Historia del perfume (V): el Islam

Los pueblos musulmanes utilizaban la rosa como base de muchos de sus aromas

La rosa ha sido desde la antigüedad una de las bases aromáticas de gran cantidad de aromas. Así sucedía por ejemplo en los países islámicos, donde es el elemento fundamental para la confección de los aromas, tanto que era considerada como símbolo de la pureza y de la sabiduría de Alá. Y es que el aroma ha estado muy relacionado con elementos religiosos en esta cultura y ya en el Corán se promete a los creyentes un paraíso perfumado.

Fue Avicena quien en el siglo V introdujo en el mundo musulmán el agua de rosas, empleado tanto para uso personal como para perfumar estancias. Otros de los aromas clásicos de Oriente, que de hecho siguen siendo la base de los actualmente llamados perfumes con notas orientales son el ámbar y el almizcle.

Los árabes aprovecharon la decadencia de la industria del perfume en Occidente para mejorar en el desarrollo de la alquimia, basada en la destilación y en un gran hermetismo. No es extraño que la industria del perfume alcanzara tal desarrollo y es que Mahoma llegó a declarar que lo que más amaba en el mundo eran las mujeres, los niños y los perfumes. De la Arabia lejana, la llamada tierra de los perfumes llegaban hasta las costas mediterráneas tras atravesar el desierto caravanas de camellos, que transportaban el incienso y las esencias para los mercados de Occidente.

Con la llegada de los árabes a España, el perfume recorrió una nueva ruta: penetró en Europa y pasó a Francia, un país que supo industrializarlo. Granada y Sevilla se convirtieron en centros perfumistas equiparables a Bagdag y Damasco. Incluso tras la expulsión de los árabes de la península, los perfumistas fueron los únicos privilegiados que se salvaron y pudieron permanecer en España. Si se hubieran ido, se habrían llevado consigo el tesoro de sus secretos: fórmulas únicas para fabricar sus fragancias.

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