Historia del perfume (VIII): el Renacimiento

La perfumería volvió a resurgir en Europa con fuerza y Florencia se convirtió en la capital del perfume

Los malos augurios, la tremenda austeridad y, en resumen, el lado más oscuro de la Edad Media, pasaron a la historia, y el Renacimiento supuso precisamente eso: un renacer de la ciencia y del desarrollo en todos los campos. La industria del perfume no fue ajena a esta época de progreso y se aprovechó de los nuevos conocimientos que iban apareciendo en el campo de la química.

Si a eso le sumamos la influencia del descubrimiento de América, que supuso la llegada de nuevas sustancias, como la vainilla o el cacao, podemos afirmar que el Renacimiento supuso un auténtico trampolín para la industria del perfume. Y lo fue sobre todo en Italia. Es en el Cinquecento cuando se comienza a usar la palabra perfume, que sustituye a la que había sido utilizada a lo largo de toda la Edad Media, bálsamo. Los aromas de esta época seguían basándose en las materias primas traídas de Oriente, y destacaban por ser persistentes, fuertes y muy caros, acordes con la vida ostentosa de los grandes nobles de la época.

Aparece el primer tratado de perfumería
No sólo se perfumaban los hombres y mujeres de toda Europa, sino que también lo hacían con sus abanicos, perros, guantes y máscaras. Sabemos, por ejemplo, que los italianos del siglo XVI tenían entre sus aromas favoritos el Chipre, que la mayoría de las clientas eran mujeres y que podían escoger entre más de 300 aromas. La fuente de todos estos datos es un importante escrito, de mediados del siglo XVI (concretamente de 1555) titulado Los secretos notabilísimos del arte de los perfumes. Escrito por Rossetti, puede ser considerado como el primer tratado de la perfumería en toda Europa, pues contenía detallada información sobre el arte del perfume en la Italia de la época. Este país se convirtió, sin duda, en la base de la perfumería de todo Occidente, con un eje capital como la ciudad de Florencia.

Los perfumistas italianos eran reclamados en toda Europa, como había sucedido en épocas anteriores con los árabes. Así ocurrió, por ejemplo, en Francia, donde llegaron muchos perfumistas italianos. Una figura clave en la época es la de la reina Catalina de Medicis, esposa de Enrique II, rey de Francia. Cuando la noble florentina se trasladó a París para vivir con su marido, se llevó consigo todo su séquito de perfumistas. Pronto se convirtieron en los creadores de los perfumes de la elite francesa, popularizando los aromas intensos y persistentes, tan de moda en Italia. Y no les pasó desapercibido que en Grasse, localidad provenzal, existía todo un mundo de posibilidades en lo referido a los aromas. Se sentaron así las bases del que sería desde entonces el paraíso del perfume.

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