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El presidente electo de Estados Unidos, Donald Trump, pasa por un período muy intenso de actividades de cara a su inminente toma de poder el próximo 20 de enero. Pero al parecer también tiene tiempo para leer revistas y las reseñas que publican sobre sus muchos negocios. Eso es lo que sugiere el tweet que publicó esta mañana atacando a Vanity Fair y su director, Graydon Carter, en donde se refiere a los supuestos bajos números de circulación de la prestigiosa publicación, además de vaticinar que Carter sería despedido prontamente.

¿Pero qué podría haber causado semejante reacción del que se dispone a ser el hombre más poderoso del mundo? Por una parte, la pelea entre Trump y Carter data de hace décadas, cuando éste editaba la satírica revista Spy, en la que convirtió al presidente electo en blanco de sus dardos humorísticos. Por otra, sin embargo, cabe suponer que el motivo más directo de la ira de Trump es una reseña sobre el restaurante Trump Grill, ubicado en el lobby de la Trump Tower de la Quinta Avenida de Manhattan, publicada el miércoles y titulada “El Trump Grill bien puede ser el peor restaurante de Estados Unidos”.

La reseña no deja títere con cabeza en los numerosos aspectos del restaurante de Trump, desde la decoración (“pinturas que parecen vagamente francesas pero que parecen compradas en la cadena de descuentos Home Goods”) a los baños (“donde los clientes sufren la experiencia de tener que buscar desesperadamente el papel higiénico”) y, por supuesto, a la comida.

Es ahí donde la reseña —que ya se ha convertido en el texto más visitado en la web de Vanity Fair— es particularmente dura. Dice, por ejemplo, que los menús son “inconsistentes” en el sentido de algunos comensales reciben platos que a otros no les tocan, y que la oferta está llena de “clásicos de restaurantes de carnes atiborrados de ingredientes innecesariamente caros”. ¿Ejemplos? Unos dumplings aderezados al mismo tiempo con soya y aceite de trufa, o un crostini que tiene simultáneamente hummus y ricota, “dos ingredientes exóticos que nunca deberían ser combinados”. Ni siquiera la gramática del menú se salvó de la reseña: “[Q]uiere impresionar a los comensales con su propia importancia, escribiendo con mayúsculas palabras elegantes escogidas al azar como ‘Prosciutto’ o ‘Juliana’”.

Otros ataques al menú —que la experta de la revista parece haber querido probar completo— fueron dirigidos hacia la hamburguesa (que según la experta, no sabía mejor que el ojo de un cerdo que le había dado a comer una vez el famoso chef Pat LaFrieda) y el bowl de taco que Trump hizo famoso al mostrarse comiéndolo en Cinco de Mayo (“su guacamole podría haber sido servido por la NASA en un tubo etiquetado “RELLENO DE TACO” en los viejos tiempos del programa espacial”). No mucho mejor le fue a los cócteles (“parecían haber sido inventados por un estudiante de college que experimentaba en su dormitorio”) ni al postre de chocolate (“sabía a las tabletas antiácidas Tums”).

  Con todo, es poco probable que la desfavorable reseña afecte el negocio del Trump Grille. Según la misma, el lugar estaba tan repleto que la articulista tuvo que sentarse en una mesa de emergencia, colocada afuera del restaurante.

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