Historia del perfume (VI): India

El país asiático sigue siendo un gran exportador de materias primas para la elaboración de fragancias

Cuando se habla de aromas, olvidar la India es un auténtico pecado. Y es que Oriente fue la cuna de los aromas. Allí, se hizo del aroma una compañía permanente.

La India, cuna de multitud de flores y plantas aromáticas, tiene la virtud de suministrar materias primas a los perfumistas más reconocidos. Esta tendencia viene desde los tiempos del antiguo Egipto, cuando para elaborar aromas en la tierra de los faraones ya se importaban sustancias como el sándalo, el incienso, la mirra o el áloe y multitud de especias, como la pimienta, el azafrán o el clavo, además del jengibre y el pachuli, aromas persistentes e intensos.

Pero en la India no sólo se vendían estas sustancias aromáticas, sino que también hacían uso de ellas, como no podía ser de otra manera. Allí, el perfume estaba asociado a los ritos religiosos y se empleaba para mantener alejados a los malos espíritus, tan presentes en la mitología hindú.

Al igual que pasaba en todas las civilizaciones antiguas, en los textos escritos que nos han llegado de la cultura india, se cita el empleo de ungüentos y bálsamos. De ellos se desprende que el uso habitual del perfume estaba reservado para las castas superiores, que solían untar sus cabellos con aceite de nuez macerado con flores. No hay duda de que el sándalo era el rey de los aromas en la India, sin olvidar el jazmín y la rosa, cultivada sobre todo en Cachemira y de la que se obtenía una esencia, el ather.

Y un dato anecdótico: entre las 64 artes que recoge el kamasutra (el libro hindú de las artes amatorias), una es obligatoria para los amantes, perfumarse.

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