Nacidos en Oriente, los aromas pasaron de los egipcios a los griegos. Las civilizaciones clásicas recogieron su testigo y cultivaron con maestría la industria de la perfumería. Llegaron a ensalzarla incluso a la divinidad, pues según la mitología griega, el perfume nació de la mano de Venus, diosa del amor. Ésta salpicó una rosa con una gota de sangre, que así adquirió un bello color, y a continuación la besó su hijo Cupido, dotándola de agradable aroma.

La civilización helena usaba un aroma diferente para cada parte del cuerpo, por ejemplo, menta para los brazos, mejorana para los cabellos, aceite de palma para el pecho, tomillo para las rodillas y aceite de orégano para las piernas y los pies. Para ellos, a los que se les atribuye la creación del primer perfume líquido, el uso del perfume después del baño se volvió algo muy habitual.

En el siglo IV a.C, las palestras y gimnasios donde se desarrollaban los deportes griegos contaban con instalaciones para el baño. Antes de cada sesión deportiva, los gimnastas se aplicaban aceites y polvos en la piel. El arte de esta civilización se plasmó también en los enseres que contenían los aromas, decorados con bellas pinturas y realizados con caros materiales.

No es de extrañar que en la polis de Atenas, el status social de los perfumistas fuera bastante alto, y marcaban incluso el rumbo de la moda y la elegancia, por lo que sus tiendas eran muy visitadas. Esta actitud fue criticada por el mismísimo Sócrates, que llegó a hablar de la perniciosidad de los perfumes "ya que, cuando ambos se perfuman, no es posible distinguir a un hombre libre de un esclavo. Es más, se llegaron a promulgar algunas leyes restrictivas sobre el uso de fragancias.

Sin embargo, estas críticas no consiguieron frenar el apogeo del perfume en una civilización que pronto se convirtió en una experta en el uso de las esencias aromáticas más exquisitas. Son muchos los documentos de la antigua Grecia que así lo demuestran.

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