El acontecimiento que ya unió a las familias de Fernando Fitz-James Stuart y Sofía Palazuelo hace 92 años

La abuela del novio, Cayetana de Alba, nació la noche del 28 de marzo de 1926 en Liria atendida por Gregorio Marañón, tatarabuelo de la novia

María del Rosario de Silva y Gurtubay, duquesa consorte de Alba y marquesa de San Vicente del Barco, comenzó a sentir las molestias del parto la tarde del 27 de marzo de 1926. La aristócrata, que ya habría sufrido dos abortos, estaba a punto de dar a luz al heredero del ducado de Alba y futuro jefe de la Casa Ducal más importante de España. Pese al inminente nacimiento, su marido, Jacobo Fitz-James Stuart y Falcó, no canceló la cena que tenía prevista para esa noche en el Palacio de Liria.

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Mientras que María del Rosario sobrellevaba el trabajo de parto en su habitación, en la segunda planta del palacio madrileño, el duque de Alba cenaba con tres de sus mejores amigos: el filósofo y ensayista José Ortega y Gasset, el escritor Ramón Pérez de Ayala y el médico Gregorio Marañón. A la 1:45 de la madrugada, cuando la velada estaba a punto de concluir, el duque fue informado de que su mujer había dado a luz a una niña: Cayetana.

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Jacobo Alba, que deseaba con ansias un heredero varón, no se sintió defraudado por la noticia y subió con gran ilusión a la recamara de su mujer, acompañado por su ilustre amigo Marañón. El reputado médico y científico, una de las mentes más brillantes de la Generación del 17, fue el primero en atender a la recién nacida y a la madre, de delicada salud. Cayetana de Alba siempre recordó con mucho cariño esta divertida anécdota sobre su nacimiento.

Exactamente 92 años después de aquel acontecimiento, los caminos de las familias Alba y Marañón vuelven a cruzarse. O, mejor dicho, a unirse. Este sábado, Fernando Fitz-James Stuart y Solís, nieto de la difunta Cayetana de Alba, se casará con Sofía Palazuelo Barroso, tataranieta de Gregorio Marañón (su bisabuela materna, Carmen Marañón, era hija del médico).

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Seguramente, doña Cayetana estaría muy feliz con esta boda, ya que su nieto se casará con una mujer que es casi como de la familia. Fernando y Sofía tienen mucho en común: educación y cultura, amigos y valores. La pareja también comparte una misión: conservar y proteger sus respectivos legados para las generaciones venideras.

Algún día, Fernando, duque de Huéscar, será el vigésimo duque de Alba y jefe de la Casa Ducal y, al igual que su padre, su abuela y todos sus antepasados, deberá hacerse cargo de uno de los patrimonios culturales más importantes de Europa, que incluye palacios, colecciones de arte, fincas y documentos históricos únicos en el mundo. Su mujer, Sofía, también está muy involucrada en el cuidado del legado de sus antepasados.

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La futura duquesa de Huéscar lidera la gestión del Palacio de Galiana, una fabulosa almunia toledana del siglo XI que restauró su bisabuela Carmen Marañón, una mujer moderna para su tiempo (fue una de las primeras universitarias de España, licenciándose en Filosofía y Letras). En esta impresionante construcción a orillas del río Tajo, una joya que recuerda la grandeza del Al-Ándalus, Sofía organiza visitas y eventos culturales y recibe a los principales patronatos de museos internacionales que pasan por Toledo. Además, organiza conferencias, conciertos y permite los rodajes de series y películas históricas y la celebración de bodas, siempre y cuando haya un respeto hacia el lugar y su entorno.

-De sonrisa tímida y rasgos dulces: así es Sofía Palazuelo, futura duquesa de Huéscar

“Quiero hacer una gestión sostenible para que los jardines y el monumento se puedan conservar”, declaró Sofía a ¡HOLA! hace algunos meses en un espectacular reportaje en el que posó en Galiana junto a su tía Teresa Palazuelo, que diseñará su traje de novia, y sus amigas la restauradora María Ayuela de Rueda y la paisajista Teresa Vicente-Franqueira. “Estoy personalmente involucrada en todas las actividades que se llevan a cabo en el palacio. Me imagino Galiana como un punto de encuentro cultural y de reunión familiar”, añadió.

Sofía Palazuelo y Fernando Fitz-James Stuart estaban destinados a casarse. Quizá, su historia comenzó a escribirse aquella noche del 28 de marzo de 1926.

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