuiste de tu casa? —A los dieciséis años.

—Te fuiste casi por necesidad.
—Me fui por necesidad. No tenía otra opción. No podía seguir estudiando en la Universidad porque no podía seguir viendo a mi madre vivir como estábamos viviendo.

—Querías más para tu familia
—Quería, al menos, que saliera agua por el grifo.

—Dices que eres universitaria y que tus padres pasaban dificultades. Luego, ¿cómo podían costearte los estudios?
—Mis padres eran educadores y consiguieron becas para nosotros. Mis dos hermanos mayores incluso fueron a México. Recuerdo que no queríamos decir a nuestros compañeros dónde vivíamos, porque todos ellos pertenecían a familias mucho más ricas que la nuestra. Nos escondíamos para coger el autobús que nos llevase a casa. Mis padres siempre se preocuparon por que tuviéramos la mejor educación. Y, de hecho, siempre la tuvimos. Fíjate si estaba bien preparada, que cuando me fui a Milán ya estaba admitida en tres Universidades, incluso una en Canadá.

—Y te fuiste a Europa.
—Sí.

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