La verdadera cuna del perfume fue Egipto. Al menos existe una coincidencia en situar los orígenes del mismo en la civilización de los faraones. Y como muestra, una leyenda, que afirma que la eterna seductora Cleopatra utilizaba perfumes para ganarse el corazón de los hombres.

Egipto se convirtió en uno de los más grandes vendedores de perfumes de la Edad Antigua. Y no es sólo una leyenda, pues en algún bajorrelieve se han encontrado detalles de lo que pudo ser una destilería y en un manuscrito de la época se describe cómo Ramsés III ofreció 52 ánforas de perfume a la diosa Osiris. Las industrias cosméticas y los perfumistas más destacados eran egipcios.

La amplia documentación que proporcionan los restos arqueológicos egipcios refleja la importancia que esta civilización concedió al cuidado del cuerpo y la estética.

El empleo de ungüentos y de fragancias era imprescindible, por ejemplo, en el desarrollo de la liturgia. Antes de la dinastía de los faraones, todas las civilizaciones antiguas utilizaron el perfume obtenido por medio del humo del incienso, la mirra o de otras resinas o maderas para ofrecer a sus dioses, pero ningún pueblo, hasta aquel entonces, había utilizado tantos perfumes en sus fiestas sociales.

Así que no descuidaban su uso personal y consiguieron ganarse la fama de ser el pueblo más limpio de la historia. La propia Cleopatra llenaba de esencias aromáticas la estancia donde ofrecía sus banquetes a Marco Antonio.

Desde su nacimiento hasta su muerte, los egipcios eran acompañados por perfumes. Muchos de ellos estaban enterrados con jarras de perfumes, para que el aroma que desprendía acompañara el alma en su ascenso.

Y esta civilización, que siempre fue en vanguardia, nos dejó algunas de las muestras de los primeros frascos empleados. Algunos de ellos eran auténticas obras de arte, realizadas en los más valiosos materiales, que se encuentran expuestos en el Museo del Cairo, procedentes de la archiconocida tumba de Tutankamon. Y es que cuando se abrió dicho sepulcro se hallaron más de 3.000 botes con fragancias que aún conservan su olor, pese a haber permanecido enterrados más de 30 siglos.

La mirra, la menta, el incienso y el azafrán eran algunas de las sustancias empleadas por los egipcios para la elaboración de sus perfumes.

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